La mortalidad infantil


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En 1765 María Luisa de Borbón-Parma se casó en con Carlos IV, rey de España y “Las Américas”. Había nacido en 1751, puedes calcular con qué edad  la llevaban a los altares. Era una joven sana, el primer embarazo llegó pronto, y los siguientes se sucedieron hasta sumar veinticuatro. Tuvo suerte, no era raro que las mujeres muriesen durante el parto, incluso las de clase alta. Pero diez de aquellos embarazos no llegaron a término (ver muertes fetales), sólo catorce culminaron en nacimientos reales. Y de esos, la mitad murió durante su infancia. Los que llegaron vivos a edad adulta fueron siete.

Si esto era corriente en las cortes de toda Europa, es fácil imaginar cómo era en el conjunto de la población, en todo el mundo, mayoritariamente compuesta por familias humildes.

La duración de la supervivencia del conjunto de los que nacen, es decir, de toda la población, es lo que la demografía analiza ayudándose de estadísticas no siempre fáciles de obtener y depurar (ver aquí el Tema 4: Análisis de la mortalidad). Pero una vez calculadas, las tablas de mortalidad permiten seguir el transcurso de una generación de nacimientos y el impacto de la mortalidad en cada una de sus sucesivas edades hasta que se extingue por completo. En esas tablas, probablemente la herramienta más importante del análisis demográfico, siempre ha destacado, por su tremenda magnitud, la mortalidad durante el primer año de vida (es lo que se conoce como mortalidad infantil en sentido demográfico estricto, aunque a menudo se usa esa expresión para referirse a las muertes de niños de cualquier edad).

Lo que puede verse en el gráfico más abajo son las curvas de supervivencia que se obtienen de las tablas de mortalidad de distintas generaciones. Todas están expresadas en tantos por mil, así que pueden leerse como “cuántos supervivientes quedan en cada edad, por cada mil nacimientos de su respectiva generación”.  Os invito a fijaros en la primera curva, la de la izquierda, y a que busquéis cuántos supervivientes quedaban tras el primer año de vida. Casi 250 de cada mil nacidos (uno de cada cuatro) había fallecido ya.

La mortalidad del primer año era tan alta que las tablas de mortalidad abreviadas, construidas con intervalos quinquenales de edad (saltos de cinco años entre una edad y la siguiente), han descompuesto siempre el primer intervalo en dos partes, el primer año y los cuatro siguientes, y sólo a partir de ahí se sigue con una tabla realmente quinquenal. De hecho conviene analizar la distribución de las muertes infantiles incluso por días y por semanas, especialmente durante el primer mes, que concentraba más de la mitad de las muertes del primer año (ver aquí La mortalidad neonatal en el mundo).


Distribución temporal de las  defunciones infantiles

Fuente: Herrera León, L. I. (2015). La mortalidad feto-infantil y de menores de 5 años en Cuba: período 2000-2010. Revista Novedades en Población, 11(22)


El espectacular y definitivo quiebro de esta pauta ancestral empezó a gestarse hace más de un siglo pero únicamente en algunos países pioneros, y todavía en las últimas décadas había un enorme camino por recorrer en la mayor parte del mundo.


Evolución de la mortalidad entre 0 y 5 años en algunos países de Europa y América Latina.


Las causas principales de la mortalidad infantil siempre fueron las llamadas “causas exógenas”, principalmente infecciones, con un peso muy destacado de las gastrointestinales o las respiratorias, ambas muy relacionadas con las pésimas condiciones higiénicas y ambientales que rodeaban el parto. Este tipo de muertes son fácilmente evitables, y con un coste mínimo, dados los conocimientos actuales sobre higiene personal, vacunación, salubridad del entorno (especialmente la potabilidad del agua), o tratamiento de problemas tan elementales como la deshidratación por gastroenteritis. Por tanto su pervivencia hasta finales del siglo XX indica una enorme desigualdad social y una gran dejadez política en lo que se refiere a la parte menos rica de la población. Cuando los propios Estados han puesto en marcha medidas reales los resultados han sido muy rápidos, incluso allí donde el retraso histórico era muy notable todavía en la segunda mitad del siglo XX.


Mortalidad infantil por diarrea en México desde 1980:

Fuente: Sepúlveda, J et. al (2007), Aumento de la sobrevida en menores de cinco años en México: la estrategia diagonal. Salud Pública de México”.  49: s110-s125.


Esta eficiencia se ha convertido en un avance internacional definitivo con el despliegue desde el año 2000 de Los Objetivos del Milenio por parte de Naciones Unidas, de modo que incluso en el mundo menos rico los descensos están siendo por fin muy rápidos (existen desgraciadas excepciones en países en los que la coyuntura política o económica ha conducido a retrocesos como el de Venezuela).

Cuando se alcanzan niveles como el español actual (inferior a 3 por mil, recuérdese que veníamos de un 250 por mil), la casuística cambia radicalmente. Una vez eliminada la mayor parte de las muertes por causas exógenas, queda un remanente de problemas mucho más difíciles de tratar, las llamadas causas endógenas, en el que se incluyen problemas en la gestación o malformaciones genéticas, con un tratamiento mucho más complejo. Dadas las actuales posibilidades médicas de detección precoz de estos problemas, en estos casos se abre además la posibilidad de una interrupción anticipada del embarazo, que también reduce la incidencia que puedan tener estas causas sobre la mortalidad infantil general.

Control de la fecundidad y descenso de la mortalidad infantil

La elevada mortalidad infantil que ha acompañado a la humanidad suele atribuirse únicamente a los avances sanitarios o higiénicos. Pero también estaba relacionada con la falta de herramientas eficaces para evitar embarazos y decidir conscientemente cuántos hijos se quería y podía tener. Hasta que se crearon y extendieron las nuevas herramientas de anticoncepción, fiables y asequibles, el control de la fecundidad era colectivo, no individual. Consistía en retrasar la edad de los casamientos y limitar la proporción de quienes podían casarse, todo ello sujeto, en el caso de la mujer, a un estricto control patriarcal, familiar, religioso o político.

El principal modo de enfrentar embarazos no deseados era el abandono o el infanticidio, este último de forma muy extendida y aceptada en Asia. La iglesia católica, siempre implicada en el control de las relaciones sexuales, familiares y reproductivas, intentó poner también remedio a este problema creando instituciones que recogían los hijos abandonados facilitando el anonimato. Pero hasta amamantar a los expósitos se convertía en un grave problema, que se añadía a las malas condiciones en tales instituciones. La mortalidad en las inclusas era por tanto elevadísima (en algunas alcanzaba el 70%), de manera que contribuían a empeorar el problema general de mortalidad precoz.

La reducción histórica de la mortalidad infantil sitúa en un estadio nuevo la eficiencia reproductiva humana y está en el núcleo explicativo de la Teoría de la Revolución Reproductiva. No solo añade población total al ampliar los años que cada nacimiento va a poder seguir siendo computado en cada recuento de población, sino que ha producido una revolución del crecimiento demográfico al permitir a la práctica totalidad de los nacidos alcanzar con vida las edades en que, a su vez, pueden tenerse hijos. Esa es la auténtica causa del boom demográfico experimentado por la humanidad durante el siglo XX, a la vez que se reducía la fecundidad.


Recursos en ApdD:

Textos de interés:

 


Música en ApdD: Smoke on the Water with Queen, Pink Floyd, Rush, Black Sabbath, Deep Purple, etc

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