¿Y si el envejecimiento ni siquiera fuese un problema?


Sol Minoldo

Uno de los maravillosos beneficios de editar Apuntesdedemografía es poder contar con colaboraciones como las de Sol Minoldo. Ya nos regaló anteriormente una síntesis de la TRR y también un excelente texto sobre la viabilidad de la situación demográfica. 

Ahora añade la aplicación a España de una herramienta estadística que está desarrollando para cuantificar la relación entre el envejecimiento demográfico y la sostenibilidad de los sistemas de protección social y de pensiones. Su propuesta puede encontrarse de forma más detallada en la comunicación que próximamente presentará en el congreso de la ALAP en Lima, La sostenibilidad de la previsión social en el marco del envejecimiento de la población: aproximación al caso argentino. Sol está deseando recibir retornos sobre esta esta línea de investigación, así que animate y escribe tu comentario.

 


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¿Y si el envejecimiento ni siquiera fuese un problema?

Por María Sol Torres Minoldo

Es moneda corriente, no sólo en el mundo político y mediático sino sobre todo en el académico, generar alarmas en torno al proceso de envejecimiento. El envejecimiento sería doblemente preocupante: atentaría contra la capacidad de producción material de nuestras sociedades y, a la vez, sería fuente de incrementos insostenibles en los gastos de seguridad social. Olvidando que el envejecimiento es la expresión de grandes logros de nuestras sociedades, en calidad de vida, medicina y planificación familiar, se tiñe de negro la coyuntura demográfica y se buscan “salidas” que se orientan tanto a recomendaciones natalistas como a recortes de los gastos en seguridad social (como el aumento de la edad de retiro, la reducción del nivel de beneficios, o el recorte del acceso con un incremento de las condiciones para el “derecho” de protección en la vejez).

Más allá de discutir la conveniencia social y económica de las recetas para hacer frente al “problema” del envejecimiento, algunos hemos propuesto abrir la discusión sobre la existencia misma de un “problema”.

Las presuntas cargas materiales que el envejecimiento conlleva son generalmente ponderadas con la observación del incremento neto o proporcional de los gastos en seguridad social, así como por medio de un indicador demográfico que establece la relación entre la cantidad de adultos mayores y la de personas en edad de trabajar: la tasa de dependencia de la vejez. Aunque ninguno de estos indicadores falsea la realidad, sustraen un aspecto fundamental del contexto: la evolución de la producción material de la sociedad.

El incremento de los gastos en seguridad social en términos netos no significa nada, pues su carácter conflictivo debería deribar de su relación con la fuente de recursos. Incluso su incremento como proporción del PBI no es necesariamente un motivo de alarma si éste ha crecido sostenidamente y la menor proporción de producto restante implica en realidad mucha más producción material (por no mencionar que esa menor proporción de producto que quedaría disponible para las generaciones jóvenes debe destinarse a una menor proporción de población, precisamente como resultado del proceso de envejecimiento). Por otra parte, ponderar el incremento de los gastos en relación con la población en edad activa -o incluso en casos más correcto con la población activa ocupada formal- es desconocer que los recursos de la seguridad social, aunque tradicionalmente se hayan recaudado por medio de contribuciones y aportes al trabajo, pueden financiarse de otras maneras.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, se ha trabajado en el desarrollo de indicadores para ponderar las consecuencias materiales del envejecimiento y poder determinar la existencia o no de un problema de sostenibilidad.

Se han definido tres niveles progresivos a evaluar, en los que se podría señalar un conflicto de sostenibilidad.

El primero corresponde a la observación de las consecuencias del envejecimiento sobre los niveles de producción, quedando descartado que exista un problema de sostenibilidad cuando la evolución del producto ha crecido lo suficiente para compensar el incremento demográfico en caso que este existiera. Así, en la medida que el producto por habitante no se reduzca, puede sostenerse que cualquier influencia negativa que el envejecimiento haya tenido sobre la disponibilidad de mano de obra ha sido neutralizada por cambios en el sistema productivo que han llevado a reducir la cantidad de trabajadores involucrados en la producción, o bien mejoras en la productividad que han permitido producir más con igual cantidad de trabajadores.

El segundo nivel de sostenibilidad incluye la preocupación por el incremento de los gastos previsionales. Para abstraerse de cuestiones distributivas tales como los montos de las prestaciones o los niveles de cobertura, y poder reconocer el efecto exclusivo del factor demográfico en los incrementos de cargas económicas, se realizan estimaciones de gasto previsional en las que se asigna hipotéticamente un ingreso de referencia a cada anciano, primero en el año base, y luego en los años evaluados, siempre constante en términos de capacidad adquisitiva. Así, al comparar el gasto previsional estimado en cada año con el de un año base, puede establecerse el gasto adicional generado por el envejecimiento y establecer si se han generado recursos genuinos para afrontar ese gasto. Por eso en este nivel, además de un crecimiento que simplemente compense el crecimiento demográfico en la sociedad, la sostenibilidad quedará garantizada cuando se haya producido un crecimiento adicional del producto equivalente o mayor a este gasto previsional adicional.

Por último, se evalúa un último nivel de sostenibilidad que implicaría una neutralización absoluta del envejecimiento a partir del crecimiento de la producción social. Incluso existiendo los dos niveles de sostenibilidad recién explicados, podría ocurrir que frente al incremento de la proporción de ancianos en el total de la población, el gasto previsional creciera también como proporción del PBI. Aunque eso no implique afectar el ingreso por habitante del resto de la población, que ahora constituye una menor proporción del total, el incremento del gasto en términos de producto podría implicar pujas conflictivas que aquí se han definido como presión redistributiva intergeneracional. Pero existe la posibilidad de que esa presión redistributiva, aún en caso de existir políticamente, no pueda ser atribuida al envejecimiento. Por ello, el último nivel de sostenibilidad se alcanza cuando el gasto previsional estimado no representa una mayor proporción de PBI que en el año base, dado que su crecimiento neto fue neutralizado por el crecimiento de la producción material.

Estos tres niveles de sostenibilidad fueron denominados respectivamente ‘Nivel de Suficiencia Básica’, ‘Nivel de Disponibilidad Garantizada’, y ‘Nivel de Presión Redistributiva Intergeneracional nula’, y se desarrolló una fórmula matemática que permite medir cada uno de ellos a partir de datos demográficos de población total y población de adultos mayores y PBI a precios constantes a lo largo de una serie histórica, y fijando además un ingreso de referencia por anciano desde el año base (aunque en realidad el monto de dicho ingreso sólo es relevante en el indicador de Disponibilidad).

Al aplicar tales indicadores a sociedades en las que el proceso de envejecimiento demográfico ha comenzado o incluso se encuentra avanzado, se evidencia que la sostenibilidad del envejecimiento tiene una dinámica diferente a la sostenibilidad de la seguridad social contributiva, que a diferencia de estos indicadores, no depende de la producción material agregada sino del mercado de trabajo formal.

En España, no solo no se han registrado problemas de escasez como resultado del envejecimiento, sino que incluso el indicador de presión redistributiva intergeneracional ha mostrado una evolución llamativamente favorable. Por ello, los problemas de solvencia que pueda registrar actualmente la seguridad social no pueden ser atribuidos al efecto del fenómeno demográfico de envejecimiento en sí mismo, que ha sido, como se evidencia en los indicadores, ampliamente neutralizado por el crecimiento de la producción material española. Se trata posiblemente del agotamiento de un modelo de financiamiento basado principalmente en el mercado de trabajo formal, y cuya respuesta a la dinámica demográfica puede ser limitada incluso en condiciones de pleno empleo, pero dramáticamente cuando el mercado de trabajo es, como en nuestros días, la verdadera fuente de crisis de nuestras sociedades.

Como cierre y evidencia de la sostenibilidad del envejecimiento en España, se deja a consideración de los lectores un gráfico con la evolución de la sostenibilidad del envejecimiento desde 1960.

Fuente: Elaboración propia en base a datos de Banco Mundial (2014)
Nota: Supuesto de ingreso por anciano constante equivalente a un PBI per cápita de 1970

Para ver la fórmula de los indicadores y el desarrollo matemático detallado de los mismos se puede consultar el trabajo presentado por la autora en el congreso ALAP 2014, ‘La sostenibilidad de la previsión social en el marco del envejecimiento de la población: aproximación al caso argentino’ (http://www.alapop.org/Congreso2014/DOCSFINAIS_PDF/ALAP_2014_FINAL124.pdf).

Sol Minoldo

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4 pensamientos en “¿Y si el envejecimiento ni siquiera fuese un problema?”

  1. ¿Cómo encajaría la sostenibilidad comentada en un marco de decrecimiento económico?. Si el actual modelo de desarrollo económico esta cada vez más cuestionado, entre otros motivos desde la perspectiva de su imposible sostenibilidad ecológica (cambio climático), y la necesidad de optar por opciones de decrecimiento se plantea como imprescindible ¿cómo hacer entonces sostenibles los sistemas de protección social y de pensiones?.

    1. Estimado Antonio, como puede verse en el gráfico que se encuentra al final del post, el crecimiento español excedió con creces el crecimiento necesario para asegurar la sostenibilidad, y ésta aún se constataría en todos los niveles con un crecimiento de la mitad del registrado.

      Por otra parte, ese mismo saldo superavitario podría interpretarse como un “bono” o saldo a favor que aseguraría aún algunas décadas de sostenibilidad del envejecimiento en caso de un crecimiento nulo de la producción material agregada futura en este país.

      En este sentido los indicadores pueden ser utilizados para dos ejercicios que aportarían a tus inquietudes. Por un lado es posible calcular el crecimiento que habría sido necesario como mínimo para asegurar la sostenibilidad del envejecimiento. Por otro, se pueden realizar proyecciones se sostenibilidad, teniendo en cuenta las proyecciones de población, que determinan el crecimiento de PBI que sería necesario a futuro para obtener la sostenibilidad del envejecimiento.

      De todos modos, la discusión puede eventualmente desplazarse ya que, desde el ámbito que lo planteas, se podrían poner incluso en duda los niveles de consumo actuales en un país con el PBI de España, y sobre todo la importancia de incrementar esos niveles de consumo por habitante. Es una discusión diferente, evidentemente, y en la cual resultaría irrelevante evaluar como un nivel de sostenibilidad la ‘ausencia de presión redistributiva intergeneracional’: en caso de adherir a un modelo de crecimiento nulo del producto y considerar aceptable que el consumo por habitante no se incremente en ninguna generación, un nivel de suficiencia básica bastaría para cumplir las expectativas políticas de dicha postura, ya que en tal caso la redistribución entre generaciones no implicaría dificultad alguna al no tener consecuencias en los ingresos por habitante del resto de la población (en relación al año base), ni podría ser considerada un obstáculo al crecimiento, dado que este último dejaría de ser un objetivo.

      Al calcular el crecimiento del producto necesario para alcanzar un nivel de sostenibilidad de suficiencia básica, el incremento del producto necesario será tan bajo como el crecimiento esperado de la población española en caso de sostenerse sus bajas tasas de natalidad.

      Llevando el planteo ambiental a un punto extremo de la discusión, si no fuese deseable el crecimiento económico en absoluto, en caso que el envejecimiento efectivamente representara una dificultad para el mismo, resultaría funcional a los objetivos de desalentar el incremento de producción.
      En este ámbito la discusión no pasa ya por cómo solventar los gastos de seguridad social, sino que compete a la cuestión de la distribución entre y al interior de todas las generaciones, e incluso, eventualmente, a nivel global. De hecho, para quienes no crean demasiado realista que tal redistribución pueda producirse mundialmente, la preocupación que planteas podría resultar aún muy prematura para países como los latinoamericanos, teniendo en cuenta los niveles de producto por habitante de sus economías.

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