La preferencia por los varones y el aborto selectivo


Hace poco comenté aquí el libro de Amin Maalouf, Le Premier siècle après Beatrice, una inquietante y hermosa ficción sobre la discriminación contra el sexo femenino, con un trasfondo demográfico de gran importancia y poco habitual. Maalouf especula con las consecuencias que tendría un método fácil y accesible para seleccionar el sexo de los hijos, combinado con la extendida preferencia por los hijos varones. Ahora me hago eco de algunos comentarios al Informe sobre el desarrollo mundial 2012: Igualdad de género y desarrollo, elaborado por el Banco Mundial (BM). Lo que muestra dicho informe, cuando compara la relación entre sexos tanto en los nacimientos como entre los menores de cinco años, es que el método de selección imaginado por Maalouf existe ya, y se está aplicando masivamente en algunos países.

El ancestralmente complicado equilibrio entre la elevada mortalidad y la necesidad de traer nuevas vidas al mundo en cantidades correspondientes, pero sin exceder los límites impuestos por las difíciles condiciones materiales y sociales, se ha resuelto históricamente con fórmulas muy variadas según el momento y el lugar. En buena parte de Asia la estrategia seguida era la de maximizar los nacimientos (con casamientos femeninos tempranísimos, incluso infantiles, y un número elevado de hijos por mujer) pero atender escasamente a su superviviencia, especialmente en las épocas de escasez. De hecho en épocas tales el recurso al infanticidio era una práctica extendida.

Pero todo esto, por muy arraigado que esté en algunas sociedades agrarias tradicionales, debería haber perdido toda justificación hace tiempo. China experimentó una pervivencia residual de este tipo de prácticas cuando impuso su política de hijo único (la economía agraria y la adscripción de las mujeres casadas a la linea familiar del marido hacían mucho más conveniente que ese único hijo fuese hombre). Sin embargo hace tiempo que el Estado las prohibe y las persigue.

Lo que parece estar permitiendo que estos arcaísmos pervivan es, paradójicamente, la modernización y extensión de los medios para la detección precoz del sexo en el feto, combinados con el posterior aborto selectivo. Hasta tal punto resultan determinantes que los gobiernos chino, indio y coreano prohiben las ecografías cuando el embarazo no se cualifica como de riesgo, y llegan incluso a imputar delito a los médicos que incumplen la prohibición.

No obstante, en el informe del Banco Mundial y, sobre todo, en los medios de comunicación que comentan este tema particular, existe una confusión reiterada entre las distintas causas que pueden alterar la normal relación de efectivos de cada sexo en las edades infantiles. Se juntan en un mismo concepto los abortos selectivos y el infanticidio, el maltrato y abandono con la evitación del nacimiento. Y no es lo mismo, por mucho que el antiabortismo esté teniendo éxito en contaminar cualquier análisis cuantitativo en este terreno. También se habla de las “mujeres que se pierden cada año” refiriéndose al número total de abortos de fetos femeninos, y llega a sustituirse “aborto” por “feticidio” incluso en medios supuestamente neutrales (véase, por ejemplo, el artículo de ElPaís en las referencias, más abajo).

Lo cierto es que abortos hay y ha habido a lo largo de toda la historia humana. No todos  se explican, cuando el feto era femenino, por las preferencias acerca de su sexo, ni todos pueden ser calificados como XXXcidios sin incurrir en la criminalización de personas, especialmente mujeres, cuyas decisiones reproductivas están sumamente determinadas por las condiciones materiales, sociales y familiares de su entorno. El Banco Mundial, como tantas otras instituciones “filantrópicas”, se apunta a los temas políticamente sensibles y rentables en imagen. Este es un tema productivo, pero debe ser tratado con cautela para no acabar criminalizando precisamente a quien se dice defender, las mujeres.

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