Comisión Pontificia sobre Población, Familia y Natalidad, de 1963


En los años sesenta, con la extensión de nuevos anticonceptivos orales y una revolución sexual en marcha, la presión se hizo grande dentro de la propia iglesia católica para reconsiderar la doctrina tradicional en esos temas. Por su parte, Naciones Unidas estaba preparando una Conferencia Internacional sobre Población (Belgrado 1965) en la que probablemente se iba a proponer un Plan de Acción internacional para frenar el acelerado crecimiento demográfico mundial.

En 1963 (fallecería poco después), el Papa Juan XXIII creó la Comisión Pontificia sobre Población, Familia y Natalidad, formada por teólogos que debían considerar la cuestión y asesorarle sobre la posición a adoptar en dicha Conferencia Internacional.

Su sucesor, Pablo VI, no olvidó el asunto, todo lo contrario. Al poco de ser investido amplió la comisión incorporando “expertos” no eclesiásticos (médicos, psiquiatras, demógrafos, sociólogos, economistas y matrimonios). A partir de ese momento se entendió tácitamente que el núcleo del informe debía ser la doctrina sobre el control de la natalidad.

En 1966 la Comisión entregó un primer informe. Puesto que el encargo en sí mismo había sido confidencial, ni el contenido de dicho informe ni los distintos documentos generados por la comisión debían ser difundidos más allá del círculo papal. Pero sólo unos meses después, en la primavera de 1967, cuatro de los documentos fueron filtrados a la prensa y publicados tanto en inglés como en francés.

Se supo entonces que la conclusión que se había trasladado al Papa de forma mayoritaria era que la anticoncepción no era un mal y que las parejas católicas debían poder elegir los métodos para planificar su familia. Se había rozado la unanimidad, que no fue completa porque dos de los miembros habían entregado un informe particular aconsejando mantener la anterior posición condenatoria de la Iglesia en este tema.

La filtración creó una polémica social e interna de gran envergadura, con un gran reflejo en la prensa del momento. Católicos de todo el mundo empezaron a pensar que su Iglesia preparaba un cambio de doctrina similar al de la iglesia anglicana en la Convención de Lambeth en 1930.

Sin embargo en julio de 1968 el Papa publicó una encíclica, la “Humanae Vitae”, que sorprendió a casi todo el mundo, incluyendo el propio catolicismo. Desoía las recomendaciones de la Comisión Pontificia (que nunca fue vinculante, claró está, dada la capacidad del Papa de tomar decisiones infalibles según el dogma)  y reafirmaba las posturas tradicionales anteriores a todos los cambios sociales de aquellos años. Fue un auténtico terremoto entre el catolicismo “progresista”, que entonces estaba en plena ebullición. Y, probablemente, el inicio de su declive posterior.

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