El foso


He descubierto este relato breve en una recopilación de Greg Egan, autor de Ciencia Ficción dura, pero que en este libro  (“Axiomático”) incluye política y filosofía a raudales. El foso trata muchos de los temas de la sección de este blog que dedico a las políticas de población. No os cuento nada más, ya me diréis qué os parece:


EL FOSO
Por Greg Egan (ver su Home Page)

Soy el primero en llegar a la oficina, así que limpio los grafiti de la noche anterior antes de que lleguen los clientes. No es un trabajo difícil; tenemos recubiertas todas las superficies exteriores, de modo que no se precisa más que un cepillo de frotar y algo de agua caliente. Al terminar, me doy cuenta de que en esta ocasión apenas puedo recordar lo que decían; he llegado a la fase en la que puedo mirar a los eslóganes e insultos sin leerlos.

Todas las intimidaciones mezquinas son así; al principio causan impacto, pero con el tiempo se transforman en una especie de estática irritante. Grafiti, llamadas de teléfono, correo insultante. Solíamos recibir megabytes de inventiva automática por email, pero eso, al menos, resultó fácil de corregir; instalamos lo último en software de selección y lo entrenamos con unos pocos ejemplos del tipo de transmisión que no deseábamos recibir.

No sé con seguridad quién coordina esas molestias, pero no es difícil suponerlo. Hay un grupo que se hace llamar Fortaleza Australia que ha empezado a colgar carteles en las paradas de autobús: caricaturas obscenas de melanesios, representados como caníbales adornados con huesos humanos, junto a calderos llenos de bebés blancos que lloran. La primera vez que lo vi, creí sinceramente que se trataba del anuncio de una exposición sobre cómics racistas de publicaciones del siglo diecinueve; algún análisis académico de los pecados del pasado lejano. Cuando al fin comprendí que estaba mirando propaganda real y contemporánea, no supe si sentirme asqueado o animado por su extrema tosquedad. Pensé: mientras los grupos anti-refugiados sigan insultando la inteligencia de la gente con mierda de ésta, es poco probable que reciban un apoyo más allá del círculo de lunáticos.

Algunas islas del Pacífico pierden su tierra lentamente, año a año; otras sufren una erosión rápida por efecto de las llamadas tormentas Invernadero. He oído muchas discusiones bizantinas sobre la definición precisa del término «refugiado ambiental», pero no queda mucho sitio para la ambigüedad cuando tu hogar se pierde literalmente en el océano. Sin embargo, todavía es preciso un abogado para dirigir cada petición de status de refugiado a través de los tortuosos procesos burocráticos. Matheson & Singh no es el único bufete de Sydney que se dedica a esas labores, pero por alguna razón los aislacionistas parecen habernos escogido para acosarnos. Quizá sean las instalaciones; supongo que se necesita mucho menos valor para embadurnar de pintura una casita reconvertida de Newtown que atacar una torre de oficinas reluciente en Macquarie Street, repleta de hardware de seguridad.

En ocasiones es deprimente, pero intento conservar la perspectiva. La dulce FA no será jamás más que una manada de matones y vándalos, muy molesta, pero políticamente irrelevante. Les he visto en la tele, marchando por sus «campamentos de entrenamiento» con ropas de camuflaje de diseño, o sentados en una sala de conferencias, viendo discursos grabados de su gurú, Jack Kelly, o (sin comprender la ironía) mensajes de «solidaridad internacional» de organizaciones similares en Europa y Norteamérica. La prensa habla mucho de ellos, lo que aparentemente no ha servido para aumentar su tasa de reclutamiento. Los espectáculos de monstruos son así; todos quieren mirar, pero nadie quiere participar.

Ranjit llega unos minutos más tarde, trayendo un CD; finge sufrir bajo su peso.

—Las últimas enmiendas a las regulaciones de la UNHCR. Va a ser un día muy largo.

Lanzó un gruñido.

—Esta noche ceno con Rachel. ¿Por qué no se lo metes a LEX y pides un resumen?

—¿Y que me revoquen la licencia durante la próxima auditoría? No, gracias —la Sociedad Legal tiene reglas estrictas en cuanto al uso de software pseudo-inteligente… les aterroriza dejar sin trabajo al noventa por ciento de sus miembros. La ironía es que emplean software de última generación, programado con todo el conocimiento prohibido, para examinar los sistemas expertos de cada bufete y asegurarse así de que no se les ha enseñado más de lo que se les permite saber.

—Debe haber al menos veinte bufetes que les han enseñado la ley fiscal a sus sistemas…

—Claro. Y tienen programadores con salarios de siete cifras para cubrir el rastro —me lanza el CD—. Anímate. En casa le eché un vistazo rápido… enterradas ahí dentro hay algunas buenas decisiones. Espera a llegar al párrafo 983.

***

—Hoy en el trabajo vi algo de lo más extraño.

—¿Sí? —ya me siento mareado. Rachel es patóloga forense; cuando dice extraño, es probable que se refiera a que la carne licuada de un cadáver tenía un color algo curioso.

—Examinaba un frotis vaginal de una mujer violada a primera hora de la mañana y…

— Oh, por favor

Frunce el ceño.

—¿Qué? No me dejas hablar de autopsias, no me dejas hablar de manchas de sangre. Tú siempre me estás hablando de tu aburrido trabajo…

—Lo lamento. Sigue. Simplemente… baja la voz —miré a mi alrededor por todo el restaurante. Nadie parecía estar mirándonos, todavía, pero sé por experiencia que hay algo en una discusión sobre secreciones genitales que hace que las palabras lleguen más lejos que las de otras conversaciones.

—Examiné el frotis. Había espermatozoides visibles… y las pruebas de otros componentes del semen daban positivas… así que no había ninguna duda de que la mujer había sufrido penetración. También encontré restos de proteínas séricas que no se correspondían con su tipo sanguíneo. Hasta ahí, lo de siempre, ¿vale? Pero cuando realicé un perfil de ADN, el único genotipo que apareció fue el de la víctima.

Me mira expectante, pero la importancia se me escapa.

—¿Eso es tan raro? Siempre comentas que las cosas pueden salir mal en una prueba de ADN. Las muestras se contaminan, o se degradan…

Me corta impaciente.

—Sí, pero no estoy hablando de una mancha de sangre de hace tres semanas en un cuchillo. La muestra se tomó media hora después del crimen. Me llegó para analizar dos horas después. Vi espermatozoides sanos al microscopio; de haber añadido los nutrientes adecuados, se hubiesen puesto a nadar bajo mis ojos. Eso no es lo que yo llamo degradado.

—Vale. Tú eres la experta, aceptaré tu palabra: la muestra no estaba degradada. Entonces, ¿cuál es la explicación?

—No lo sé.

Intento recuperar un poco de aquel curso forense de dos semanas al que asistí hace diez años —como parte de la asignatura de ley criminal— para evitar quedar como un completo idiota.

—Quizá el violador no tuviese ninguno de los genes que buscas. ¿El fundamento último no es que son variables?

Suspira.

—Variables en longitud. Polimorfismos en la longitud del fragmento de restricción… RFLPs. No es algo que la gente simplemente «tenga» o «no tenga». Son largas cadenas de la misma secuencia, repetidas una y otra vez; es el número de repeticiones, la longitud, lo que varía de una persona a otra. Escucha, es muy fácil: cortas el ADN con enzimas de restricción, y colocas la mezcla de fragmentos en un gel de electroforesis; cuanto más pequeño es el fragmento, más rápido se mueve por el gel, así que el conjunto se ordena por tamaños. A continuación transfieres la muestra extendida desde el gel a una membrana, para fijarla, y añades zonas radiactivas: pequeños trozos de ADN complementario que sólo se combinan con los fragmentos que te interesan. Realizas una fotografía de contacto de la radiación, para mostrar dónde se han unido esas zonas, y el patrón que obtienes es una serie de bandas, una banda por cada longitud de fragmento diferente. ¿Me sigues hasta ahora?

—Más o menos.

—Bien, el patrón del frotis y el patrón de una muestra de la sangre de la mujer eran completamente idénticos. No había bandas adicionales del violador.

Frunzo el ceño.

—¿Qué significa? ¿Su perfil no aparecía en la prueba… o que era igual que el de ella? ¿Y si fuese un pariente cercano?

Ella niega con la cabeza.

—Para empezar, la probabilidad de que incluso un hermano hubiese heredado exactamente el mismo conjunto de RFLPs es muy reducida. Pero además, las diferencias de proteína sérica virtualmente descartan un pariente.

—Entonces, ¿cuál es la alternativa? ¿No tenía perfil? ¿Es completamente seguro que todo el mundo posee esas secuencias? No sé… ¿no podría ser algún tipo de mutación rara, donde desaparecen por completo?

—Ni hablar. Examinamos diez RFLPs diferentes. Todo el mundo tiene dos copias de cada uno… una por cada padre. La probabilidad de que alguien tenga veinte mutaciones diferentes…

—Me hago una idea. Vale, es un misterio. ¿Qué quieres hacer ahora? Habrá algún experimento que puedas intentar.

Se encoge de hombros.

—Se supone que sólo hacemos pruebas solicitadas oficialmente. He informado de los resultados y nadie ha dicho «Déjalo todo y saca algún dato útil de esa muestra». Todavía no hay sospechosos en el caso… o al menos, no hemos visto ninguna muestra para comparar con la prueba. Así que todo esto es puramente académico.

—Así que después de comerme la oreja durante diez minutos, ¿simplemente vas a olvidarlo? No me lo creo. ¿Dónde está tu curiosidad científica?

Ríe.

—No tengo tiempo para esos lujos. Somos una cadena de montaje no un laboratorio de investigación. ¿Sabes cuántas muestras procesamos cada día? No puedo hacer un post-mortem en todos los frotis que no ofrecen resultados de libro.

Llega la comida. Rachel ataca la suya con avidez; yo me limito a los bordes de la mía. Entre bocados, ella comenta con inocencia:

—Es decir, no en las horas de trabajo.

***

Miro la pantalla de televisión con creciente incredulidad.

—¿Está diciendo que la frágil ecología australiana no puede soportar un incremento mayor de la población?

La senadora Margaret Allwick es la líder de la Alianza Verde. Su eslogan es: Un mundo, un futuro. O lo era la última vez que les voté.

—Exactamente. Nuestras ciudades están demasiado atestadas; el desarrollo urbano afecta a hábitats importantes; cada vez es más difícil encontrar nuevas fuentes de agua. Evidentemente, también hay que controlar el incremento natural… pero con diferencia, la mayor presión proviene de la inmigración. Evidentemente, van a hacer falta algunas iniciativas políticas muy complejas, durante décadas, para controlar nuestra tasa de natalidad… mientras que el influjo de inmigrantes es un factor que se puede ajustar con rapidez. La legislación que hemos presentado se aprovechará totalmente de esa flexibilidad.

Se aprovechará totalmente de esa flexibilidad. ¿Qué significa eso? ¿Cerrar la puerta de un golpe y elevar el puente levadizo?

—Algunos comentaristas han expresado su sorpresa al encontrarse a los Verdes alineados en este asunto con algunos de los grupos de más extrema derecha.

La senadora frunce el ceño.

—Sí, pero la comparación es una necedad. Fue la destrucción ecológica la que causo el problema de los refugiados; añadir más presión a nuestro ambiente delicado no ayudaría mucho a la larga, ¿no? Debemos proteger lo que tenemos, por el bien de nuestros hijos.

Aparece un subtítulo en la pantalla: PUEDEN RESPONDER.

Le doy al botón INTERACCIONAR del control remoto, a toda prisa ordeno mis ideas y le hablo al micrófono:

—¿Qué hay de los que tienen problemas ahora? ¿A dónde van? Sus entornos no son sólo «frágiles» o «delicados»; ¡son zonas de desastre! Allá de donde venga un refugiado puede apostar que es un lugar donde la superpoblación está causando mil veces más daño que aquí.

Mis palabras recorren los cables de fibra óptica hasta el ordenador del estudio, junto con las de algunos otros centenares de espectadores. En un segundo o dos, todas las preguntas recibidas se interpretarán, se estandarizarán y se valoran por relevancia e implicaciones legales, y luego se ordenarán por popularidad.

El simulacro de reportero dice:

—Bien, senadora, parece que nuestros espectadores han votado por una pausa comercial, por tanto… gracias por su tiempo.

—El placer ha sido mío.

***

Mientras se desviste, Rachel dice:

—No te habrás estado olvidando de las inyecciones, ¿verdad?

—¿Qué? ¿Y perder mi espléndida forma física? —uno de los efectos colaterales de las inyecciones anticonceptivas es un incremento de la masa muscular, aunque en realidad apenas se aprecia.

—Sólo me aseguraba.

Apaga la luz y se mete en la cama. Nos abrazamos; tiene la piel tan fría como el mármol. Me besa delicadamente y me dice:

—No me apetece hacer el amor esta noche, ¿vale? Simplemente abrázame.

—Vale.

Permanece en silencio durante un rato y luego dice:

—Anoche realicé algunas pruebas más con la muestra.

—¿Sí?

—Separé algunos de los espermatozoides e intenté obtener un perfil de ADN de ellos. Pero el conjunto estaba en blanco, excepto una ligera unión no específica al comienzo mismo del gel. Es como si las enzimas de restricción ni siquiera hubiesen cortado el ADN.

—¿Qué significa?

—Todavía no estoy segura. Al principio pensé que el tipo lo había alterado de alguna forma… se había infectado con un virus artificial, que penetró en las células madre de la médula ósea y los testículos y cortó todas las secuencias que usamos en los perfiles.

—Agh. ¿No es un poco extremo? ¿Por qué no limitarse a usar un condón?

—Bien, sí. La mayoría de los violadores es lo que hacen. Y en cualquier caso no tiene sentido; si alguien desea evitar la identificación, eliminar las secuencias por completo sería una estupidez. Sería mucho mejor realizar cambios aleatorios… eso enlodaría las aguas, romperías los análisis, sin ser tan evidente.

—Pero… si una mutación es demasiado improbable y cortar las secuencia intencionadamente es demasiado estúpido, ¿qué queda? Es decir, las secuencias no están ahí, ¿no es así? Lo has demostrado.

—Espera, hay más. Intenté amplificar un gen con PCR. Un gen que todos tenemos en común. De hecho, un gen que todos los organismos de este planeta remontándose hasta la levadura tienen en común.

—¿Y?

—Nada. Ni rastro.

Se me eriza la piel, pero me río.

—¿Qué intentas decir? ¿Es un extraterrestre?

—¿Con esperma de aspecto humano y proteínas sanguíneas humanas? Lo dudo.

—¿Y si el esperma tuviese… deformidades? No me refiero a que esté degradado por la exposición… sino que fuese anormal desde el principio. Dañado genéticamente. ¿Partes perdidas de los cromosomas…?

—A mí me parece perfectamente normal. Y he visto los cromosomas; también parecen normales.

—Aparte del detalle de que parecen no contener genes.

—Ninguno que yo haya buscado; eso está muy lejos de ser la totalidad —se encoge de hombros—. Quizá algo esté contaminando la muestra, algo que se haya unido al ADN, bloqueando la polimerasa y las enzimas de restricción. No sé por qué sólo afecta al ADN del violador, pero tipos diferentes de células son permeables a sustancias diferentes. No se puede descartar.

Me río.

—Después de todo este rollo… ¿no es lo que dije al principio? ¿Contaminación?

Vacila.

—Tengo otra teoría… aunque todavía no he podido comprobarla. No tengo los reactivos adecuados.

—Sigue.

—Es muy especulativa.

—¿Más que los extraterrestres o los mutantes?

—Quizá.

—Te escucho.

Se mueve entre mis brazos.

—Bien… conoces la estructura del ADN: dos hebras helicoidales de azúcar y fosfato, unidas por pares de bases que portan la información genética. Los pares de bases naturales son adenina y timina, citosina y guanina… pero se han sintetizado otras bases, y se han incorporado al ADN y el ARN. A finales del siglo pasado, un grupo de Berna consiguió construir toda una bacteria empleando bases no estándares.

—¿Quieres decir que reescribieron el código genético?

—Sí y no. Conservaron el código, pero cambiaron el alfabeto; se limitaron a sustituir una base nueva por cada una antigua, consistentemente. Lo difícil no fue fabricar el ADN no estándar; lo difícil fue conseguir adaptar el resto de la célula para que lo interpretase. Hubo que rediseñar los ribosomas, donde el ARN se traduce en proteínas, y tuvieron que alterar todas las enzimas que interaccionan con el ADN o el ARN. También tuvieron que inventar métodos para que la célula pudiese fabricar las nuevas bases. Y claro está, había que codificar todos esos cambios en los genes.

»El sentido del ejercicio era sortear los temores a las técnicas de ADN recombinante… porque si esas bacterias escapaban, sus genes jamás pasarían a las variedades libres; ningún organismo natural podría darles sentido. En cualquier caso, la idea en sí resultó no valer la pena económicamente. Había formas más baratas de ajustarse a las nuevas exigencias de seguridad, y simplemente llevaba demasiado trabajo «convertir» cada nueva especie de bacteria que la industria biotecnológica pudiese querer usar.

—Vale… ¿a dónde quieres llegar? ¿Dices que esas bacterias siguen por aquí? ¿El violador tiene una enfermedad venérea mutante que altera tus pruebas?

—No, no. Olvida las bacterias. Pero supongamos que alguien fue más allá. Supongamos que alguien hizo lo mismo con organismos multicelulares.

—Bien, ¿lo hicieron?

—No abiertamente.

—¿Crees que alguien lo hizo con animales y en secreto? ¿Y luego qué? ¿Lo hicieron con humanos? ¿Crees que alguien crió seres humanos con ese… ADN alternativo? —la miré horrorizado—. Es lo más obsceno que he oído nunca.

—No te pongas así. No es más que una idea.

—Pero… ¿cómo serían? ¿De qué vivirían? ¿Podrían comer comida normal?

—Claro. Todas sus proteínas estarían formadas a partir de los mismos aminoácidos que las nuestras. Tendrían que sintetizar las bases no estándar a partir de precursores en el alimento… pero la gente normal tiene que sintetizar las bases estándar, así que tampoco es un problema. Si han resuelto adecuadamente todos los detalles, si han modificado adecuadamente las hormonas y enzimas que se unen al ADN, de ninguna forma parecerían enfermos o deformes. Tendrían un aspecto perfectamente normal. Un noventa por ciento de las células de su cuerpo serían iguales a las nuestras.

—Pero… ¿por qué hacerlo? Las bacterias tenían una razón, pero ¿qué razón podría haber para crear seres humanos con ADN no estándar?

—Se me ha ocurrido una cosa; serían inmunes a los virus. A todos los virus.

—¿Por qué?

—Porque un virus requiere que toda la maquinaria celular funcione con ADN y ARN normales. Los virus seguirían siendo capaces de entrar, pero no podrían reproducirse. Con todos los elementos de la célula adaptados al nuevo sistema, un virus compuesto por completo de bases estándar no sería más que un montón de basura sin sentido. Ningún virus que pueda dañar a una persona normal podría hacer daño a alguien con ADN no estándar.

—Vale, así que esos niños hipotéticos de diseño no podrían pillar la gripe, el SIDA o el herpes. ¿Y qué? Si alguien quisiese en serio eliminar las enfermedades víricas, se concentraría en métodos que funcionasen con todos: medicamentos y vacunas más baratas. ¿De qué serviría esa tecnología en Zaire o Uganda? ¡Es ridículo! Es decir, ¿cuántas personas creen que querrían tener hijos de esa forma incluso si se lo pudiesen permitir?

Rachel me mira de forma peculiar y me dice:

—Evidentemente, sería para una élite acomodada. Y en cuanto a los otros tipos de tratamiento: los virus mutan. Llegan nuevas variantes. Con el tiempo, cualquier vacuna o medicamento pierde su efectividad. Esta inmunidad sería para siempre. Por muchas mutaciones que se produjesen, jamás crearían un virus que no esté construido a partir de las viejas bases.

—Claro, pero… pero los miembros de esta «élite acomodada» con inmunidad de por vida, en su mayoría a enfermedades que para empezar era poco probable que pillasen, ni siquiera podrían tener hijos, ¿no? No por medios normales.

—Excepto entre sí.

—Excepto entre sí. Bien, a mí me suena a un efecto secundario bastante drástico.

Ella ríe y de pronto se relaja.

—Tienes razón, evidentemente… y te lo dije: no tengo pruebas, no es más que fantasía. Los reactivos que preciso llegarán en unos días; entonces podré comprobar lo de las bases alternativas… y descartar esta idea estrafalaria, de una vez para siempre.

***

Son casi las once cuando me doy cuenta de que me faltan dos archivos importantes. No puedo conectarme desde casa al ordenador de la oficina; cierto tipo de documentos legales sólo pueden residir en sistema sin conexión de ningún tipo a las redes públicas. Así que no me queda más opción que ir, en persona, y copiarlos.

Veo al grafitero a una manzana. Parece tener unos doce años. Va vestido de negro, pero por lo demás no parece preocuparle mucho que le vean… y el descaro probablemente esté justificado; los ciclistas pasan a su lado, sin mirarle, y por aquí escasean los coches patrulla. Al principio simplemente me irrito; es tarde y tengo trabajo pendiente. No me siento de humor para un enfrentamiento. Lo más simple, con diferencia, sería esperar a que se fuese.

Luego me doy cuenta. ¿Soy así de patético? No podría importarme menos si los artistas del grafiti redecorasen hasta el último edificio y tren de la ciudad… pero esto es veneno racista. Veneno racista que me lleva veinte minutos limpiar, todas las mañanas.

Me acerco, todavía sin que me vea. Antes de poder cambiar de opinión, atravieso la verja de hierro forjado, que ha dejado entreabierta; la cerradura la destrozaron meses atrás y nunca nos molestamos en cambiarla. Mientras me muevo por el patio me oye y se da la vuelta. Avanza hacia mí y alza la pistola de pintura al nivel de los ojos, pero se la tiro de un golpe. Eso me pone furioso; podría haberme dejado ciego. Corre hacia la verja, y trepa hasta media altura; lo agarro por el cinturón de los vaqueros y lo hago bajar. Está bien; las picas son afiladas y están oxidadas.

Suelto el cinturón y él se vuelve lentamente, mirándome con furia, intentando parecer amenazador pero fracasando miserablemente.

—¡No me pongas las putas manos encima! No eres policía.

—¿Has oído hablar del arresto ciudadano? —doy un paso atrás y cierro la verja. ¿Ahora qué? ¿Le invito a pasar mientras llamo a la policía?

Se agarra a la verja; está claro que no piensa ir a ningún sitio sin resistirse. Mierda. ¿Qué voy a hacer? ¿Arrastrarle al interior del edificio, pataleando y aullando? No tengo estómago para ponerme a atacar niños, y ya estoy en un terreno legal muy resbaladizo.

Así que son tablas.

Me inclino contra la puerta.

—Simplemente dime una cosa —señalo la pared—. ¿Por qué? ¿Por qué lo haces?

Lanza un bufido.

—Podría hacerte la misma puta pregunta.

—¿Sobre qué?

—Sobre ayudar a ésos a permanecer en el país. Robándonos nuestros trabajos. Quitándonos las casas. Jodiéndolo todo.

Río.

—Suenas como mi abuelo. Ellos y nosotros. Son las tonterías del siglo veinte que destrozaron el planeta. ¿Crees que puedes levantar una verja alrededor de este país y olvidar todo lo que hay fuera? ¿Trazar una línea artificial sobre el mapa y decir, la gente de dentro importa, la de fuera no?

—El océano no tiene nada de artificial.

—¿No? En Tasmania les encantaría oírlo.

Se limita a fruncir el ceño con repugnancia. No hay nada que comunicar, nada que comprender. El lobby anti-refugiados habla continuamente de preservar nuestros valores comunes; lo que tiene gracia. Aquí estamos, dos angloaustralianos, probablemente nacidos en la misma ciudad, y nuestros valores no podrían ser más diferentes ni aunque viniésemos de planetas distintos.

Dice:

—No les pedimos que se reprodujesen como alimañas. No es culpa nuestra. Por tanto, ¿a qué ayudarles? ¿Por qué debemos sufrir nosotros? Pueden terminar de joderse y morir. Ahogarse en su propia mierda y morir. Eso es lo que opino, ¿vale?

Me aparto de la verja y le dejo salir. Cruza la calle y luego se vuelve para gritarme obscenidades. Yo entro y cojo el cubo y el cepillo de frotar, pero lo único que consigo es extender pintura fresca sobre la pared.

Para cuando conecto el portátil a la máquina de la oficina, ya no me siento furioso ni deprimido; simplemente insensible.

Justo para completar una tarde perfecta, a mitad de la transferencia de uno de los archivos se va la luz. Me quedo sentado en la oscuridad durante una hora, esperando a ver si vuelve, pero no, así que regreso caminando a casa.

***

Las cosas van mejor, sin duda.

Rechazaron la ley Allwick… y los Verdes tienen un nuevo líder, así que hay esperanza para ellos.

Jack Kelly está en prisión por tráfico de armas. La dulce FA sigue pegando esos carteles estúpidos… pero hay un grupo de estudiantes antifascistas que invierte el tiempo en arrancarlos. Desde que Ranjit y yo reunimos dinero suficiente para un sistema de alarma no ha habido más grafitis, y últimamente han escaseado las cartas amenazadoras.

Ahora Rachel y yo estamos casados. Somos felices juntos y felices con nuestros trabajos. La han ascendido a administradora de laboratorio, y el trabajo en Matheson & Singh va en aumento… incluso el que paga. Sinceramente no podría pedir más. En ocasiones hablamos de la posibilidad de adoptar un niño, pero la verdad es que no tenemos tiempo.

No hablamos a menudo de la noche que pillé al grafitero. La noche en que el centro quedó a oscuras durante seis horas. La noche en la que varios refrigeradores llenos de muestras forenses se estropearon. Rachel se niega a considerar ninguna teoría paranoica sobre el hecho; las pruebas han desparecido, dice. No tiene sentido hacer cábalas.

Pero yo en ocasiones me pregunto cuántas personas puede haber que sostengan las mismas ideas que aquel niño trastornado. No en términos de naciones, ni en términos de raza; sino personas que han trazado su propia línea para separar a ellos de nosotros. Que no son bufones con botas militares, desfilando para las cámaras; que son inteligentes, tienen recursos y visión. Y se mantienen en silencio.

Y me pregunto qué tipo de fortaleza estarán construyendo.

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