El natalismo de un magnate


Es común atribuir la baja fecundidad a la escasez económica;  los indicadores colectivos, poblacionales, suelen interpretarse erróneamente por analogía con los comportamientos individuales. Carles Vance Millar, un rico canadiense, nos proporcionó un experimento demográfico interesante al legar en 1926 una fortuna a quien tuviese más hijos en Toronto. No elevó la fecundidad de la ciudad, pero a algunas personas les cambió la vida. He conocido este caso gracias a mi colega Jonas Radl, que nos envía el link a un reportaje de David Goldenberg (gracias Jonas!).

Charles Vance Millar fue un exitoso abogado canadiense muy aficionado a hacer bromas, dirigidas especialmente a las personas o actitudes que le parecían hipócritas o ruines. Aprovechó incluso su propia muerte (31 de octubre de 1926) para cultivar esta afición. Su testamento reveló un conjunto de disposiciones meticulosamente dispuestas para culminar toda una vida de humor negro, como la cesión de sus acciones en un hipódromo a personas que hacían alarde de oponerse a las carreras y al juego. Pero la más sorprendente es, sobre todo, la última de ellas, que trataba del grueso de su fortuna: sería donada una década después a “la madre que, desde mi fallecimiento, haya dado a luz en Toronto al mayor número de hijos de los que se haya guardado registro acorde con la Ley de Estadísticas Vitales”

Se inició así una competición surrealista, máxime si tenemos en cuenta que sólo tres años después se inició la Gran Depresión. Ésta no disminuyó la cantidad en juego, todo lo contrario (ciertos terrenos del patrimonio de Vance en Detroit se vieron extraordinariamente revalorizados gracias a la aprobación de un macroproyecto municipal). Pero sí convirtió la competición en un juego desesperado, en el que perder se volvía todavía más dramático.

Durante los diez años de plazo debieron resolverse infinidad de trabas legales, empezando por las reclamaciones de los parientes de Vance, y el caso llegó incluso a la Corte Suprema de Canadá. Pero Vance había sido un experto jurista, y el fallo desestimó todas las reclamaciones; el concurso era legal.

Ganaron finalmente cuatro madres; cada una, con nueve hijos nacidos durante esos diez años, recibió 125.000$ de la época, una auténtica fortuna. Otras dos madres habían tenido diez hijos, pero una de ellas había perdido dos en el parto, y la otra había tenido algunos con un hombre que no era su marido legal, motivos en ambos casos para excluirlas del premio principal (aunque recibieron 12.500$).

Este extraño caso puede servir para reflexiones muy diversas acerca de la época, la mentalidad de los millonarios, las políticas demográficas. No está clara la intención de Vance, pero parece que su propósito no era elevar la fecundidad, sino gastar una de sus bromas.

En cualquier caso, en 1926 la fecundidad canadiense era de 3,4 hijos por mujer y en 1934 había descendido muy radicalmente, hasta 2,8. Pero muchos otros magnates y altos dirigentes de todo el mundo pensaron seriamente que fomentar la natalidad y premiar las grandes descendencias  era un método eficiente para frenar el descenso de la fecundidad. Así lo creyó el natalismo franquista español, con los premios a las familias numerosas, igual que el régimen nazi en alemania, con su Cruz de Honor a la Madre Alemana, pero también el régimen soviético con su Medalla a la madre heróica.

En lo que coinciden las élites sociales y económicas que fomentan el natalismo es en una visión patriótica y nacionalista de la demografía, a la que debe supeditarse la “capacidad reproductiva” de  la mujer, más allá de lo que le interese a ésta (de hecho, los riesgos para la salud de las madres que enlazan partos a la velocidad de las ganadoras del concurso de Vance son auténticamente terribles).

Muchos años después el caso del concurso de Vance fue utilizado por E.M Wilton en su tesis doctoral, precisamente para analizar todos estos aspectos ideológicos propios de la época pero en buena parte todavía vigentes:

El trabajo de Wilton llamó la atención hasta el punto de inspirar incluso una producción televisiva canadiense en 2002, The Stork Derby, dirigida por Mario Azzopardi.

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