Comentario a “¿Declive o revolución demográfica?”


En un post anterior comenté la reciente publicación de un libro italiano sobre demografía, en su traducción al castellano para el CIS, hecha por mis amigas Clara Cortina y Teresa Martín:

Billari, Francesco C.; Dalla Zuanna, G. (2010) ¿Declive o revolución demográfica? Reflexiones a partir del caso italiano. CIS, Colección Monografías nº 72.

Pero además de hacer el post, y ya puestos, me dediqué a redactar un comentario algo más extenso para enviarlo a la revista del propio CIS, la Revista Española de Investigaciones Sociológicas. El comentario al libro ha sido publicado finalmente, en el número 134 – Abril/Junio de 2011, y puedes descargarlo en forma de separata en pdf, pero lo transcribo aquí también para los lectores del blog:

TEXTO DE LA RESEÑA:

Esta edición y traducción al castellano no es casual. Sus artífices, Clara Cortina y Teresa Martín, ambas investigadoras del CSIC, son expertas en el campo en que se inserta el libro, y conocen personalmente a los autores. Pero lo que las ha llevado a plantearse la traducción es la misma impresión que a mí me produjo la primera lectura de su versión original en italiano: su contenido es pasmosamente aplicable a la situación demográfica española. Es por eso que a la traducción han añadido, además, un análisis previo de la obra y un apéndice con el título “Del caso italiano al caso español: algunas pistas bibliográficas” que aumentan, si cabe, el interés de un texto ya de por sí estimulante para el lector español. En definitiva, lo que el CIS pone en nuestras manos no es una traducción más, sino un libro de debate, plenamente actual, en unos términos que la propia situación demográfica española hace pertinente y necesario.

En efecto, hace años que no se aborda el estado de la población española desde un libro de síntesis, de mirada amplia, y nos convenía al menos contar con la traducción de éste. La aplicabilidad de su análisis es sorprendente, y además va dirigido al lector no especializado, pese a estar escrito por dos demógrafos de prestigio.

El libro no se escuda en la supuesta neutralidad de los indicadores y las estadísticas para transmitir después opiniones y mensajes políticos, práctica común cuando de demografía se trata.  Su propósito general, que se anuncia en el subtítulo de la edición italiana, “il declino che non c’è” (“el declive inexistente”), y se explicita en el primer capítulo, es desmentir la existencia de un cierto declive demográfico en Italia.

Según los autores, esta idea difusa, este tópico poco explicitado en los discursos, está presente y tiene una influencia negativa en la sociedad y la política italianas. Impide comprender correctamente la manera en que han cambiado los jóvenes, la formación de parejas, las relaciones entre edades, las formas de familia o el papel de la inmigración y, por lo tanto, tomar las decisiones correctas en todos aquellos terrenos en los que se ven implicados tales cambios.

Los dos autores tienen responsabilidades al frente de instituciones, y desde las primeras páginas anuncian su intención de contribuir a solucionar diversos problemas sociales y “de Estado”. De hecho, dos de sus ocho capítulos, los últimos, asumen directamente dicho compromiso para hacer recomendaciones o suministrar claves técnicas de utilidad para las tareas de gobierno. Compromiso con lo público muy visible también en el portal de Internet “neodemos.it”, del que Billari es uno de los principales promotores. En dicho portal, bajo el epígrafe “popolazione, società e politiche”, se recoge información y colaboraciones de los principales demógrafos italianos, muestra de un dinamismo y compromiso disciplinar que por desgracia en España no ha encontrado todavía ninguna forma similar de articulación.

Estructura y contenidos

El primer capítulo, “No declive, sino revolución” pone las cartas sobre la mesa: los indicadores demográficos actuales no sólo no revelan declive alguno de la población italiana, sino que constituyen una revolución ante la que no cabe más que congratularse. Las proyecciones habían previsto un volumen mucho menor que el actual, incluso una mengua progresiva, y la realidad las ha desmentido por completo. No sólo la inmigración, sino una natalidad mayor de la prevista, han cambiado radicalmente las expectativas.

A los demógrafos españoles, que durante años vivimos instalados en la convicción de haber tocado un techo insuperable de 40 millones de habitantes, esta sorpresa nos resulta familiar, igual que nos vemos reflejados en la pasmosa reconversión de un país de emigrantes a otro de inmigrantes (nuestra inmigración reciente, antes de la actual crisis, llegó a superar en intensidad a la de los mitos históricos de la inmigración, como Estados Unidos o Argentina).

Es por tanto lógico que el capitulo 2, “los nuevos italianos” se dedique a las migraciones y haga un repaso al papel que siempre jugaron en las dinámicas poblacionales de Italia. Su relación histórica con las estrategias de ascenso social, en las que también resultó fundamental el progresivo control de la fecundidad, se hizo evidente primero en las migraciones interiores y más tarde en las internacionales. Que, llegado cierto punto, tales estrategias generen nichos laborales sin ocupantes nativos y, por lo tanto, se atraiga inmigrantes, según los autores no debe ser visto con alarmas, sino con la vocación de facilitar los mejores mecanismos de integración.

La sospecha de una cierta desintegración, simultánea, de los vínculos familiares tradicionalmente intensos en Italia se trata en el capítulo 3. Y de nuevo se constata que, contra todos los temores, los “vínculos de sangre” siguen siendo muy fuertes y cumpliendo funciones sociales de gran relevancia. Otra vez los sociólogos españoles nos veremos reflejados, de la misma manera que algunos suscribiremos la opinión de que tales funciones no tienen por qué ser enemigas de las agencias públicas de bienestar.

No obstante, ese hiperfamilismo italiano parece tener consecuencias poco deseables en lo que se refiere a los jóvenes y a su tránsito a la vida adulta, precisamente el tema del capítulo 4. Los autores nos describen una situación de retraso extraordinario en encrucijadas vitales como la emancipación domiciliar o la formación de pareja y, esta vez, no parecen tener réplica contra quienes ven esta situación con pesimismo, a no ser algunas recomendaciones para cambiar la situación, que se prometen en el último capítulo.

El capítulo 5, dedicado a la fecundidad, describe los rapidísimos cambios que han conducido a Italia de los puestos más altos a los más bajos de la fecundidad europea en apenas dos décadas. El aumento sin precedentes de la infecundidad y también el retraso de la edad a la que se tiene el primer hijo son factores relacionados con lo visto en el capítulo anterior, y de nuevo se promete que en el último capítulo se harán recomendaciones al respecto.

El envejecimiento demográfico ocupa el capítulo sexo, el último de los capítulos temáticos. Empieza por describir la espectacular mejora de la supervivencia, se cuestiona sus límites, y plantea los tópicos sobre cantidad y calidad de la vida que actualmente sigue ampliándose. En mi opinión, este capítulo mezcla dos elementos del análisis demográfico, la mortalidad y la estructura por edades, que merecían aparecer por separado y no necesariamente de forma consecutiva. Son de naturaleza diferente, y la pirámide de edades, además, es resultado de la dinámica poblacional en su conjunto, incluyendo el descenso de la fecundidad, y no sólo de los cambios en la supervivencia.

Y llegamos por fin a los dos capítulos que cierran el libro, en los que se pasa de la diagnosis a las propuestas, con un tono plenamente político: la igualdad de oportunidades y el aprovechamiento de los recursos humanos se vuelven el núcleo temático con un decálogo de recomendaciones que tienen, como denominador común, la prioridad con que debe atenderse a ciertas categorías poblacionales: las mujeres, los niños (especialmente si pertenecen a familias con muchos hijos, con pocos recursos o de recién llegados a Italia),  los nuevos italianos (menos clandestinos y más nuevos ciudadanos) y los adultos mayores, entre los que conviene promover el envejecimiento activo.

Comentario

La simple pretensión de romper con la tradición catastrofista y plañidera en la demografía es ya loable por sí misma. No en vano la previsión del declive ha sido uno de los subgéneros más abusivos y transitados de nuestra disciplina. Alcanzó su apogeo en las primeras décadas del siglo XX, cuando Spengler la utilizaba para predecir La Decadencia de Occidente, y no nos ha abandonado desde entonces.

En aquellos tiempos el declive demográfico, junto a la decadencia cultural, la degradación moral y la degeneración política y biológica, formaban un único conglomerado ideológico que permitía ensalzar y recomendar políticas natalistas/nacionalistas de todo cuño, como puede observarse en “Cataluña, poble decadent” de J.A. Vandellós o en “Nascite, crescite e morte delle nazioni” de Corrado Gini. Simultáneamente tuvimos otro tipo de anuncios del apocalipsis que lo atribuían a la proliferación excesiva de los “menos convenientes”. Los eugenismos más variados anunciaban un futuro desbordado por todo tipo de temibles subpoblaciones, como los débiles mentales, las clases obreras, los pobres, los inmigrantes o los delincuentes, todos ellos con una mayor fecundidad diferencial que había de acrecentar indefinidamente su peso relativo hasta abrumar numéricamente a las clases y poblaciones más perfectas y convenientes.

Después de la segunda guerra mundial estas alarmas subieron de tono y alcance, convirtiéndose en planetarias. El impresionante ritmo de crecimiento poblacional del “Tercer Mundo” produjo toda suerte de previsiones y de llamadas al control poblacional (de los países menos desarrollados, claro), con joyas de la demagogia como el “Population Bomb” de P. Ehrlich. Pero también hoy el temor a algunas partes de la propia estructura poblacional sigue alimentando el género alarmista. El envejecimiento de la población sirve de coartada para propagar, bajo un barniz de rigurosidad demográfica, conceptos valorativos y tendenciosos como “invierno demográfico” o “festín de Chronos” (G.F. Dumont), que son simples reediciones de tópicos manidos y obsoletos, como los acuñó Sauvy en los años treinta (probablemente el inventor del propio término “envejecimiento poblacional”). Pese a ello, o precisamente por ello, los secundan los más diversos sectores actuales del asociacionismo familiar, religioso, político o financiero para aderezar sus propias recetas de reforma social y económica (hasta Gary Becker se suma a este coro). A estos ideólogos se han unido los que ven en el cambio de la pirámide poblacional la mejor coartada para predicar reformas de los sistemas de pensiones, sanitarios o de protección social. ¿Cuántas veces más las previsiones demográficas volverán a augurarnos el colapso definitivo de las pensiones públicas y los Estados del Bienestar en general? Lo vienen haciendo desde hace un siglo y no parece impresionar a nadie que siempre se hayan demostrado erróneas.

Siempre se trató en demografía de predecir lo indeseable para convencer a quien tenía el poder de que debía tomar medidas políticas para evitarlo. ¿Qué es lo que pretenden estos dos autores con un libro que no tiene por objetivo asustar a los gobernantes, sino todo lo contrario? Para responder probablemente haya que desentenderse de la notable coincidencia de muchas de las facetas demográficas descritas con sus correspondientes en España, y hacer una lectura en estricta clave de política doméstica italiana.

En efecto, este libro, y el modo que tiene de tratar la inmigración como componente esencial y positivo de la dinámica demográfica, es en buena medida una contestación a la epidemia xenófoba que están padeciendo Italia y sus dirigentes. Incluso cuando los autores señalan paralelismos con nuestro país en las tendencias migratorias es para mirar con envidia la escasa explotación electoralista que hasta ahora se ha hecho de este tema en la política española (véase la mención explícita a Zapatero y su campaña electoral en la pg. 109). Esperemos que en esto no acabe pareciéndose también la situación demográfico-política española a la italiana, porque los cantos de sirena del populismo xenófobo ya se empiezan a oir también aquí.

Por otra parte, y precisamente por la acentuada clave local, los autores pierden una oportunidad: trascender el lugar (Italia) y la presentación clásica y tópica de las poblaciones en los estudios demográficos convencionales. En contraste con lo anunciado en el título, su esquema y contenidos se apartan poco de los cánones habituales, y la “revolución” se queda finalmente en algunas peculiaridades no muy alejadas de lo que podría observarse en muchos otros países del mundo. Incluso el descubrimiento de que un flujo constante e intenso de inmigración puede ser considerado componente intrínseco de la demografía italiana es poco original; Anna Cabré hace décadas que viene afirmando la existencia de tales sistemas “reproductivos”, empezando por el de Cataluña, objeto de su tesis doctoral.

Se echa de menos una reflexión sobre el cambio global en el que se inserta la dinámica demográfica italiana. La auténtica revolución es planetaria y afecta al objeto general de la disciplina, las poblaciones, y al modo en que ha cambiado su manera de perpetuarse en el tiempo. Cualquier demógrafo que pretenda destacar un cambio local como revolucionario debería comprobar primero si dicho cambio es exclusivo o forma parte de una dinámica más amplia, si se constituye un sistema demográfico propio o se forma parte de un sistema mayor dentro del cual se cumplen funciones identificables. Probablemente a estas alturas toda la población del mundo se encuentra integrada en un gran sistema demográfico global y estoy seguro de que los autores de este libro podrían habernos explicado mucho desde esta óptica.

También se echa de menos alguna discriminación del peso respectivo que tienen los distintos factores intervinientes en la supuesta revolución. Se los va enumerando sucesivamente como si todos ellos fuesen de la misma relevancia, sin rango jerárquico, y se da la paradoja de que el descenso de la mortalidad, auténtico origen de la modernización demográfica, se trata casi al final del libro y ni siquiera merece un capítulo aparte. Sin el recientísimo y todavía persistente descenso de la mortalidad no hubiese sido posible el descenso de la fecundidad, el envejecimiento de la población, el alargamiento de las etapas tempranas de la vida o la reformulación de los roles de género. Todo ello sería observable si se adoptase una óptica eminentemente demográfica como es la de las relaciones reproductivas intergeneracionales, de medio y largo alcance temporal, que en esta obra ve limitadas sus obvias aplicaciones al único campo de la relación de los jóvenes con sus familias. De nuevo es un marco teórico demográfico amplio lo que tales distinciones suscitarían, quién sabe con qué resultados y extensión.

No era ese el propósito, y así debemos entenderlo. Tampoco se pretendía hacer un tradicional informe demográfico sobre una población más, y de ahí el formato breve, divulgativo y lleno de propuestas y sugerencias. Pero la ausencia de este tipo de consideraciones acaba por dar al libro de Billari y Dalla Zuanna un tono enfáticamente “político-nacional” que, aunque los autores den por bueno, lo emparenta también con otro género que prolifera hoy en Europa y constituye en mi opinión un anacronismo: la búsqueda renovada de las identidades nacionales (aquello de “qué significa ser francés”). Es como si hubiese una epidemia de “crisis identitarias”, que las derechas resuelven apelando a arcaísmos, y las izquierdas se empeñan en reinventar, sin que a nadie se le ocurra que probablemente sean tales identidades, en sí mismas, las que han dejado de tener sentido como fundamento de la política en general y, especialmente, de la política social.

Sea como sea, y dejando de lado observaciones puntuales y alguna más general, Billari y Dalla Zuanna nos proporcionan la inestimable oportunidad de leer y pensar sobre un amplio abanico de temas de una importancia realmente extraordinaria. Probablemente hacen promesas excesivas en su título y en su introducción; quien busque respuestas teóricas generales y grandes innovaciones en el conocimiento demográfico tendrá que buscarlas en otro sitio. Pero proporcionan una buena relación de “asuntos pendientes” y dificultades/oportunidades, materiales e institucionales, asociadas a las cuestiones demográficas, lo hacen en un tono que sitúa el libro al alcance de cualquier lector y, sobre todo, eluden el rancio alarmismo demográfico con que suelen enfocarse este tipo de análisis, sustituyéndolo por un enfoque constructivo y propositivo que no puedo más que agradecer.

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