Adolphe Landry


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Archives de la FMSH, fonds Marguerite Pichon-Landry, 12 D 1/1475 )

En la sección de esta web que dedico a los demógrafos, hoy me decanto por uno de los mayores ideólogos del natalismo francés tan influyente a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. He pensado en él porque me parece una gran paradoja que ya en pleno siglo XXI estemos asistiendo a un nueva oleada de esta doctrina demográfica, ahora extendida a todo el mundo. Con el agravante de que los natalistas actuales repiten tópicos de más de un siglo  sin saber siquiera de qué fuentes beben, y tienen una formación en análisis demográfico prácticamente nula, muy por debajo de la que tenían sus ignorados antecesores, como Landry.

Adolphe Landry (Francia, 1874-1956) ocupa un lugar destacado entre los precursores de la Teoría de la Transición Demográfica (pese a ser economista), pero su actividad principal fue la política, y tras más de veinte años como diputado llegó a ser ministro diversas veces durante la Tercera República.

Sus obras, por tanto, tienen más vocación de acción política que de investigación abstracta o académica. Esta vocación es la que le lleva plantearse la relación entre los cambios en las variables demográficas y la productividad del trabajo en Francia y otros países europeos. Ya en 1909 hizo una primera incursión en este tema:

  • Landry, A. (1909) “Les trois théories principales de la population.” Revue Scientia 3 (6):121.

Pero no será hasta dos décadas después cuando hará una aportación sistemática a dicho análisis, estructurando los tipos de relación entre población y productividad en tres etapas sucesivas: dependiendo del tipo de economía (primitiva, intermedia y moderna), las poblaciones atraviesan un proceso general y universal de cambio que calificó de “Revolución Demográfica”.

  • Landry, A. (1933) “La révolution démographique.” In Economic Essays in Honour of Gustav Cassel. London. Se trata de un texto breve, anticipo del libro del año siguiente. Reimpreso en 1987 en  “Adolphe Landry on the Demographic Revolution.” Population and Development Review, 13(4): 731–740

Su propósito es claro, y sus conclusiones parten de un marco ideológico socialista, patriótico, familista y natalista, muy característico del nacionalismo de Estado de la época y muy vinculado a la defensa militar. No en vano era miembro destacado de la Alliance Nationale pour l’accroissement de la population française, creada por Bertillon en 1896 y que llegó a convertirse en un importante lobby parlamentario a favor de medidas de fomento de la natalidad.

Como ministro ya había generalizado los subsidios familiares en 1931 e impulsado un ambicioso paquete de medidas estatales, que se plasmarán finalmente en el Code de la Famille aprobado en 1939, y en la creación del INED, el mayor centro mundial de investigación demográfica, con el principal objetivo fundacional de asesorar directamente al presidente de la República sobre las políticas para evitar el declive de la natalidad.

Es teniendo en cuenta todo lo anterior como cobra sentido su libro de 1934 y su teoría de los tres estadios demográficos. Lo que hace es dar un revestimiento teórico y pretendidamente científico a una idea obsesiva entre los natalistas franceses: la evolución demográfica asociada a la modernidad conduce al declive y la extinción.

Por eso su libro identifica el cambio demográfico con el principio del fin. “Depopulation et décadence” es el título del segundo capítulo, tras explicar en el primero su hipótesis de los tres estadios. En él reitera una conveniente falsedad historiográfica a la que todavía hoy muchos dan crédito, según la cual el declive de las dos grandes civilizaciones europeas, la griega y la romana, se debió a la “pérdida de vitalidad demográfica”, es decir, el descenso de la natalidad y la despoblación (véase La decadencia de Occidente). Como tantos otros decadentistas y degeneracionistas, Landry cree que el mundo contemporáneo más avanzado estaría ya en esa fase de declive, y de no mediar políticas decididas para evitarlo, está abocado al mismo proceso de extinción.

Estos miedos caracterizaban a las elites de las metrópolis imperiales europeas, las mismas que condujeron al mundo a dos guerras mundiales. El natalismo francés , plenamente instituido en el Estado francés gracias a ideólogos como Landry, jamás consiguió revertir el descenso de la natalidad o el cambio en la pirámide de edades.

Sólo con el tardío pero intenso descenso de la fecundidad en países más atrasados que Francia, los natalistas pueden ahora caer en el gran error de atribuir la diferencia al éxito de las políticas natalistas galas. De hecho casi un siglo después no sólo renace este pensamiento patriótico-decadentista-natalista, sino que lleva camino de convertirse en hegemónico en las políticas estatales de todo el mundo. Pese a todos los desmentidos historiográficos, demográficos, económicos y científicos, pese a que hoy podemos comprender el juego de factores diversos implicados en la revolución demográfica, el natalismo ha vuelto, y conviene conocer sus orígenes y argumentos, y los motivos por los que resulta doctrinario y falaz.

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