Eduardo Galeano y el control de la población


En los años sesenta la ofensiva internacional para frenar el crecimiento demográfico del mundo (el menos desarrollado) fue liderada por EEUU, su principal financiador. Acabó súbitamente en los años ochenta, con el giro “pro-vida” de Reagan, que apeó radicalmente a su administración de cualquier ayuda económica a la anticoncepción o a la planificación familiar. Pero mientras tanto fue el motivo de que “antiimperialistas” de todo el mundo rechazasen el control demográfico impuesto desde los organismos internacionales. Una muestra impagable de esta oposición puede encontrarse en Las venas abiertas de América Latina, ese extraordinario grito de angustia por un continente que parecía entonces condenado a la postración y a ser eternamente el patio trasero de EEUU.

Galeano, E. (1971). Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI. Introducción, pgs. 19-21

Se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta región que cuenta con inmensas legiones de brazos caídos que se multiplican sin descanso. Nuevas fábricas se instalan en los polos privilegiados de desarrollo -Sao Paulo, Buenos Aires, la ciudad de México- pero menos mano de obra se necesita cada vez. El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin precauciones. Cada vez queda más gente a la vera del camino, sin trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas: el sistema vomita hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente, los niños latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan.

A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó en voz alta que la Alianza para el Progreso había cumplido siete años de vida y, sin embargo, se habían agravado la desnutrición y la escasez de alimentos en América Latina. Pocos meses antes, en abril, George W. Ball escribía en Life: «Por lo menos durante las próximas décadas, el descontento de las naciones más pobres no significará una amenaza de destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, el mundo ha vivido, durante generaciones, dos tercios pobre y un tercio rico. Por injusto que sea, es limitado el poder de los países pobres». Ball había encabezado la delegación de los Estados Unidos a la Primera Conferencia de Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había votado contra nueve de los doce principios generales aprobados por la conferencia con el fin de aliviar las desventajas de los países subdesarrollados en el comercio internacional.

Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; cada año estallan, silenciosamente, sin estrépito alguno, tres bombas de Hiroshima sobre estos pueblos que tienen la costumbre de sufrir con los dientes apretados.

Esta violencia sistemática, no aparente pero real, va en aumento: sus crímenes no se difunden en la crónica roja, sino en las estadísticas de la FAO. Ball dice que la impunidad es todavía posible, porque los pobres no pueden desencadenar la guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz de multiplicar los panes, hace lo posible por suprimir a los comensales.

«Combata la pobreza, ¡mate a un mendigo!», garabateó un maestro del humor negro sobre un muro de la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? Robert McNamara, el presidente del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y Secretario de Defensa, afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo para el progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes para el control de la natalidad. McNamara comprueba con lástima que los cerebros de los pobres piensan un veinticinco por ciento menos, y los tecnócratas del Banco Mundial (que ya nacieron) hacen zumbar las computadoras y generan complicadísimos trabalenguas sobre las ventajas de no nacer: «Si un país en desarrollo que tiene una renta media per capita de 150 a 200 dólares anuales logra reducir su fertilidad en un 50 por ciento en un período de 25 años, al cabo de 30 años su renta per capita será superior por lo menos en un 40 por ciento al nivel que hubiera alcanzado de lo contrario, y dos veces más elevada al cabo de 60 años», asegura uno de los documentos del organismo. Se ha hecho célebre la frase de Lyndon Johnson: «Cinco dólares invertidos contra el crecimiento de la población son más eficaces que den dólares invertidos en el crecimiento económico». Dwight Eisenhower pronosticó que si los habitantes de la tierra seguían multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría el peligro de la revolución, sino que además se produciría «una degradación del nivel de vida de todos los pueblos, el nuestro inclusive».

Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el problema de la explosión de la natalidad, pero se preocupan como nadie por difundir e imponer, en los cuatro puntos cardinales, la planificación familiar. No sólo el gobierno; también Rockefeller y la Fundación Ford padecen pesadillas con millones de niños que avanzan, como langostas, desde los horizontes del Tercer Mundo. Platón y Aristóteles se habían ocupado del tema antes que Malthus y McNamara; sin embargo, en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple una función bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución de la renta entre los países y entre las clases sociales, convencer a los pobres de que la pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner un dique al avance de la furia de las masas en movimiento y rebelión.

Los dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla, en el sudeste asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento de la población de Vietnam. En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles. Diversas misiones norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres en la Amazonía, pese a que ésta es la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49 veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y El Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una densidad de población menor que la de Italia. Los pretextos invocados ofenden la inteligencia; las intenciones reales encienden la indignación. Al fin y al cabo, no menos de la mitad de los territorios de Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está habitada por nadie. Ninguna población latinoamericana crece menos que la del Uruguay, país de viejos, y sin embargo ninguna otra nación ha sido tan castigada, en los años recientes, por una crisis que parece arrastrarla al último círculo de los infiernos. Uruguay está vacío y sus praderas fértiles podrían dar de comer a una población infinitamente mayor que la que hoy padece, sobre su suelo, tantas penurias. Hace más de un siglo, un canciller de Guatemala había sentenciado proféticamente:

«Sería curioso que del seno mismo de los Estados Unidos, de donde nos viene el mal, naciese también el remedio». Muerta y enterrada la Alianza para el Progreso, el Imperio propone ahora, con más pánico que generosidad, resolver los problemas de América Latina eliminando de antemano a los latinoamericanos.

Si te interesa el contexto internacional que provocó que Galeano escribiese estas palabras, te puede ser útil la sección de este blog dedicada a las políticas de población, y en particular las páginas

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5 comentarios en “Eduardo Galeano y el control de la población”

  1. este es un analisis de los años 80´s, y admiro ello, pero si bien es cierto la pobreza no solo esta en la cantidad de hijos, sino en la educacion de esa cantidad de los hijos, en consecuencia el defecto esta en la reparticion de la renta, la distribucion del en su plenitud es el princial responsable para la generacion de todos los pobres, las politicas poblicas no acogen a los trabajadores, quiero decir que si los padres tarbajaran solo las 8 horas diarias o las 48 horas semanales, si tendria un tiempo suficiente como para autoeducarse y educar a sus hijos, seri a una delas formas de evitar la delicuencia, como consecuencia de ello la preparacion de la planificacion familiar y esto no es lo mismo que control de natalidad, pero cumple los fines de reduccion de la pobreza. y seria mas eficiente una conciencia humana, mas no una frustracion ni riesgo tal como usar las pastillas anticonceptivas o aplicarse hormanas que ocacionan daños colaterales, los que de una u otra forma afectan a ala salud publica, y de hecho esto se convierte en un negocio de los seguros de salud, en realidad el problema esta en la educacion, en su sistema.

  2. Yo no he interpretado este texto en el sentido que apunta la compañera Maria, de lo que he leído y por lo que conozco de la obra de Galeano, de la que me considero ferviente seguidora, lo interpreto en el sentido que las politicas promovidas por EEUU es justamente la superficial. Apuntan a que la pobreza es fruto de la “superpoblacion” (que como también se explica no es tal, ya que comparando con otros países, tienen menos densidad de poblacion países empobrecidos como Haití, en comparación con Italia), tratando de ocultar de este modo que el problema subyace en la distribución, obviando, como es lógico tambien, los mecanismos de dependencia que se crear de estos países empobrecidos hacia las “potencias economicas”.
    Desde luego no sobra gente, y suena tragicomico, como diría el propio Galeano, el considerar como sobrantes a los mismos de siempre, a los pobres, a los “prescindibles” del sistema, aunque creo que a estas alturas ya no nos es de extrañar que McNamara, Reagan o Eisenhauer, no se cuestionen el porqué hay pobres.

    1. Belen, estoy de acuerdo contigo y también con la tajante denuncia que hace E. Galeano de las políticas para reducir el número de pobres imponiendo la Planificación Familiar. Mi calificativo de superficial no es correcto; quizás seria complejo.
      Quería expresar que la Planificación Familiar en si, no va en contra la dignidad humana y que las personas cuando pueden utilizarla agradecen la posibilidad de controlar su fecundidad.

  3. Todo y que admiro a Eduardo Galeano, creo que esta reflexión es un poco superficial. Creo que la pobreza no viene determinada por el numero de hijos, sino por una injusticia socia-económica; Pero, interpretar que el acceso de las mujeres de países pobres a los métodos anticonceptivos fuera únicamente una manipulación política-demográfica (que si tenia esta vertiente) no lo comparto. ¿Porqué no nos cuestionamos la utilización de métodos anticonceptivos de las mujeres de los países ricos?. O en los países ricos era liberación sexual.
    Estoy a favor de reducir la pobreza, no el número de pobres. Mi experiencia en Planificación Familiar, me dice que la mayoría de mujeres y parejas pobres, si tienen acceso a un servicio de Planificación Familiar, se sienten aliviadas de poder controlar el número de hijos que desean y no verse abocadas a los que la naturaleza les ofrece.

    1. el control de la natalidad que el imperio propaga no es una solucion es un cancer y responde a sus intereses economicos y de poder, investigue sobre la famosa pildora que lo que hace es envenenar el cuerpo e infertilizar progresivamente a la mujer! las mujeres concientes promovemos el uso de metodos de planificacion familliar responsable usando metodos seguros y que no afecten la salud reproductiva tales como conocer nuestro ciclo fertil la temperatura basal y observacion del moco cervical.

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