Las políticas demográficas en Mexico


Las políticas de población en México son un objeto de estudio tremendamente interesante, por su historia, por su complejidad y por las incertidumbres actuales. Voy a resumir aquí sus principales trazos históricos, y agradeceré pistas, links, referencias o comentarios para seguir ampliando información de referencia .


La guerra de la independencia (1810-1821), y después la salida masiva de españoles en la posguerra (se ha llegada a evaluar que entre ambos procesos se perdió una tercera parte de los habitantes) pusieron desde el principio el volumen poblacional en el foco de las preocupaciones del nuevo Estado, más allá del generalizado propósito de “poblar” característico de los gobiernos coloniales y postcoloniales .

Aunque el carácter mixto indígena-europeo del poblamiento se convirtió ya en un signo de identidad que perduraría hasta hoy, las medidas efectivas, en realidad escasas, para aumentar la población tuvieron mucho menos que ver con la natalidad que con la inmigración, y en ésta se primó la europeidad. Pero este poblacionismo inmigratorio también tuvo una enorme contradicción con la sublevación de inmigrados anglófonos en el norte del país, que desembocaría en la independencia de Texas primero, y después en la cesión de prácticamente la mitad del territorio nacional a EEUU en el Tratado de Guadalupe que pone fin a la guerra con ese país en 1848. A ello cabe añadir que México no podía competir con EEUU como principal foco de atracción para la migración europea, y que también los trabajadores mexicanos emigraban al país del norte en mayor número de lo que el país conseguía atraer.

Pese a declaraciones o intenciones la inmigración no podía ser controlada o dirigida por el propio Estado mexicano, más allá de  programas de colonización de tierras promovidos por gobernantes de cualquier nivel territorial. Y tampoco la pretensión de tener un crecimiento natural positivo contaba con medidas explícitas, limitadas a los intentos de implantar condiciones básicas de salud. La mortalidad ordinaria siguió siendo muy elevada en la segunda mitad del siglo XIX, lastrando junto con las guerras el crecimiento poblacional. Así que las políticas demográficas mexicanas no fueron más allá de los deseos y la retórica durante el siglo XIX.

Algún cambio se atisbó al empezar el siglo XX; el porfiriato coincidió con un periodo de fuertes oleadas migratorias hacia toda América, incluyendo las de procedencia asiática, recibida ésta con actitudes  a menudo hostiles y racistas, y asociada a epidemias como la de peste bubónica de 1903. Por ello, con evidente retraso, el primer conjunto de leyes efectivas para regular flujos migratorios es de 1908. Desde entonces y hasta la Revolución se registran unas 300 mil solicitudes de ingreso, de las que se rechazan más de la mitad por criterios de salud o socio-políticos, mientras la mortalidad sigue alta.

El periodo revolucionario iniciado en 1910 volverá a hacer caer la población en cifras muy notables (las estimaciones oscilan enormemente, alrededor de un descenso de dos millones de personas) y, sin solución de continuidad, en 1918 la llamada “gripe española” llegará a México causando en torno a  450 000 muertes, de manera que los años veinte siguen suponiendo para México un crecimiento escaso, mientras aumenta la preocupación demográfica en un contexto internacional de auge de los nacionalismos que extenderá, además, el ideario político del natalismo patriótico. Simultáneamente, y también en sintonía con dicho ideario político, el eugenismo y las preocupaciones raciales se acrecientan, y resultan ya muy visibles en la Ley de Migración de 1926, en la que se pretende excluir individuos que “…sean elementos indeseables o constituyan un peligro de degeneración física para nuestra raza…”.

Lo cierto es que la incipiente mejora de la mortalidad empieza a elevar por fin el volumen de población, añadiéndose que el Crack del 29 supuso una repatriación masiva de trabajadores desde EEUU  (que puso una evidencia más de la incongruencia de un poblacionismo incapaz para ofrecer trabajo y condiciones mínimas a la población). Son años en que, en todo el mundo, la demografía se desarrolla como disciplina y ve crecer su relevancia política de la mano del ascenso político de las masas, hasta convertirse en una de las bases del nuevo estado nacional y de ideologías de estado ultranacionalistas.

La Primera Ley General de Población (1936) sintoniza con las corrientes políticas internacionales de la época. Por primera vez se pone el énfasis en el crecimiento natural y, por lo tanto, en disminuir la gran incidencia de la mortalidad a la vez que se promueve una mayor natalidad. La Ley incluye para ello un nuevo órgano encargado de su cumplimiento, el Consejo Consultivo de Población, antecedente del actual CONAPO. Podría decirse que la situación demográfica empieza a mejorar, y la política oficial se apunta a la corriente, profundizando en las mismas directrices con la Segunda Ley de Población en 1947.

De hecho puede pensarse que el crecimiento demográfico empieza ya entonces a suponer una amenaza, y ello a pesar que en la siempre pendulante relación migratoria con EEUU, en 1942 se había firmado El programa bracero, que entre 1942 y 1964 llevaría al país vecino cuatro millones de trabajadores.

El maltusianismo y la pretensión de frenar el acelerado crecimiento demográfico mundial fueron muy pronto asumidos como ortodoxia demográfica en EEUU al acabar la segunda guerra mundial, en buena parte porque se lo asimilaba con una “bomba demográfica” propicia a la extensión de la pobreza y, con ella, a la penetración del comunismo (ver aquí El control del crecimiento mundial, EEUU y ONU). Asia era el mejor ejemplo, pero también en América empezó a presionarse por un mayor control de la fecundidad. Pronto fueron las instituciones internacionales las que siguieron la estrategia estadounidense, y en 1974 la ONU celebró en Bucarest una Conferencia Internacional de Población donde se perseguía la aprobación de un programa de acción mundial para frenar el crecimiento demográfico (ver aquí Conferencias Internacionales de Población).

México se encontró entre el aparente éxito del crecimiento, las presiones internacionales para frenarlo, y tasas realmente muy aceleradas que también en el país empezaban a considerarse alarmantes; a mediados de los años sesenta la mortalidad había mejorado sustancialmente, especialmente la infantil, mientras que el ISF se situaba en torno a los 7 hijos por mujer, en las antípodas del progresivo descenso de la fecundidad experimentado por los países desarrollados, incluso en los años del baby boom.

México se encontró entre el aparente éxito del crecimiento, las presiones internacionales para frenarlo, y tasas realmente muy aceleradas que también en el país empezaban a considerarse alarmantes; a mediados de los años sesenta la mortalidad había mejorado sustancialmente, especialmente la infantil, mientras que el ISF se situaba en torno a los 7 hijos por mujer, en las antípodas del progresivo descenso de la fecundidad experimentado por los países desarrollados, incluso en los años del baby boom.

El giro maltusiano de la política oficial en México se plasma rotundamente en la Ley General de Población 1974 (ver aquí el texto completo), el mismo año de la conferencia internacional de Bucarest. El fomento de la planificación familiar y la salud reproductiva llegan definitivamente a la legislación mexicana, junto a la creación del Consejo Nacional de Población (CONAPO), encargado de la supervisión y cumplimiento de la Ley. Aunque ya en los años sesenta el ISF había empezado a disminuir muy rápidamente (hasta las cifras actuales que rondan los dos hijos por mujer), el ritmo de crecimiento ha seguido siendo alto, alimentado por el progresivo retraso de la mortalidad.

Durante los años setenta muchos países del mundo aprobaron políticas similares, siendo especialmente significativa la política del hijo único iniciada por China en 1979, de nuevo muy ligada a la influencia y tratados con EEUU.  Sin embargo México se convirtió en un referente, hasta el punto de acoger la siguiente Conferencia Internacional de Población, en 1984, en la que debía darse el espaldarazo definitivo a un plan de acción mundial. En realidad en la conferencia se anunció el fin del impulso de EEUU al fammily planning internacional. La URSS se descomponía, China se había convertido en un magnífico socio comercial y Reagan remediaba la crisis industrial con las recetas neoliberales opuestas al excesivo gasto exterior y apoyado por  los movimientos antiabortistas, de manera que lo que el representante de EEUU anunció en México fue el final de una era y el inicio de una política exterior muy contraria al maltusianismo previo.

Desde entonces los esfuerzos de México por fomentar la planificación familiar y la salud reproductiva han dejado de tener en EEUU el gran impulsor, integrándose plenamente en la política interior en materia de salud. El país ha seguido creciendo rápidamente, pero empieza a notarse la menor fecundidad mientras la esperanza de vida, próxima ya a los ochenta años, no pueda seguir creciendo al ritmo anterior. Sigue teniendo una pirámide arcaica, con muchos menores y una proporción de mayores inferior a la media mundial, pero el llamado “envejecimiento demográfico” ya ha empezado y se acelerará para acercar la pirámide a los estándares de las poblaciones demográficamente avanzadas (ver informe comparativo aquí).

La demografía mexicana, por tanto, ha evolucionado muy rápidamente, y plantea nuevos retos junto a otros muy antiguos. Permanece la compleja relación política y migratoria con el vecino del norte, que oscila como lo hacen las relaciones de todo tipo entre ambos países (los tratados como el de libre comercio, la lucha contra el narco, las restricciones y repatriaciones, el actual discurso xenófobo de Trump). También permanece, y se ha acentuado, la muy desigual distribución poblacional en el territorio, a la que se suma el crecimiento acelerado de la capital convertida, con sus casi 21 millones de habitantes, en una de las ciudades más pobladas del mundo. Pero también se atisban novedades como la extensión de la educación entre los jóvenes, la muy amplia esperanza de vida, el incipiente cambio en la estructura por edades, que se acentuará en el futuro, o la progresiva mejora en la situación y derechos de la mujer, fundamental para una demografía moderna y eficiente (véase aquí La revolución reproductiva). En definitiva, las políticas demográficas seguirán teniendo una gran importancia en el futuro de un país embarcado en cambios de gran calado y con potencial enorme.

 

Más información


VV.AA. (2014) Argentina, España y México: panorámica sociodemográfica comparada (IEGD/CSIC, IIA/IIS/UNAM y FLACSO). Páginas: 150 (pdf online en libre acceso)

A. Mejía Modesto La salud reproductiva en el Estado de México

Manuel Ordorica El nacimiento de la moderna política de población

L. Jiménez Guzmán  (1992) Políticas de población en México: un acercamiento a sus planteamientos y efectos. UNAM

Compilación Histórica de la Legislación Migratoria en México 1909-1996

El programa bracero, página sobre el acuerdo con México y los cuatro millones de trabajadores mexicanos captados entre 1942 y 1964.

Stepan, N.L. (1996), The Hour of Eugenics. Race, Gender and Nation in Latin America. Ithaca and London: Cornell University Press. (sobre BrasilMéxico y Argentina)

Stern, Alexandra Minna. (2011) “‘The Hour of Eugenics’ in Veracruz, Mexico: Radical Politics, Public Health, and Latin America’s Only Sterilization Law.” Hispanic American Historical Review, 91(3): 431-443. Abstract.

Laura Luz Suárez y López Guazo (2005) Eugenesia y racismo en México. UNAM.

 

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