Calor. Cinco apuntes sobre el vínculo entre población y cambio climático


Este es el segundo regalo que le hace al blog mi amigo Ignacio Pardo, profesor e investigador en Demografía y Estudios de Población en la Universidad de la República (Montevideo, Uruguay). El anterior fue una estupenda síntesis del libro: Fatal Misconception. The Struggle to Control World Population de M. Connelly. En esta ocasión examina diversos de los principales argumentos medioambientales en los que se ha basado la vinculación entre población y cambio climático. Como podrá comprobarse, en un asunto de tal gravedad, el uso incorrecto de los datos resulta dolorosamente habitual.

Estimado Ignacio, ¡es un texto buenísimo!  Gracias una vez más

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Calor. Cinco apuntes sobre el vínculo entre población y cambio climático [1]

Por Ignacio Pardo

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El consenso de la comunidad científica es amplio: el cambio climático tiene existencia real y es antropogénico. Por tanto no se equivocan quienes sostienen que este fenómeno, que incluye  el aumento de la temperatura media, la elevación del nivel del mar y la mayor frecuencia de desastres naturales, lo hemos generado nosotros. Salvo por un detalle. Queda discutir el elemento más equívoco del enunciado. ¿Quién es “nosotros”?

Dado que existe una conexión causal comprobada entre el cambio climático y las emisiones de CO2, ¿puede decirse que el problema se deriva de la cantidad de personas, suponiendo que un mayor stock poblacional genera mayor cantidad de emisiones? Cualquier  respuesta remite al debate entre los llamados poblacionistas (en gran medida asimilables a las posiciones llamadas neomaltusianas) y sus críticos. Libros recientes, como el de Angus y Butler de 2011[2], centran la discusión en ese debate y constituyen la base fundamental de estas reflexiones.

Para acercarnos al cambio climático, podemos asustarnos rápidamente refiriendo a los conocidos números que preanuncian la catástrofe. Frecuentemente se nos recuerda que si cada persona generase tantas emisiones de CO2 como el norteamericano promedio, necesitaríamos nueve planetas como la Tierra para que la vida sea sustentable. O que el PNUD ha estimado que en un escenario de catástrofe ambiental se retrocedería en los progresos medidos por el Índice de Desarrollo Humano a lo largo del mundo. Pero ingresemos al núcleo del problema conceptual: la relación entre población y cambio climático.

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Existen muchas vertientes del “poblacionismo”, desde las más vinculadas al control poblacional (métodos coercitivos incluidos) a las más cercanas al consenso de El Cairo. Tantas, que cuando traemos a colación el concepto difícilmente se pueda hacer referencia a una misma unidad de sentido. A pesar del amplio espectro que existe desde Dave Foreman y “Earth First”, que representan una visión radical de privilegio de lo natural por sobre lo humano, pasando por el poderoso “Optimum Population Trust” (hoy “Population Matters”) y “Zero Population Growth” (hoy “Population Connection”), hasta el razonable “Population Justice Project”, el poblacionismo puede resumirse, con todas las simplificaciones del caso, como la doctrina que vincula ciertos problemas sociales y ambientales al exceso de población. Lo que decía Paul Erlich en “The Population Bomb” (1968) acerca de los «demasiados autos, demasiados pesticidas… todo puede rastrearse hasta demasiada gente», o  lo que figura como manifiesto de base de “Population Connection” en la actualidad: “la sobrepoblación amenaza la calidad de vida de las personas en todas partes”.

Si bien los pronósticos de las versiones más alarmistas del neomaltusianismo de los ’60 fallaron, en parte a causa de la revolución verde y el descenso de la natalidad (que ya estaba descendiendo cuando el apocalipsis se anunciaba) la perspectiva resurgió desde el debate sobre el uso de los recursos y la depredación ambiental.

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En su libro acerca del vínculo entre el crecimiento de la población global y algunas tendencias del ambientalismo en los EEUU (sugerentemente titulado “El momento maltusiano”[3]), Thomas Robertson analiza el vínculo entre preocupación ambiental y poblacionismo desde el período de entreguerras hasta la era Reagan. Podría haber llegado hasta nuestros días, por cierto. En gran medida, muestra cómo marcos de referencia como el de Erlich (y Kingsley Davis, por ejemplo) se han construido desde la preocupación por “el derecho de las sociedades a tener el número de hijos que necesita”, más allá del “derecho de los padres a tener el número de hijos que quieren”.  Es cierto que el control poblacional como doctrina no es de recibo luego de la conferencia de El Cairo (1994), pero ha dejado muchos hijos conceptuales, que implícitamente abrevan en la misma concepción, desde el ambientalismo neomaltusiano.

La idea central es semejante: la cantidad global de recursos del mundo no puede soportar una creciente cantidad global de habitantes, si el resto de las variables se siguen comportando del mismo modo. Tan cierto como banal y acaso peligroso. Si en vez de Paul Erlich, hubiese sido Barry Commoner la influencia fundamental de los movimientos que piensan la relación población – ambiente, es posible que el énfasis se estuviese poniendo en qué y cómo se produce, en cómo se distribuye la riqueza y en cuál es el patrón de consumo de los diferentes países y clases sociales[4].

En definitiva, en el caso del cambio climático, la mirada poblacionista es aquella que desde una postura u otra, asume que existe el fenómeno es provocado o agravado porque el planeta tiene demasiados habitantes. Nuevamente: somos “nosotros”, ¿pero quiénes? Para profundizar en cuán problemático resulta establecer una relación lineal entre crecimiento de la población global y cambio climático, veamos cinco puntos específicos de la argumentación.

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UNO. El aporte desigual a las emisiones. Para empezar, recordemos que no todos los habitantes del planeta colaboramos en la misma medida con el fenómeno. Los países con más alta natalidad, que son los más pobres, son quienes crecen más en su población y también quienes emiten menos CO2. Entre 1980 y 2005, los países de menores ingresos contribuyeron con el 52,1% del crecimiento demográfico global y el 12,8% del crecimiento en las emisiones, mientras que los países de mayores ingresos contribuyeron con el 7% del crecimiento demográfico y el 29% del crecimiento en las emisiones de dióxido de carbono[5].

En una línea similar, ya desde el  “informe Stern”, el documento de referencia sobre el tema (encargado al economista Nicholas Stern por el gobierno británico en 2006) conocemos el concepto de “doble inequidad”. Los países más ricos son quienes agravan el fenómeno, porque suelen tener más emisiones de CO2 (gracias al transporte y la industria, las emisiones son en un 78% producto de los países del G-20) mientras que los efectos perniciosos del cambio climático se sienten sobre todo en los países de ingresos medios y bajos, al punto que entre el 99% y el 96% de las víctimas de desastres asociados al cambio climático se localizaron en estos países[6].

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DOS. La capacidad de carga y el óptimo de población. El poblacionismo (y el sentido común) contienen una verdad: la Tierra no es infinita y que no puede soportar más que una cantidad finita de personas. ¿Pero cuál es esa cantidad? Muchos poblacionistas han arriesgado una cifra (las cifras más osadas han sido dos mil millones, según Paul Erlich en una entrevista reciente a El País de Madrid[7], entre 500 y mil millones, según James Lovelock). Más allá de la imposibilidad de llegar a esa cifra en un planeta con más de 7 mil millones, es interesante observar lo que hay por detrás en términos conceptuales. Lo que se intenta hacer en esos casos es cuantificar conceptos tan difíciles como la capacidad de carga del planeta o el óptimo de población.

No se trata de asumir posiciones “optimistas” como la de Julian Simon, quien asumía que siempre encontraremos formas de lidiar con estos problemas, sino de observar que tanto la capacidad de carga del planeta como el óptimo de población son difíciles de cuantificar porque asumen un ceteris paribus demasiado fuerte para todas las variables importantes. Antes de responder si somos demasiados, en definitiva, habría que responder una serie de preguntas previas. Según un artículo de Joel Cohen en Science[8], algunas sería las siguientes: ¿cuántos y a qué nivel promedio de bienestar material?; ¿cuántos y con qué tecnología?; ¿cuántos y con qué condiciones económicas nacionales e internacionales?; ¿cuántas y con qué características demográficas nacionales e internacionales?; ¿cuántas y en qué ambientes físicos, químicos y biológicos?; ¿cuántas y con qué riesgo o solidez?;  ¿cuántas y con qué valores, gustos y modas?

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TRES. La causalidad en la relación población – ambiente.  La degradación ambiental y el gran crecimiento poblacional fueron dos fenómenos simultáneos, que ocuparon gran parte del siglo XX. Pero como sabe cualquier estudiante de un curso inicial de estadística, correlación no equivale a causalidad. De hecho, es dudoso que la crisis ambiental «demuestre» que hemos sobrepasado la cantidad máxima de personas que la Tierra puede soportar. ¿La cantidad de CO2 en la atmósfera se da por las demasiadas personas o por las características de la actividad humana en su actual relacionamiento con los recursos naturales?

En los ’60, por ejemplo, EEUU aumentó 23,8 millones su población y 21,8 millones su cantidad de autos. Aparentemente, la relación es directa. Sin embargo, el crecimiento se dio por niños nacidos en esa década. Y la mayor parte del crecimiento del parque automotor se dio por los hogares que compraron un segundo coche. Siguiendo con EEUU, entre 1960 y 2000, la población creció. Pero la basura en EEUU creció tres veces más que la población. Como se ve, la hipótesis de “demasiada gente“ se debilita cuando observamos los patrones reales de consumo.

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CUATRO. Las cifras per cápita y la ecuación IPAT. La ecuación IPAT[9], difundida por Ehrlich y Holdren, implica que el impacto humano en el ambiente es igual al producto de a) la población, b) su riqueza y c) la tecnología con la que hacen uso de los recursos.

Nuevamente, Angus y Butler son los encargados de plantear un punto central. Los per cápita hacen parecer los problemas sociales como atribuibles a la excesiva población. Pero de hecho no nos dicen nada sobre sus causas. Es frecuente su mal uso: si tomamos todas las emisiones mundiales, vemos cómo contribuye cada país a la población mundial y luego calculamos las emisiones per cápita, ¡no estaremos agregando nada nuevo! Sucede que una cifra per cápita parece una tasa, pero en realidad es una razón. Es decir, no representa una cantidad real de eventos dividida por la cantidad de personas expuestas a vivirlos en un cierto período, como las tasas demográficas, sino que relaciona dos cifras que pueden estar o no conectadas causalmente.

Cuando A y T (como suele ser el caso) son descritos per cápita, la expresión se torna circular… (el impacto equivale al impacto promedio multiplicado por el número de personas!) Aunque se lo presente como una prueba del impacto, no es más que una forma de definirlo, que funciona en sus propios términos.

La autocrítica de Donella Meadows, autora del célebre The Limits to Growth y defensora de la ecuación IPAT durante mucho tiempo, es significativa. Según Meadows, si tuviéramos todos los datos, podríamos abandonar la vieja ecuación y generar una nueva con estos nuevos términos. Impacto = grandes corporaciones + pequeños comercios + militares + gobierno + consumo suntuario + consumo de subsistencia. Cada uno con su P, su A y su T.  No sería menos cierta que la vieja IPAT e incorporaría algo que aquella no tiene: actores.

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CINCO. CONSUMO TOTAL Y CONSUMO FINAL. Cuando se dice “demasiadas gente” suele estar implícito “demasiados consumidores”. Si equiparamos los dos términos sin más, además de saltearnos el detalle del consumo diferencial según país y lugar en la estratificación social de las personas, estaremos confundiendo dos tipos diferentes de consumo: a) el consumo de recursos ambientales y materias primas generado en la producción y distribución de los bienes y b) el consumo final que hacen los individuos

En el Informe Stern se calcularon las emisiones según el sector en el que se generaban, en vez de atribuirlas estadísticamente a los consumidores finales. En pocas palabras, la mayoría de las emisiones se originan en actividades industriales y comerciales sobre las que los individuos no tienen control directo. En Canadá, por ejemplo, las emisiones se observaron según la actividad en la que se generaban.

  • 34% Industria
  • 19% Transporte de pasajeros
  • 17% Transporte comercial
  • 15% Residencias
  • 13% Comercios / instituciones
  • 3% Agricultura

¿Cuántos pueden atribuirse al consumidor final? Quizá solo dos (transporte de pasajeros y residencias), que dan cuenta de un tercio de las emisiones. Y si afinamos el lápiz, es dudoso que los consumidores tengamos influencia sobre la forma de producción de la energía residencial. Si conseguimos ser menos habitantes del planeta, ¿cuántas de estas emisiones disminuirán significativamente? ¿Cuánto menos contribuiremos al cambio climático si bajamos la TGF de los países con tasas más altas?

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Así, la tesis de los demasiados consumidores es solo cierta de forma tremendamente parcial. Salvo que se crea en una extrema “soberanía del consumidor”, está claro que las decisiones no las tomamos los consumidores finales, que solo podemos elegir entre la variedad de productos puestos a nuestra disposición. Es decir que podemos generar cambios a partir de nuestras decisiones de consumo, pero probablemente no sean muy significativos ni a corto plazo. Pensemos en el reciclaje de la basura: en EEUU, los datos muestran que el 99% de la basura generada está vinculada a desechos industriales.

Por otra parte, el debate merece la inclusión de actores poco mencionados y que poco tienen que ver con los consumidores individuales. Por ejemplo, el llamado complejo industrial-militar, más relevante de lo que puede verse. Los militares estadounidenses, por ejemplo, emitieron tanto CO2 en la guerra de Irak como  25 millones de autos. Más impactante aún: si la guerra de Irak fuese un país se habría colocado arriba de 139 países en la lista de quienes emiten más CO2 anual. Nada de esto cambiaría si ralentizamos el crecimiento poblacional.

Puede que un sentido muy laxo todos seamos responsables del cambio climático. Pero en términos estrictos, tiene poco sentido centrarse en la Tasa Global de Fecundidad de los países con más hijos por mujer, asumiendo una relación per cápita entre emisiones y habitantes que no tiene mayor sentido sustantivo demográfico y estadístico, en vez de observar las emisiones reales, generadas por la industria y el transporte de los países con menores tasas de fecundidad y más influencia en los patrones de producción y consumo.


[1] La base de estas líneas es una nota publicada en el Semanario Brecha, de Montevideo: http://brecha.com.uy/index.php/sociedad/1612-hace-calor-2

[2] Angus, Ian & Butler, Simon (2011), Too many people? Population, Immigration, and the Environmental Crisis, Chicago: Haymarket Books.

[3] Robertson, Thomas (2012), The Malthusian Moment: Global Population Growth and the Birth of American Environmentalism, New Brunswick: Rutgers University Press

[4] El debate Erlich – Commoner, por otra parte, es el preludio de la discusión actual. En los ’70, el debate impactó a la izquierda verde, al punto de obligar el pronunciamiento del cantante y activista Pete Seeger (“Commoner me convenció. De todos modos sigo trabajando por Zero Population Growth, en la medida que se propongan alcanzar sus objetivos por la persuasión y no por la fuerza”).

[5]  Aunque es cierto que puede haber un riesgo potencial, ante el futuro desarrollo de los países más pobres, si la forma de relacionarse con los recursos permaneciera igual.

[6] Además del traslado de la población entera de la nación de Kiribati hacia Fiji por la suba del nivel del mar, es conocida la situación de islas en Oceanía y en el Caribe, como las Caimán y las Bahamas, que tienen al 100% de su población bajo la cota de 10 metros de elevación y por tanto son especialmente vulnerables.

[8] Cohen, J.E. (1995) Population Growth and Earth’s Human Carrying Capacity. Science, New Series, Vol. 269 (5222), pp. 341-346

[9] I = P A T . I = Impacto . P = Population (población). A = Affluence (riqueza -¿consumo?-). T = Technology (tecnología)

Ignacio Pardo

Profesor del Programa de Población de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República (Uruguay)
Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid
Ficha académica en la web de su Facultad

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2 pensamientos en “Calor. Cinco apuntes sobre el vínculo entre población y cambio climático”

  1. Querido Julio, muchas gracias por difundir este magnífico artículo de Ignacio Pardo, donde desmonta los argumentos de científicos naturales que se arrogan análisis sobre las sociedades como si fueran científicos sociales, cuando en realidad presentan sobre todo postulados ideológicos, muy respetables, pero carentes de rigor científico. Ocurre a menudo que analizar las sociedades parece que es cosa obvia, pues la sociedad está ahí y es facilito, cuando sabemos que es un objeto de investigación de los más difíciles.
    Mercedes Pardo (y aclaro no soy pariente de Ignacio Pardo, al que no tengo el gusto de conocer todavía).

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