Qatar, fútbol y condiciones de trabajo



INMIGRANTES EN QATAR, VÍCTIMAS DE UN CRECIMIENTO ACELERADO

Por la firma invitada de Andrés Poves Luelmo 

Quien visitaba Qatar a mediados del siglo XX encontraba una de tantas colonias británicas, ésta en régimen de protectorado, dónde una escasísima población (no más de treinta mil habitantes) vivía de la pesca y el comercio de perlas en pequeños núcleos urbanos y mercados ambulantes. Si el mismo viajero, nostálgico de aquel Oriente romántico, decidiera volver hoy, quedaría tan decepcionado como sorprendido al llegar a una ciudad de rascacielos, moda europea y coches de lujo. Qatar ha pasado, en menos de un siglo, de ser un conglomerado de tribus beduinas nómadas a consolidarse cómo el país con renta per cápita más elevada del mundo, bandera del Islam moderno, y escaparate de las más lujosas y ridículas exposiciones de riqueza que uno pueda imaginar.

¿Cómo ha podido suceder? Muy sencillo; en la década de 1940 la dinastía Al Zani encontró petróleo, y mucho.  Las reservas de crudo del país están estimadas en 15 millardos de barriles (2, 4 kilómetros cúbicos), y las de gas se calculan por encima de los 26 billones de metros cúbicos (es la tercera reserva más grande del mundo). Las ingentes riquezas derivadas de la exportación de sus recursos han permitido la consolidación como país más moderno del mundo islámico y superar con creces a la socialdemocracia más avanzada en lo que a servicios y prestaciones a sus ciudadanos (unos 250.000) se refiere. Poseen, además, Al-Jazeera, la cadena de televisión más vista del planeta, Qatar Airwais, una de las aerolíneas más importantes del mundo, y han conseguido ser anfitriones del mundial de futbol de 2022.

Pero no todo son luces en la historia reciente qatarí, al menos para sus no-ciudadanos. El brutal crecimiento de la capital, Doha, 90% de la población del país, la gran inversión en construcción e infraestructuras, y unos 250.000 nuevos ricos que quieren ser atendidos, requieren de una mano de obra masiva. Así que cerca del 80 % de la población de Qatar es inmigrada, con origen, principalmente, en la India, Nepal, Bangladesh y Filipinas. El país con mayor peso de inmigrados del mundo (cerca del 90%), ha visto cómo casi dos millones de trabajadores del sur de Asia se desplazaban hasta sus ciudades en respuesta a la demanda generada por la rapidísima emergencia económica. El fenómeno es de tal magnitud, que la pirámide demográfica de Qatar es cuanto menos curiosa; los inmigrados (en su inmensa mayoría varones de edad joven y mediana), han descompensado por completo el equilibrio entre sexos y edades .

Pese a constituir la gran mayoría de la población, y en oposición al bienestar y riqueza de los ciudadanos qataríes, el grueso de esta mano de obra se ve sometido a unas condiciones de vida y de trabajo inhumanas. Esto se debe en parte a la “kafala”, un tipo de relación económica cuasi feudal que vincula al trabajador extranjero con su empleador (visto como una suerte de “patrocinador”), quién detenta poderes notables sobre su empleado, como el de impedirle cambiar de trabajo o el de quitarle el pasaporte a su llegada, para impedirle salir del país.

Este tipo de abusos es frecuente en todos los sectores de la economía qatarí, pero la alarma internacional ha saltado a raíz de la situación de los trabajadores en las obras de los estadios e infraestructuras del Campeonato de Futbol Mundial de 2022. El diario británico The Guardian fue el primero en hacer titulares sobre las pésimas condiciones de trabajo – en muchos casos letales – sufridas por miles de inmigrados en la faraónica obra que el gobierno qatarí tiene prevista. Desde entonces, son muchos los medios y asociaciones (Sindicato Internacional de Trabajadores, Amnistía Internacional, la coordinadora de los emigrantes nepalíes) que han investigado y denunciado esta situación. Amnistía ha documentado casos de trabajo forzoso y condiciones tales como jornadas de 12 horas los siete días de la semana, falta de medidas de seguridad (sólo el año pasado se registraron mil traumatismos por accidentes laborales, de los cuales cien acabaron provocando daños irreversibles) y alojamientos precarios que en muchos casos carecen de agua, aire acondicionado o electricidad (como el campamento de Al Khor). Por su parte, The Guardian ha profundizado en la situación de los trabajadores nepalíes, que constituyen un 40% de la fuerza de trabajo del país. Sus testimonios revelan cómo fueron engañados y manipulados para viajar a Qatar, donde les fueron incautados sus pasaportes, que recuperarán con miles de horas de trabajo.

La población nepalí es sin duda la más castigada. Desde que comenzaron las obras del Mundial, el Pravasi Nepali Coordination Comitee ha registrado 400 muertes de obreros directamente relacionadas con las condiciones de trabajo a las que se ven sometidos. Estas muertes constituyen una tercera parte de las 1.200 registradas hasta ahora en las obras. Las proyecciones del Sindicato Internacional de Trabajadores son devastadoras; estiman unas 4000 muertes de aquí a que empiece el Mundial. La escandalosa cifra se explica por el trabajo en un entorno verdaderamente hostil, donde las temperaturas en los seis meses de verano superan todos los días los 45 grados centígrados. La mayoría de las muertes registradas se deben a paros cardiacos o deshidratación.

Numerosas organizaciones de derechos humanos ya han denunciado públicamente la situación, y el relator especial de la ONU para los derechos de los emigrantes, François Crepeau, ha pedido la abolición de la “kafala”. La respuesta de Qatar no ha sido en absoluto contundente, si bien se han comprometido a mejorar las condiciones de trabajo, el número de fallecidos sigue creciendo y los observadores no han percibido verdaderos cambios en el trato a los obreros.

Mientras tanto, la FIFA está más preocupada por cómo gestionar las altas temperaturas durante los partidos del Mundial – se ha barajado incluso celebrar el Mundial en Invierno- que por las muertes que están causando día tras día. Si las predicciones del Sindicato Internacional de Trabajadores se cumplen, el Mundial de 2022 se celebrará a costa de 4000 trabajadores muertos. Y todo esto en Qatar, un país donde nadie juega al futbol.

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