Las madres que nos parieron


Hace algún tiempo conversé con una periodista y reportera de El País, Patricia Gosálvez, que preparaba un artículo sobre el desconocimiento estadístico habitual sobre la fecundidad de los hombres (En busca del padre estadístico). Patricia acaba de publicar ahora una hermosa entrada en el blog Jot Down, “Las madres que nos parieron”, acerca de su abuela y que ilustra muy bien cómo eran las condiciones en que se tenían los hijos hace no muchas décadas. No son estadísticas, pero la demografía necesita también textos como este.


Las madres que nos parieron

Por Patricia Gosálvez
Publicado en JotDown

 

Mi abuela nació con un cuerpo diminuto y un nombre larguísimo: María de la Concepción Perpetuo Socorro Luisa Josefa Wenceslava Gosálvez y Otero. Pesó kilo y medio. Descubrí ambas cosas cuando ella ya había muerto.

Para mí era Concha y siempre fue gorda. Una mujer sonriente y parlanchina que comía colocándose un pañuelito en el pecho con un alfiler de perla. Le tuve cariño, pero apenas la veía dos veces al año. Los Gosálvez somos así, despegados, dice mi padre.

Cuando ingresó en una residencia poco antes de morir en 2012, se empeñó en que cada nieto recibiese algo de la casa que estaba desmontando. ¿Seguro que no quieres una lámpara? ¿Un costurero? ¿Una enciclopedia? Pasé semanas repitiendo que no. «No quiero trastos», dije, para ser sinceros. Y entonces mi abuela, a la que nunca le conté mi vida ni le pregunté mucho por la suya, pensó en algo solo para mí. Algo especial para la despegada nieta número nueve. «A ella le gusta contar historias, ¿no? Pues dile que aquí tiene una». Y le entregó a mi padre el cuadernito negro.

***

El cuadernito negro tiene las hechuras en las que se inspiraron los de Moleskine. Tapas de hule y delicadas hojas rayadas. Amarillean porque fue escrito hace cien años por mi bisabuela María, la madre de Concha. Aviso, no narra una heroica aventura. El viaje más largo es de una calle del barrio de Salamanca a otra calle del barrio de Salamanca. Aunque tiene un giro inesperado, no hay grandes ni bajas pasiones, crímenes ni pecados. Narra una historia pequeña, doméstica, femenina. Y lo hace sin sentimentalismos, con aire de registro burocrático. Con estilográfica sepia y una cursi caligrafía recostada a la derecha mi bisabuela entra al trapo:

Relación del embarazo y nacimiento de la niña María de la Concepción, Perpetuo Socorro, Luisa, Josefa, Wenceslava Gosálvez y Otero nacida (al decir de los médicos) a los 6 1/2 meses de gestación, el viernes día 28 de septiembre de 1917 a la una y veinte minutos de la madrugada en la casa de la calle Torrijos 28, 1.º centro izda., Madrid.

Al nacer no se la pesó por temor a que se enfriase. A los once días se la pesó anotando un peso de 1500 gramos.

¡Dios la proteja!

No es tu típico mummy blog. Qué necesidad de tanto formalismo, si un siglo después esto lo hemos leído tres. Pero es todo así. Cada fecha con su hora, cada calle con su número, cada persona con sus dos apellidos. La parturienta, María Otero y Delás está dando fe. Dando fe de que en aquel piso de clase media había nacido una niña, raquítica, sí, pero con sus cinco nombres. Esto ha pasado, parece decir. Esto es verdad y ocurrió así. No son imaginaciones mías.

María tenía razones para querer dejarlo por escrito: hasta el día del parto no tenía ni idea de que estaba embarazada.

***

Lo de que no sabía que estaba embarazada es un spoiler mío. En su cuadernito negro María no cuenta enseguida lo que debió de ser el susto de su vida. Antes se enrolla sobre su boda, sus mudanzas, su salud… «Tarda en llegar», decimos los periodistas. Cuando yo cuento la historia, voy al grano.

María tenía reglas irregulares que desaparecían durante meses y los médicos le dijeron que no podría tener hijos. Tras seis años de casada, un día se encontró mal de la tripa y le recetaron una montaña de purgantes, lavativas, friegas estomacales… Se puso a morir. Estaba a punto de llamar al cura para pedirle la extremaunción cuando una amiga francesa se pasó a verla por su casa («providencialmente», escribe la pobre). La encontró paseando por el pasillo apoyada en su marido y «sufriendo horrores»: «En camisón, la toquilla rodeada al vientre, en medias y zapatillas».

Ante la estampa, madame Felicité dedujo que aquello no era una muerte inminente por estreñimiento, sino un parto, y llamó a su médico de confianza. El primero que en años de consultas decidió levantarle las faldas a la bisabuela y certificar que sí, que allí había una vagina y una cabeza saliendo de ella. Con las mismas, se fue y dejó dicho que llamasen al ayudante del tocólogo. En la que es mi frase favorita del relato, mi bisabuela escribe:

Siguieron los dolores naturales y más fuertes pero más tolerables, pues tenían explicación.

«El fenómeno del alumbramiento» se lo ventila en unas pocas y asépticas líneas: ocurrió y luego se encontró «hasta dispuesta a pasear por la calle». Con la criatura tampoco se permite muchas florituras:

Era de tamaño sumamente pequeño y muy flaca, pero de facciones muy regulares. Una vez limpia, ligado el cordón, la envolvieron en unos trapos limpios para suplir a la envoltura que no poseíamos. Acabaron de arreglarme y me quedé en la cama con mi nena que durante toda la noche dejó oír un pequeño rugido.

***

Cuando el cuadernito negro llegó a mis manos hacía poco que yo misma había parido. Un niño rollizo de casi cuatro kilos, dos veces y media lo que pesó esa nena un siglo antes. Me resulta inverosímil que nadie tocase a la bisabuela. A mí me tocaron por fuera y por dentro médicos, matronas, enfermeras, estudiantes de Medicina… La vulva como el camarote de los hermanos Marx. La prueba de fuego: una clase de masaje perianal con alguien que tenía que practicar y yo, todo por la ciencia.

Durante mi embarazo cumplí 37 años. Durante el suyo, mi bisabuela cumplió 30. Ambas íbamos tarde. Lo que los médicos llaman «primíparas añosas» (apuesto a que la etiqueta no la inventó una mujer). Otros dirían que se nos estaba «pasando el arroz». Superábamos con creces la media de edad de las madres primerizas, 25,8 años en 1900 y 30,7 ahora.

Como buena primípara añosa del siglo XXI, yo estaba saturada de información y tecnología más allá de las mil citas de un embarazo que, por amenaza de parto prematuro, tuvo un seguimiento exhaustivo. Me había quedado embarazada con la ayuda de una app, iPeriod —mi novio la llamaba hoyFollo—, que registraba mis ciclos y mis días fértiles (desconocidos por mí hasta entonces). Luego otra app, iPregnant, nos fue informando del tamaño frutal del bebé: uva, ciruela, ¿melón chino?

Foroenfemenino (el reverso preñado de Forocoches) se convirtió en mi mejor amigo y después en mi pesadilla. Para elegir hospital hice tours con preguntas de listilla y fui a reuniones. Medio leí libros. Consulté comparativas de estudios Cochrane sobre cada hito. Un día le enmendé la plana al ginecólogo privado sobre los riesgos de la amniocentesis porque el dato que me daba estaba desactualizado según el último American Journal of Obstetrics & Gynecology (a partir de ahí, fui solo por la pública). También disfruté a tope, que conste. La alegría loca. El amor total. El pelazo. Las tetacas. Sí, claro, pero además vi partos en YouTube.

Vi partos en YouTube.

Acabé tan harta del tema que nunca escribí una línea sobre estar embarazada. Qué puedo decir; llevo quince años documentándome para escribir reportajes, no iba a pasar nueve meses en la inopia. Yo quería saber qué me estaba pasando.

A mi bisabuela le habría gustado saber al menos una cosa, que se había quedado. Tras la «sensacional noticia de que estaba de parto» («que estaba de parto» subrayado tres veces en el cuadernito), María escribe:

Causábame espanto pensar en las precauciones que debe tomar toda mujer encinta y que yo había omitido por completo, y las cincuenta mil cosas, todas contrarias a la lógica y razón, que se habían ejecutado. ¡¡¡Además, era primeriza y tenía treinta años cumplidos!!!

A María, sin saber, le pasaba lo mismo que a mí. Teníamos miedo, queríamos hacerlo bien. Así que, cien años después, me he documentado por ella.

***

Con un poco de pudor mando la transcripción del cuadernito (veinte páginas de Word) a un ginecólogo con un blog sobre historia de la medicina, a una neonatóloga jubilada amiga de mi pediatra y a dos historiadoras centradas en la evolución de la maternidad.

Lo primero que me dicen todos es que es un documento excepcional. Bravo por la bisabuela. Mi primera fuente, Cira Crespo, historiadora y autora de Maternalias: «Creo que no existe un material así publicado… Me parece un texto muy sintomático de lo que debió de ser la maternidad en esos momentos. Justo cuando se empezó a señalar la importancia de los cuidados a los recién nacidos y, de paso, a las mujeres como principales responsables». Me recomienda el libro Mujeres ignorantes, madres culpables, de la historiadora de la Universidad de Valencia Irene Palacio Lis, con quien doy por mail: «Los escritos de mujeres anónimas sobre el asunto son prácticamente inexistentes, si exceptuamos los que se deben —ya en otro rango— a médicos varones, tocólogos o pediatras y, en muchísima menor medida, a alguna que otra doctora».

Palacio Lis se refiere al cuadernito como «una verdadera fuente histórica» y me manda tres folios de interesantes anotaciones sobre el aleccionamiento de las niñas y mujeres en cuestión de puericultura e higienismo, la palabra de moda a principios del XX. En vez de internet ellas tenían los «Consejos a las madres», una suerte de literatura divulgativa «que abogaba por la “madre científica”, la “madre consciente”, alejada de las meras prácticas intuitivas y tradicionales consideradas por los médicos de la época como causa fundamental de la altísima mortalidad infantil».

El instinto insuficiente de las madres. La culpa. Las madres que salvan con sus cuidados las curvas demográficas. Las batallas domésticas donde se libra el futuro de los países. La importancia de hervir biberones. La santa teta. La misión de ser madre como asignatura en los colegios de monjas. El asunto da para un libro, ¿cómo ha cambiado la construcción social de la madre en estos cien años que separan el cuadernito de la bisabuela de mis apps? Me lo apunto, pero por ahora me quedo con la primera reacción de la historiadora: no hay apenas relatos sobre maternidad escritos en primera persona.

Vale que —según me apunta la experta— en 1900 el 71,43 % de las mujeres eran analfabetas, pero en 1917 nacieron 602 139 niños (en 2015, con más del doble de españoles, fueron 419 109). Y así a lo largo de toda la historia; la mitad de la humanidad pariendo (o no haciéndolo, que también tiene un tema) y dejando que otros lo escriban por ellas. Por nosotras.

Esa ausencia me recuerda a «El silencio de las madres», un texto de la escritora Laura Freixas publicado en Babelia hace un par de años. Entre los temas literarios eternos, el amor y la muerte, se pregunta Freixas, «¿No falta algo? ¿No hay otra vivencia universal y eterna, y no menos crucial para la especie humana?».

Pues sí, pero en la inmensa mayoría de la literatura las madres lo son en cuanto madres de alguien. Incluso ahora, cuando la maternidad es un floreciente negocio de libros de autoayuda, revistas, webs… vivimos, dice Freixas, en una «cultura en la que falta una voz, la de las madres pensantes». La escritora cita libros como Dónde está mi tribu, de Carolina del Olmo, que yo me leí embarazada y que navega con inteligencia por las guerras de la crianza, esos contradictorios consejos de expertos con los que somos bombardeadas. Acabo de leer otro que también tiene una pregunta en el título: Quién quiere ser madre, en el que Silvia Nanclares narra con humor y ternura la odisea de la fecundación in vitro, el ardor de querer y no poder ser madre.

***

Cuando la bisabuela María se puso a escribir, además de un bebé prematuro de 1500 gramos, tenía muchas cifras en su contra. En 1917, en Madrid, de cada 1000 niños que nacían vivos morían 163 antes de cumplir un año. Hoy mueren 2,5, y este dato incluye a los fallecidos en las primeras veinticuatro horas (hasta 1975 estos niños eran considerados abortos y no se contaban). La inmensa mayoría de las mujeres parían en casa y, de cada 100 000 niños nacidos vivos, unas 550 madres morían en el parto (hoy, son unas seis).

Las españolas tenían 4,22 hijos de media, frente al 1,33 de ahora, muchos para sustituir a los que se les morían. Leo en un estudio demográfico que solo «cuando la fecundidad se desvincula de la mortalidad pasa a depender de decisiones individuales»; hemos pasado de los hijos por obligación al hijo como objeto de deseo.

Para completar el cuadro, la expectativa de vida de las mujeres era de 42 años (hoy es de 85). No me extraña que en su aséptico relato María apenas se refiera al bebé por su nombre; es «la niña» o «la nena». Creo que lo hace para marcar una distancia. Por si acaso lo peor.

Da igual lo preparada que estés. Los meses de nesting, preparando el nido, lavando ropita, comprando cachivaches absurdos. Las horas hablando con la tripa, poniéndole cascos al ombligo para que al niño le gusten los Beatles. Si ya es complicado volver a casa con un recién nacido sano, gordo y con el ajuar de un ciudadano, imagínate lo que debe ser pasar de tener un supuesto cólico a sujetar una criatura que lo más probable es que se te muera en los brazos, en tu casa, por tu culpa.

Sin embargo, si María tuvo miedo (¿pánico?), no lo dice. Te lo quieres imaginar en que no la llame por su nombre, en que no se explaye en ternuras. Te lo quieres imaginar en la mera existencia del cuadernito. ¿Por qué lo escribió?, ¿para combatir ese miedo?, ¿para paliar la culpa? Una mujer mayor, de clase media, educada, que no se dio cuenta de que estaba encinta. No soy tonta, me fie de los médicos, soy una buena madre, una madre preparada.

Puede ser también que María fuese simplemente fría o tímida. El «Prólogo» del diario arranca con el día de su boda. De sus sentimientos por Francisco Gosálvez Ramos, quien a pesar de los dos apellidos era su marido, dice:

Viviendo este nuestro matrimonio como cristianamente se debe, llevándonos todo lo mejor posible en unión y armonía ligeramente turbadas algunas veces por pequeñas cuestiones de carácter pero siempre llevada al final por tratarse de un matrimonio de inclinación por ambas partes.

Apasionante. María, como tantas mujeres decentes de esa época, imagino, vivía las pasiones en el subtexto.

En su resumen de sus primeros años de casados, de él no dice más; sin embargo, sí detalla las direcciones de los cuatro pisos a los que se mudaron (Claudio Coello 62, 2.º interior, Ayala 17…) y los pormenores de dos disgustos. El primero fue un desencuentro con la familia de él en 1913 por trece mil pesetas. Lo considera importante porque tras la bronca se le retiró el periodo siete meses. María consultó a un médico que la despachó con un «deje obrar a la Naturaleza, ya se arreglará todo».

El segundo disgusto es la muerte de su padre (el 24 de agosto de 1915 «a las doce y veinte minutos»). El «sobrecogimiento por este acontecimiento tan inesperado» le provocó «un conato de infarto cerebral», o eso le dijo un segundo médico.

Aprovechando, María le explicó lo de las reglas, y el facultativo dedujo, a ojo, que tenía «la matriz atrofiada siendo muy difícil tener descendencia». De lo que ello le hizo sentir o lo que opinó su marido al respecto, no dice nada. De si se sintió frustrada o aliviada, nada. De su deseo de ser madre o su falta de él, nada.

***

Tras el prólogo, bajo el irónico epígrafe «Embarazo», María rememora lo que hizo esos meses en los que no supo que estaba preñada. Empieza describiéndose con un párrafo que no sé si es una pulla, o la sospecha de que su infertilidad venía por ahí:

De naturaleza fuerte, o por lo menos sostenida a fuerza de energías morales, muy poco sensual, y sí muy apasionada espiritualmente, enamorada sinceramente de mi marido y correspondida por él, no he notado, sino rarísima vez, alguna sensación sensual durante los actos fisiológicos.

Lo siento por ti, bisabuela, pero eso no tuvo que ver con que no te quedases. Luego cuenta que en esos seis-siete meses le dio asco el café con leche un par de veces, un día le dolió la cabeza, y otro tuvo «nerviosidad en el vientre»; que tras una mudanza el agua del nuevo piso le resultó repugnante y que otra vez, tras un susto, estuvo tres días con diarrea. También que un día, después del baño, le «impresionaron desagradablemente las sábanas al tocar la cama y después pasó». Vamos, que tuvo un embarazo bueno.

Un día «Paco» (ahora ya sí le llama Paco) dijo encontrarla con «una fisonomía extraña» (ella misma admite que había «engruesado», como era su «tendencia» —¡y la mía, malditos genes!—, llegando a ochenta y dos kilos). Fueron al médico «a propósito de los disturbios que padecía». Explicado el caso «sin omitir detalle», el médico vio claro (también a ojo) que tenía «enteritis crónica».

«Como siempre fui estreñida, aunque este señor no habló nada de reconocimiento, nos dimos por satisfechos», escribe María, que se fue a casa con sus purgantes. Estos hicieron su efecto. Cada vez más. Preocupada por los dolores, llamaron a otro médico.

Al verme, me preguntó si me hallaba encinta. A mi contestación de que yo lo ignoraba, no objetó y creyó reconocer que los dolores que padecía eran consecuentes de la enteritis. Me ordenó un calmante de opio que no me hizo efecto.

Como no se le pasaba el malestar, al día siguiente volvieron a llamar al primer médico, que, no contento con los purgantes, recomendó cataplasmas para ablandar el vientre y aceite de ricino. Al menos el farmacéutico les dijo que aquello era demasiado y ella no lo tomó. A partir de ahí empezaron los dolores nivel «me arrancaban las entrañas».

Llamaron al cura, apareció madame Felicité… y nació la sorpresa.

En su diario María no arremete contra sus doctores, pero yo me quedo con ganas, así que llamo a Tomás Cabacas, el ginecólogo con un blog de historia de la medicina. Mi abuela le cae bien, le parece «inteligente y observadora». No así el médico que le diagnosticó matriz atrofiada: «No realiza análisis, ni como es obvio existía ecografía. Según los datos que relata la paciente y su edad no tiene rigor este diagnóstico. Claro que lo realiza un médico, que en esta época era considerado la máxima autoridad».

Claro, pero no se pudo equivocar más: en los quince años siguientes María tuvo otros cinco hijos. ¿Qué le pasaba entonces a la bisabuela?

Basándonos en sus baches amenorreicos, su edad, que no se quedaba fácilmente embarazada y el hecho de que era obesa (esto lo dice él, yo diría gordita), «se puede pensar que padecía una enfermedad que actualmente se llama síndrome de ovario poliquístico; un cuadro moderadamente frecuente que aún hoy es un cajón de sastre» para los casos de subfertilidad femenina. Sin embargo, el hecho de que tuviera más hijos complica la certeza.

La segunda metedura de pata médica fue ver una enteritis donde había un embarazo del tercer trimestre. ¿Pudieron los laxantes y las friegas provocar el parto? El doctor Cabacas responde: «Mi opinión es que comenzó un parto prematuro y que el exceso de purgantes contribuyó. Pero no fue todo por los purgantes, se puso de parto antes».

El ginecólogo me explica que el asunto no resulta tan raro para 1917. «Lo normal en esa época es que los médicos de cabecera hiciesen una palpación abdominal, nada más. Aunque ya existían especialistas en Madrid y había catedráticos de Tocología, estos no realizaban revisiones normales».

Los embarazos no tenían apenas seguimiento. Aunque desde 1834, me cuenta el médico, existía en Madrid la Casa de Maternidad, «la mayoría de los partos eran domiciliarios y con matronas, si se complicaban llamaban al médico; los hospitales eran escasos y se hacían muy pocas cesáreas».

Pienso en todo lo que ha pasado de esas pocas cesáreas a las «innecesáreas». De la casa al hospital, y otra vez, de vuelta a parir en casa. Los antibióticos. La epidural. Las vidas salvadas. La incubadora. La preparación al parto. Las matronas que te llaman «mami». Las matronas que te llaman por tu nombre. El hipnoparto. La violencia obstétrica. Las doulas. Los quirófanos. Los quirófanos con bañera. Lo que diga el médico, lo que diga el plan de parto. Las bajas. La oxitocina. Las irónicas malas madres. La matronatación. Las episotomías («un cortecito de nada», según las matronas que te llaman «mami»). La leche de fórmula. La Liga de la Leche… El cambio radical de cómo nos parieron a cómo parimos.

De aquello a esto solo han pasado cuatro generaciones de mujeres en mi familia.

***

La tercera y última parte del cuadernito es la única que está escrita en presente. Es propiamente un diario de la evolución de la niña. Con una entrada semanal, la bisabuela describe parcamente (la madre científica) cómo mama, cómo hace caca (ella dice «obra»), cómo duerme, cuánto llora, cuánto engorda…

Yo también tenía una app para esto, iBaby, que ofrecía hasta un Pantone —del amarillo al negro— para contrastar el color de las heces (el malo es el verde). «Orina con frecuencia y las evacuaciones son color de oro», escribe la bisabuela el 28 de octubre 1917.

Esta es la parte del cuadernito que me hace sentir normal. No soy la única neurótica, al menos no en mi familia —tampoco creo que la única en el mundo, porque, si no, no existiría iBaby—, que necesitaba apuntar lo que hacía aquel marciano diminuto que había aterrizado en mi cama. En aquellos primeros meses loquísimos del puerperio, —meses de no dormir y de sangrar por los pezones— apuntar cacas y llantos me daba cierta sensación de control. El control. La madre preparada. El instinto solo no vale.

María lo apuntó todo con el interés científico de quien observa gorilas. El 28 de octubre:

Dos días antes de hacer el mes se nota que ve, pues cierra los ojos y parpadea cuando se le acerca la luz y viendo algo que por ser grande le llama la atención lo sigue con la vista.

El 6 de noviembre:

Llora muy seguido sin motivo justificado, pues en cuanto se la saca de la cuna y está en brazos, calla.

Semana a semana escribe los gramos ganados y las recomendaciones de los médicos (tiene dos, una es una doctora): las lavativas, el aceite de ricino, los biberones con agua azucarada (todo para hacer caca, qué obsesión), las friegas con alcohol alcanforado a la niña que dormía envuelta en algodones en un moisés preparado a modo de incubadora con botellas de agua caliente.

La neonatóloga Nieves Martínez va desgranando lo que se hacía igual que ahora (extraer leche y dársela a cucharadas, meterla en la cama con la madre para favorecer el enganche) y lo que ya no se hace (casi todo lo que le recomendaron los médicos). Un día que el bebé tiene diarrea verde (la mala), el médico recomienda ayuno y aceite de ricino. «La dejan a dieta doce horas, uf, y lo del aceite de ricino…», dice la neonatóloga, «ahora se mantendría el pecho». Cualquiera que tenga un hijo y una madre sabe cuánto cambian los consejos pediátricos de una generación a otra.

Neonatóloga y ginecólogo coinciden en que el bebé debía tener entre treinta y treinta y dos semanas al nacer, siete, siete meses y medio, uno más de lo que calcularon los médicos de 1917. La historiadora destaca de esta parte una frase:

Dicho está que tanto biberón como tetina están muy bien esterilizados y para las cosas de la niña se emplea cacharros particulares que no salen del cuarto y no se mezclan con la demás vajilla.

La pediatría, me explica, arrancaba como ciencia de la mano de su «hermana pequeña», la puericultura, que se ocupaba del niño sano y que pasó a ser inculcada a esas «madres responsables». «Habiéndose educado en un buen colegio de Madrid [la bisabuela lo menciona, una escuela privada de una congregación francesa] cabe suponer el especialísimo énfasis que pondrían las maestras en las disciplinas propias del hogar y la maternidad, en el contexto de una concepción de las mujeres conservadora, tradicional y fundamentalmente religiosa».

La niña tiene casi cuatro meses cuando María se atreve a sacarla por primera vez a la calle. El destino está claro:

La hemos llevado a las Monjitas y la han puesto encima del altar de la capilla. Luego hemos dado un gran paseo hasta la estatua de Espartero por el sol de la calle Alcalá y luego la hemos retratado.

Tengo esa primera foto (¿cuántas teníamos de mi hijo a los cuatro meses?). Mi padre, que es muy de escanear, imprimir y pegar con celo, me la colocó en la tapa del cuadernito antes de dármelo. María, falda oscura, blusa clara, mira a cámara con el ceño preocupado. La diminuta carita del bebé apenas asoma entre el gorro y los lazos de la toquilla. En el reverso de la postal se lee: «A mi querido papaíto para que quiera mucho a su Conchita».

María borrando las distancias.

En las semanas siguientes se pone más tierna, menos científica. «Ya sabe decir ajo», «se ha puesto guerrera», «está monísima»… La caligrafía se suelta, más desganada; deja de apuntar las fechas completas (con su día, su mes, su año). Se nota que se le va quitando el miedo y la necesidad de control, y eso que el último peso anotado, a los cinco meses y diez días, es de 3600 gramos, menos que mi recién nacido.

Al final María solo escribe una vez al mes, hasta el 17 de mayo. La última entrada tiene un tono lacónico y generalista:

La niña va muy bien, se mueve mucho, duerme algo más, toma admirablemente los biberones, vomita bastante, pero está muy contenta. Lleva varios días sin salir porque hace muy mal tiempo de lluvia y frío.

Los diarios se dejan así, descolgados en medio de la nada. Sin grandes finales. Te vas olvidando y un día simplemente te aburres de seguir. Yo así dejé de rellenar mis apps de maternidad, un día de frío cualquiera. No sé la fecha exacta, me robaron el móvil. Ningún relato entrañable llegará a mis bisnietas, si es que estas llegan.

***

Cuando cuento la historia del cuadernito negro, el interlocutor siempre me pregunta al final: ¿Y qué fue de la niña?, ¿salió adelante?

El rocambolesco parto por purgantes de la bisabuela les hace olvidar que la historia arranca precisamente con mi abuela Concha, esa niña, entregándome el documento para contar esta historia. Concha llegó a los 95 años. Optimista e independiente hasta el final, trabajó toda la vida en un ministerio. Educó con alegría y laboriosidad a siete hijos y sobrevivió a tres. Tuvo catorce nietos (crio a varios) y vio nacer a diecinueve bisnietos.

Llevaba las fechas de cumpleaños de todos apuntadas en un papelito plastificado en la cartera. El último al que conoció fue a mi primer hijo. Así que sí, la niña salió adelante.

Doy fe.

 

 

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4 pensamientos en “Las madres que nos parieron”

  1. Hola Julio. Me ha gustado mucho este texto, creo que lo voy a pasar a mis alumnos. Como siempre, felicidades por tus Apuntes de demografía.

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