Demografía y pensiones, por J.A. FERNÁNDEZ CORDÓN


Juan Antonio Fernández Cordón, amigo, colega y uno de los pocos demógrafos en el pleno sentido de la palabra con que cuenta este país, ha participado en la elaboración del Anuario de Relaciones Laborales 2014, de UGT, que se presentará públicamente el próximo lunes 9 de junio. Me envía el texto de su capítulo, “por si me interesa darle difusión” (imaginad, un regalo así, y todavía parece que el favor se lo haga yo a él). El texto es magnífico y de evidente interés en este blog. Lo es incluso el email con el que lo ha dado a conocer en su círculo inmediato: 

Tal vez os interese leer un muy breve artículo (publicado en el Anuario Laboral 2014 de UGT) sobre la demografía en relación con las pensiones. Entre las muchas falsas evidencias que la izquierda ha hecho suyas desde que Blair y Schroeder practicaron la Tercera Vía  y que algunos, más tontos, con la fe de los conversos, han perfeccionado en nuestro país, se encuentra el miedo al envejecimiento. La izquierda, que carece de discurso sobre este tema, ni analiza ni propone. Esta pendiente (cuesta abajo) aplicada a muchos otros campos, es lo que está llevando a la inanición y, si nadie lo evita, pronta desaparición de la socialdemocracia. Un saludo. JAFC

 

¡NO ES LA DEMOGRAFÍA, SEÑORES PENSIONISTAS!

Juan Antonio Fernández Cordón

La gran amenaza que, según algunos, se cierne sobre el sistema público de pensiones se fundamenta en proyecciones de población a cuarenta años vista, de las que se deriva un diagnóstico, sencillo en apariencia –habrá menos jóvenes y más viejos- que ha calado en la opinión. Se invocan argumentos demográficos para elevar la edad de jubilación (aumenta la esperanza de vida) y se justifica la rebaja de las pensiones por el fuerte incremento de una mal llamada ratio de dependencia, mientras la posibilidad de tocar los ingresos ni se menciona. Se transmite de esta manera la idea de que es necesario corregir un sistema mal adaptado a los cambios demográficos, socavando la confianza en el sistema público de reparto y abriendo el camino a cambios que aumentan la contributividad y disminuyen la solidaridad, siguiendo el modelo privado.

Como en todos los países desarrollados, España se ha beneficiado de un enorme crecimiento de la esperanza de vida, de 34 años en torno a 1900 a 82,3 en 2012. Primero, y durante mucho tiempo, solo notamos la reducción de la mortalidad de los jóvenes, que ha permitido un considerable aumento de la capacidad productiva y facilitado la extensión de la educación. La disminución de la mortalidad infantil y juvenil llevó también, junto a otras causas, a una reducción de la fecundidad (en torno a 1900, el nivel de reemplazo generacional estaba en 5 hijos por mujer, hoy 2 son suficientes) que a su vez facilitó el acceso de las mujeres a la educación y al mercado de trabajo. Ahora, llegado el momento en que los progresos de la lucha contra la muerte se notan sobre todo en el número de mayores, no se acepta el necesario ajuste en el reparto de la riqueza.

Una proyección de la población no es más que la cuantificación de un escenario de futuro, basado en el comportamiento esperado de la fecundidad, la mortalidad y las migraciones, y no suele incorporar rupturas de tendencia, limitándose, en la práctica, de forma más o menos sofisticada, a prolongar la evolución más reciente. Es así que todas las proyecciones realizadas antes de 2000, subestimaban considerablemente la inmigración futura y que, por el contrario, la proyección realizada por el INE en 2007, mantenía en el futuro un importante saldo migratorio positivo, cuando éste se iba a tornar negativo a partir de 2010. Las proyecciones disponibles más recientes son las de Eurostat de 2010 (importantes porque permiten comparar España con el resto de países de la UE) y las del INE de 2012. A pesar de su proximidad temporal, las diferencias entre ellas son considerables. El escenario central de Eurostat prevé para España en 2052 una población de 52,7 millones, con un 31,7% de mayores, cuando el INE anticipa llegar solo a 41,6 millones, pero a 36,4% de mayores. También son notables las diferencias entre dos proyecciones del INE muy próximas en el tiempo, la de 2009 y la de 2012. En particular, la estimación para 2050 de la ratio de dependencia demográfica (número de mayores por cien personas de 20 a 65 años) pasa de una a otra de 64,5% a 77,6%.

¿Cómo se explican estas diferencias? En la proyección más recientes, el INE parece prolongar los efectos de la crisis sobre la demografía, anticipando una fecundidad máxima de 1,55 hijos por mujer para 2050 frente a 1,71 en la de 2009 y un saldo migratorio medio anual de -27.000, cuando en la anterior era positivo. Sin embargo, la esperanza de vida proyectada es aún más elevada que la anterior (1 año más para las mujeres y 1,7 más para los hombres), que ya suponía una hipótesis optimista, por encima de los valores que Eurostat estimaba para nuestro país. Estos tres cambios acentúan el envejecimiento previsto de la población.

Diferencias considerables entre dos proyecciones consecutivas realizadas por el mismo organismo no son la excepción sino más bien la regla. Se impone, por tanto, la máxima prudencia a la hora de utilizar sus resultados para la toma de decisiones con efectos a largo plazo irreversibles. Puede ocurrir que, si la situación económica mejora, se reduzca la emigración y aumente la fecundidad, y que la esperanza de vida no aumente tanto como se prevé, lo que reduciría el grado de envejecimiento ahora proyectado.

Una temible y sencilla realidad -cada vez más viejos y menos jóvenes- obliga a reducir las pensiones futuras, lo que se suele llamar, en un alarde de perversión del lenguaje “sostenibilidad del sistema”. Veamos lo que encubre esta aparente evidencia.

¿Qué significa exactamente la evolución prevista de la “ratio de dependencia”, y en particular qué implica la disminución anunciada del número de personas en edad de trabajar? La primera observación es que la relación entre el número efectivo de pensionistas y el de cotizantes no sigue necesariamente la evolución de esa ratio demográfica, que únicamente pone en relación grupos de edades. En la población en edad de trabajar, no todas las personas se encuentran efectivamente ocupadas. La tasa de empleo global (porcentaje de las personas en edad de trabajar que ocupan efectivamente un empleo) varía en función de la demanda de trabajo, condicionada a su vez por la situación de la economía. Por ejemplo, la tasa de empleo, que había alcanzado un máximo en 2007 de 77,9% en los hombres y de 55,9% en las mujeres, bajó a 60,2% y 50,7%, respectivamente, en el último trimestre de 2013. Son porcentajes inferiores a la media europea y muy bajos con relación a Suecia, por ejemplo (75,8% para hombres y 73,5% para mujeres). El margen que tiene España indica que el empleo podría aumentar en el futuro, aunque disminuya la población edad de trabajar. Pero, incluso si en el futuro se alcanza un máximo de participación ¿querría esto decir que la producción (el PIB) no podrá seguir aumentando por falta de trabajadores? Es difícil aceptar ese escenario, cuando la inmigración puede aumentar. Es más verosímil admitir que, si la demanda de trabajo es suficiente, es decir si las condiciones económicas permiten crear empleo, la demografía nunca será un obstáculo. Algunas proyecciones, realizadas teniendo en cuenta la demanda de empleo, muestran como la disminución de los adultos en edad de trabajar puede perfectamente compensarse por un aumento de la tasa de empleo y la llegada de inmigrantes. Por añadidura, cada empleo creado disminuye más que proporcionalmente la carga efectiva de dependientes, porque hay un productor adicional y un dependiente menos.

Queda el aumento de la población mayor, el otro aspecto del envejecimiento, que tiene dos causas, una transitoria -la llegada a la jubilación, grosso modo hasta 2040, de las generaciones nacidas en la época de fecundidad alta- y otra permanente, el aumento de la esperanza de vida a partir de los 65 años. La primera es la más importante y exigiría, para hacerle frente, medidas también de carácter transitorio. La mayoría de los que se jubilen a partir de ahora habrá cotizado durante todo el periodo exigido, según lo estipulado en su momento. Una disminución de la pensión esperada supone una ruptura del contrato generacional. En cuanto a los cotizantes jóvenes, que se jubilarán con generaciones menos nutridas, se les exige el mismo nivel de cotización para una pensión menor aunque, cuando se pague, el sistema habrá recuperado el equilibrio.

El aumento de la esperanza de vida de los mayores es el único problema demográfico que incide realmente y de forma permanente en el equilibrio entre ingresos y gastos. Es un factor que afecta tanto al sistema de reparto como a los de capitalización. En estos últimos, todo el peso de la mayor longevidad recae sobre el individuo, que se verá obligado a trabajar más tiempo o a reducir su pensión. En un sistema público de reparto, la solución es del ámbito de la política. La sociedad debe poder plantearse si los años de vida ganados se dedican a trabajar más o, parcial o totalmente, a disfrutar de una jubilación más larga. El progreso de la productividad, en el caso de que se mantenga en el futuro, permitiría sin la menor duda que una parte del excedente se dedique al pago de pensiones durante más tiempo.

Toda reforma del sistema de pensiones que se base en la evolución de la esperanza de vida debe tener en cuenta dos importantes dimensiones. En primer lugar la existencia de desigualdades según la categoría social. Un retraso de la edad de jubilación basado en el aumento medio de la esperanza de vida perjudicaría aún más a los más pobres, cuya esperanza de vida es inferior a la media, porque el periodo de jubilación se vería reducido en una proporción mayor. En segundo lugar, si la reforma se apoya sobre el aumento previsto de la esperanza de vida, la proyección tendrá que ser realizada con el máximo rigor y transparencia. Además, sería necesario prever como se compensan a posteriori los eventuales errores de previsión, así como explicitar lo que ocurre si la previsión indica una disminución de la esperanza de vida. Hasta ahora se daba por seguro el aumento de la esperanza de vida a los 65, pero entre 2011 y 2012, la de los hombres disminuyó de 18,57 a 18,52 años y la de las mujeres de 22,57 a 22,46. Es una novedad en la historia demográfica de España, sin duda ligada a la degradación de la sanidad pública y a los efectos negativos del paro y de los recortes salariales.

La demografía es uno de los determinantes de la vida social y económica que más han cambiado desde hace un siglo. Estos cambios han sido claramente positivos y desde luego no anuncian un futuro de catástrofe. Los ajustes necesarios son perfectamente asumibles, si se plantean correctamente. Pero el argumento demográfico se maneja de forma interesada y se utiliza de forma deliberada para reducir aún más la parte del producto que va a los trabajadores (activos o jubilados), lo que aumentará la desigualdad.

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5 comentarios en “Demografía y pensiones, por J.A. FERNÁNDEZ CORDÓN”

  1. Magnífica argumentación, por favor que alguien se la haga llegar a los partidos progresistas (empezando por el propio PSOE), al que tambien he oído muchas veces barbaridades similares a los que han asesorado en esa infame reforma de las pensiones.

    Tan sólo hay un punto en el que no estoy del todo de acuerdo. Cuando se refiere a la pequeña bajada de la esperanza de vida a los 65, lo asocia con la degradacion de la sanidad, el paro y los recortes salariales. No descarto (más bien, comparto) que esos factores, a medio y largo plazo, podrían, ceteris paribus, hacer aumentar la mortalidad, pero ese descenso concreto mas bien creo que ha sido algo totalmente coyuntural, asociado a un tambien coyuntural aumento de la mortalidad, provocado por una gripe especialmente mortífera (y que, curiosamente, no tuvo la atención mediática de otras gripes más ‘célebres).

    Reconozco que en esa opinión juego con la ventaja de conocer los datos provisionales de 2013 que ha sacado hoy el INE, en que la esperanza de vida aumenta (tambien coyunturalmente) nada menos que 0’6 años, muy por encima de la tendencia ‘subyacente’, que anda entre las 3 y 4 décimas al año. Evidentemente, que nadie caiga en la trampa de extrapolar ese aumento, es tan coyuntural (solo que de sentido inverso) como la anómala reducción de 2012.

  2. Como contraste con este artículo, que nos hace ver la gran cantidad de variables a considerar cundo se habla del sistema de pensiones, aquí os enlazo una entrevista a José Ignacio Conde-Ruiz, uno de los “expertos” de la comisión a quien consultó el gobierno actual para la reforma de las pensiones. Creo que no es díficil apreciar la diferencia de rigor entre ambos textos, quizá porque los economistas tienden a abusar de su limitado conocimiento en demografía cuando elaboran sus propuestas:
    http://www.invertia.com/noticias/conde-ruiz-materia-pensiones-anos-2968061.htm

    Melchor Abejón

  3. ¡Que interesante artículo! las reflexiones aportan elementos para la discusión y el análisis sobre el problema de las pensiones y jubilaciones, que requieren de análisis demográficos más precisos que tomen en cuenta las distintas realidades socioeconómicas en cada país.

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