Demografía y globalización, por Tomás Jiménez


Tomás Jiménez publicó recientemente un artículo (elpaís.com 8/06/2012) reclamando la inclusión de la demografía en los debates sobre la sostenibilidad global, tema de La Cumbre mundial Rio +20. Me parece obligado para los propios demógrafos plantearse al menos la cuestión, porque el de la población es un asunto que ha desaparecido progresivamente de las agendas internacionales desde la cumbre de El Cairo 94 sin apenas pronunciamientos o debates en nuestra disciplina. Transcribo aquí el artículo:

El eslabón perdido de la globalización

Por Tomás Jiménez Araya

Habitamos un mundo de 7.000 millones de personas, cada vez más longevo, más urbano, más capacitado e interconectado, más mestizo, menos patriarcal y demográficamente convergente, pero también, si no cambian las tendencias actuales, socialmente más desigual y ecológicamente menos sostenible. En los últimos 60 años, el mundo ha casi triplicado su población, pasando de 2.500 millones de habitantes en 1950 a los actuales 7.000 millones. Un acontecimiento insólito, por su volumen y rapidez, en toda la historia de la especie humana, que ha invertido el peso demográfico relativo de las principales regiones, en detrimento de las más desarrolladas. Este hito demográfico plantea importantes retos ineludibles en términos globales y el debate reabierto con motivo de la próxima Cumbre mundial Rio +20 (20-22 de junio) ofrece una excelente oportunidad de incluir el eslabón demográfico como uno de los imperativos de la sostenibilidad global, tal como plantea la reciente Declaración sobre el Estado del Planeta, http://www.planetunderpressure2012.net/.

Primero, las buenas noticias. En las dos últimas décadas, el ritmo de crecimiento de la población mundial ha registrado un sostenido descenso, sobre todo en los países en desarrollo más poblados (a excepción del África subsahariana). No obstante, dado el impulso inercial acumulativo del alto crecimiento de las décadas anteriores (más mujeres en edad reproductiva, aunque en promedio tengan menos hijos), la población mundial seguirá creciendo, aunque a un ritmo menor, hasta alcanzar una cifra próxima a los 9.300 millones en el 2050, de acuerdo al escenario medio de la ONU. El resultado dependerá en gran parte de la mejora de los patrones reproductivos y de supervivencia, así como de las oportunidades disponibles en los países pobres más poblados, cuyo epicentro está en África.

En el análisis de la globalización, la dinámica de la población mundial ha ocupado un lugar secundario, cuando no residual, frente al protagonismo de los factores económicos y tecnológicos, acentuado aún más por el abrumador imperativo financiero de la Gran Recesión. Esta deficiencia es doblemente significativa. Los factores demográficos no son neutrales y pueden obstaculizar o favorecer el desarrollo, como prueba una sólida investigación comparativa internacional. Además, en términos históricos, es ahora cuando tiene sentido hablar de la población mundial como un conjunto de poblaciones y ecosistemas interactivos, cuya significación va mucho más allá de una simple agregación estadística. Sin la integración adecuada de este “eslabón perdido”, la historia del mundo del último medio siglo y en adelante la interpretación del proceso de globalización seguirán siendo incompletas y sesgadas (The Political Economy of Global Population Change,1950-2050, P. Demeny & G. McNicoll, 2006).

En el curso del último medio siglo, una proporción mayoritaria y creciente de la población mundial, superando barreras sociales, culturales y religiosas, ha podido controlar la morbilidad y mortalidad evitables (sobre todo materno-infantil) y regular sus preferencias reproductivas, gracias a una combinación sinérgica de innovaciones y cambios muy costo-efectivos, de carácter tecnológico (vacunas, antibióticos, anticonceptivos modernos), productivo (incremento de la oferta de alimentos, mejoras de la nutrición) y social (mayor instrucción y autonomía de la mujer). Durante este periodo, se ha extendido el avance (no exento de episodios coercitivos, como en China e India) hacia un régimen demográfico global más eficiente, donde la gran mayoría de los nacidos sobrevive y goza de una creciente esperanza de vida, salvo en regiones rezagadas del África subsahariana, del Sudeste asiático y América Latina. Es, sin duda, un gran éxito humano, aunque todavía inconcluso por las crecientes desigualdades sociales y un extenso deterioro ecológico. En claro contraste con su menor peso demográfico, la huella ecológica de la población de los países más desarrollados es muy superior a la del resto del mundo, dados sus desproporcionados niveles de consumo de recursos energéticos y materias primas, así como de emisión de residuos. Sin embargo, el número también cuenta. Ha bastado el alto crecimiento en las últimas décadas de la producción y el consumo de los países BRIC ( Brasil, Rusia, India y China, casi el 40% de la población mundial), para que su “efecto mariposa” se haya sentido en los cuatro puntos cardinales del planeta.

La preocupación tradicional centrada en el alto crecimiento de la población ha ido cediendo espacio a otras cuestiones acuciantes como el envejecimiento, la urbanización desordenada, la desigualdad de género, la inseguridad alimentaria y las presiones ambientales. Por lo demás, existe ya un amplio consenso sobre los posibles dividendos demográficos derivados del cambio en la estructura por edades (proporción favorable de la población en edad activa sobre la población dependiente) y de la autonomía de la mujer, a través de la conciliación entre sus funciones reproductivas y productivas. Asimismo, se presenta la oportunidad de liberar el potencial del crecimiento urbano y de la migración internacional: la batalla principal por la reducción de la pobreza y la mitigación del cambio climático se librará en las ciudades; la movilidad concertada de la población puede generar beneficios mutuos para los países de origen y destino. El proceso de convergencia demográfica mundial, sustentado por robustas evidencias empíricas de las transiciones epidemiológicas y reproductivas de la mayoría de países (incluido el mundo árabe), es un desmentido adicional de las visiones apocalípticas del “choque de civilizaciones” y subraya la homogeneización aportada por los cambios demográficos a la globalización ( Le rendez-vous des civilisations, Y. Courbage & E. Todd, 2007).

Como resultado, asistimos a la configuración de sociedades inéditas: poblaciones pluriétnicas, con predominio de las edades maduras en los países más desarrollados; plétora juvenil en edad activa y crecimiento de nuevas clases medias urbanas en los países emergentes, ampliación de las tipologías de los hogares, incluidas las familias transnacionales, prolongación de la vida activa y envejecimiento generalizado, aunque a ritmo diverso. Todo esto afectará de manera considerable a los patrones de producción y consumo, los mercados laborales, los sistemas de protección social y las relaciones intergeneracionales. En suma, esta “revolución demográfica” global podría equiparase, por el cambio radical de mentalidades que conlleva, a otras revoluciones históricas, como la “industrial” en lo económico o la “democrática” en lo político. (Transformations of the world´s population,J. MacInnes & J. Pérez, en The Routledge International Handbook of Globalization Studies, 2008).

Estos profundos cambios demográficos demandan respuestas políticas de gran calado y amplio espectro, sobre el modo de producir, de consumir y de gobernar. Históricamente, la población mundial ha evolucionado entre las fuerzas de la presión (necesidades) y las fuerzas de la opción (capacidades). En el periodo contemporáneo, la capacidad de elegir se ha ampliado considerablemente para una proporción creciente de personas que han accedido a una vida digna. Hasta ahora, este avance se había concentrado en las regiones más desarrolladas. En adelante, habrá llegado el turno del resto del mundo. Esto plantea grandes desafíos para la gobernabilidad democrática global, incluidos los imperativos morales distributivos relacionados con la protección de los derechos humanos, la erradicación de la pobreza y la sostenibilidad. En nuestro ADN evolutivo como especie está cierta propensión a la confrontación, la exclusión y el egoísmo, pero también está incluida la inclinación a la cooperación, la solidaridad y el altruismo. Dependerá de las prioridades y los valores sociales que acordemos establecer, el que optemos por una senda u otra y de que prevalezca, en definitiva, el reconocimiento de una identidad humana común y la adopción de modos de vida sostenibles para una prosperidad compartida en un planeta finito.

Tomás Jiménez fue representante del Fondo de Población de Las Naciones Unidas en América Latina (1996-2006) y es profesor consultor del Máster de Derechos Humanos, Democracia y Globalización – UOC (perfil en Linkedin)

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