Matrices hastiadas y hembras feraces


Esta es una entrada para nuestra galería de los horrores, la nueva serie que inicié hace poco sobre alarmismos y catastrofismos demográficos. Demuestra que Spengler y su panfletada “La Decadencia de Occidente” siguen vivos un siglo después:

La Decadencia de Europa se muestra en mil y un síntomas, de los que Spengler, así como un crítico admirador suyo, Ortega, dejaron constancia. Síntomas que parecen hoy mucho más evidentes que en aquella agonizante Europa del primer tercio del siglo XX. Su muerte demográfica, la esterilidad de sus matrimonios, las matrices hastiadas que no desean hijos porque desean, en vez de ello, “realizarse como personas”. En Europa no se quieren tener niños: todas quieren ser como todos. Ser madre es una carga, y el problema de los hijos, como el de los coches, consiste en buscar “dónde aparcarlos”. Con ello, no es de extrañar que se esté dando un proceso de sustitución étnica. Las hembras feraces de origen extraño darán pobladores a este continente que ha perdido los lazos de la sangre y del suelo, los lazos que todavía la vida aldeana recordaba con fuerza e impertinencia a las puertas de las ciudades hasta no hace mucho.

Documento impagable. En un sólo párrafo encontramos una impresionante cantidad de tópicos decimonónicos, característicos de las élites intelectuales de otras épocas, por encima de la plebe y las masas en el tiempo y en el espacio. También resuenan en él la vena poética-patriotera-esencialista del nacionalismo exacerbado que proliferó entre la primera y la segunda guerra mundial y que, en España, se prolongó algunas décadas más gracias al franquismo. Pero el texto no es del siglo XIX, ni siquiera es del XX, y su autor no es alemán ni franquista, sino un nacionalista asturiano (lee aquí su texto Asturias. Pequeña y vieja nación) doctor en Filosofía, que escribe estas cosas en el siglo XXI:

Resumen: En este artículo tratamos de mostrar algunos signos de la decadencia de la civilización occidental, de la mano de dos filósofos, Spengler y Ortega. Nos parece que la conversión del Estado Social en Estado de los Parásitos es uno de los síntomas evidentes de este proceso. Para ello nos servimos de algunas figuras históricas: el cristianismo, el derecho, la Reconquista, etc. Se trata sólo de ejemplos para poder comprender la muerte de Europa a la que actualmente asistimos.

Lo que más me impresiona de textos como éste es la ilimitada capacidad para ignorar los hechos que los desmienten y las personas que les rodean (especialmente si son mujeres), y mantenerse en un universo mágico de metáforas poéticas y analogías rimbombantes (Europa ¿no había muerto ya en la época de Spengler? ¿cómo es que lo hace actualmente? ¿y cómo ha multiplicado su población como lo ha hecho desde entonces?).

Soy  amante de la filosofía (también licenciado, de cuando la carrera duraba cinco años), y he visto demasiados casos así, personajes patriarcales encumbrados en su torre de marfil con la soberbia suficiente para pensar y opinar sobre todo sin más fundamento que la pura escolástica, es decir, la esforzada y amplísima lectura de los Santos Padres (aquí son Spengler y Ortega) y su masticación bobina, para luego regurgitarlos pretendiendo haber aportado soluciones propias a todos los problemas de la humanidad; “soy filósofo, hablo sobre lo que sea, y además tengo razón en todo”.

A diferencia de lo que hace este autor, en la historia del pensamiento humano los filósofos de verdad iniciaron muchas disciplinas científicas, desde la Zoología hasta la Física o la Lógica Matemática. Luego, a medida que se consolidaban como ciencias, esas ramas del conocimiento acababan volando por su cuenta. A partir de ese momento el filósofo se limita a la “meta-reflexión” externa y sigue trabajando en otros frentes del conocimiento aún por consolidar. Lo que ya no puede hacer un filósofo, a partir de ese momento, es pontificar sobre la clasificación de las especies vegetales, sobre la previsión de los movimientos planetarios o sobre la formalización de los distintos tipos de conjuntos numéricos; ya existen botánicos, astrónomos o matemáticos que de eso saben mucho más. En esas cuestiones su ignorancia le pone en ridículo.

Y lo mismo vale en demografía, aunque Blanco no se ha enterado. De demografía no tiene ni idea, igual que no la tenía Spengler, con el agravante de que, en el siglo que les separa, la Demografía se ha desarrollado de forma espectacular. Pero Blanco, como digo, no se ha enterado, y sigue en la órbita del degeneracionismo de Morel o Magnan, evidenciado constantemente: cuando habla sobre la muerte demográfica de la “agonizante Europa del primer tercio del siglo XX”; cuando afirma “la esterilidad de sus matrimonios”; cuando atribuye el cambio en la dinámica demográfica a la pretensión de las mujeres (“las matrices hastiadas” las llama) de “querer realizarse como personas” (qué tonteria ¿verdad?) y de ser como los hombres (“todas quieren ser como todos“); cuando les atribuye voluntad de “aparcar a los hijos” si los tienen; cuando califica como “hembras feraces de origen extraño” a las mujeres inmigrantes, cuando reclama “lazos de sangre” como fundamento de la identidad colectiva, o cuando propone como modelo de salvación “la vida aldeana”. Total, porque las dinámicas demográficas son hoy mucho más avanzadas, horror de horrores, que en el pasado aldeano que él idealiza  (véase la sección sobre la revolución reproductiva).

Todo esto en un único párrafo, y limitando mi comentario a lo demográfico. Si se analizan otras de sus publicaciones el inventario de despropósitos es interminable (aunque, como miembro del ramo filosófico que soy, me ha enternecido uno en especial: su imaginativa solución, la única posible nos dice, para evitar la decadencia de Occidente; nada menos que la extensión de “una nueva filosofía”, ¡qué casualidad!).

En fin,  este autor proporciona un magnífico material para añadir a la colección de apocalipsis y miedos demográficos. Su filia por Spengler y su manera de creer en lo “fáustico” como motor de los males del mundo, frente al Dionisos nietzscheano salvador, ejemplifican estupendamente el arcaísmo delirante de las ideas demográficas del XIX, mantenido intacto en el XXI. Si quieres ejemplos aquí tienes algunos más, y sin necesidad de cambiar de revista:

Blanco Martín, C.J. (2011) Decadencia y muerte del espíritu europeo. Volviendo la mirada hacia Oswald Sprengler, en Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas.  Vol 32, no 4.

Resumen. Oswald Spengler elaboró una concepción pluralista y organicista de la Historia. Según su visión las culturas experimentan una necesidad morfológica, que conlleva nacimiento, esplendor y decadencia antes de la muerte. Occidente está a punto de morir, ya es el cadáver de una Cultura, es decir, una Civilización. El declive militar de los occidentales ante los “nuevos bárbaros”, y el sometimiento de lo político a lo económico-financiero marcan nuestra era. Una era unilateral, en la que el “alma faústica” de nuestra cultura discurrió exclusivamente por los canales de la infinitud técnica y de la producción y acumulación insaciable de plusvalía.

Blanco Martín, C.J. (2012) Europa: Civilización moribunda. Claves nietzscheanas, en Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas. Vol 35, No 3.

 Resumen. De la mano de Nietzsche y Spengler, esbozaremos un diagnóstico sobre la Muerte de la Civilización Europea. La Civilización es la fase declinante de una Cultura, y haremos ver que los valores ilustrados e ideales de la Modernidad (Igualdad, Derecho, Estado nacional, Progreso) llevados hasta el fin en sus consecuencias son valores letales para la propia Civilización europea que los generó.

Blanco Martín, C.J. (2012) El suicidio de Europa. La decadencia del campo, el auge de la pornografía y del hombre masa, en Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas.  Vol 33.

 Resumen. En este ensayo, de la mano de Oswald Spengler, pasamos revista a la decadencia de la civilización europea tomando como guía tres fenómenos: el análisis de las relaciones entre el campo y la gran ciudad, el advenimiento de la una sociedad hipererotizada y pornográfica, así como el predominio del hombre masa.

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