España pierde población


Gracias, Forges, bendito Forges

Parece que va llegando el momento inexorable, y todo el mundo va a apuntarse al rechinar de dientes y el “ya te lo dije yo”. España ha perdido población en lo que va de año. Así lo dicen las Estimaciones de la Población Actual publicadas por el INE trimestralmente. Aún a riesgo de quedarme solo, mi comentario va contradirección, porque la “catástrofe demográfica” no existe y porque aún menos son defendibles soluciones “demográficas” a la crisis económica actual.

Al principio, con los datos del primer trimestre, sólo la prensa financiero-liberal se lanzó a los titulares cataclísmicos, pese a que el descenso había sido de 4300 personas sobre una población por encima de los 46 millones (véase el artículo del guru demográfico-financiero Alejandro Macarrón Larumbe en Expansión.com, en los links de pie de página). Pero con los datos del segundo trimestre el descenso acumulado desde enero es ya de 27.771 habitantes, y esta vez la ola de titulares ha sido ya generalizada, y el talante de los comentarios unánime: “el fracaso de un país”, “la gravosa factura de la crisis”, “malas previsiones para un maltrecho país”.

La situación económica del país no es buena pero, sobre todo, no lo es la situación laboral. Ya he comentado más de una vez aquí que el principal problema económico y social que tenemos no es la valoración de la deuda pública, sino el desempleo desorbitado (en las prioridades oficiales, en cambio, el orden de ambas está tristemente invertido).

Sin embargo, me niego a extender a la demografía los calificativos que asigno a la situación laboral. La demografía nunca nos fue mejor, y empiezo a estar un poco cansado de tener que defender esta afirmación frente a tanto tópico abusivo y tanta malinterpretación de lo que estudiamos los demógrafos. Se está mezclando y confundiendo todo para hacer lo de siempre: sembrar alarmas demográficas que justifiquen medidas drásticas correctivas que cada cual se invente según le convenga.

Para empezar, la población no ha descendido porque su crecimiento vegetativo se haya vuelto negativo (siguen naciendo más personas de las que fallecen), sino porque se van más de las que vienen. ¿Es esto de extrañar cuando las oportunidades de empleo han caído drásticamente? ¿Sorprende, después de unos años de intensidad inmigratoria nunca vista, ni siquiera en países como EEUU o Alemania? (España no fue país de inmigración hasta los años 90) ¿Sería mejor que nadie saliese del país?

(Recomiendo leer el artículo de J.A. Fernández Cordón La burbuja también era demográfica, donde se da cuenta de la excepcionalidad de la gran oleada inmigratoria previa a la crisis)

Para continuar, incluso si el motivo no fuese exclusivamente un saldo migratorio negativo ¿quién nos ha convencido de que hay que crecer indefinidamente? El crecimiento vegetativo, sostenido y de gran magnitud, que hemos experimentado en la España del siglo XX es un accidente histórico, una anomalía provocada por un salto cualitativo en nuestra superviviencia. No es España, sino la población del mundo entera la que va a dejar de crecer (y posiblemente a decrecer) en un futuro no muy lejano, a medida que culmina una revolución demográfica cuyo punto álgido ya pasó hace décadas. Si un descenso como el del último semestre en España es diagnosticado como signo de hecatombe, el coro mundial de llantos y gritos de terror que nos espera en las próximas décadas va a ser realmente insoportable.

Una vez más debo recordar que la demografía contable, ganadera, la que ve a las poblaciones como “haberes” de los Estados, es decimonónica y hace tiempo fue superada por una demografía de los ciclos de vida y las relaciones sociales. Hoy sabemos que lo importante es la calidad poblacional, que se incrementa mediante los cuidados, atenciones, formación y dotación de recursos, igualdad y derechos que cada sociedad es capaz de proporcionar a sus integrantes. El beneficio a cambio es la “productividad” en todos los ámbitos, base del progreso, y el objetivo que deberían perseguir las políticas públicas, en vez de plantearse objetivos demográficos cuantitativos. Un par de bombas atómicas fueron más contundentes que todo el ejército japonés al final de la segunda guerra mundial.

No está de más recordar que la población no debe ser un instrumento sino la beneficiaria final de cualquier política. Pero es que, además, resulta ventajoso plantearlo así, máxime si se trata de política económica y financiera en un contexto de feroz competencia internacional. Lo peligroso no es la demografía, sino unas fórmulas económicas que nos lleven a huir de un lugar en el que ya no hay futuro, por muy alta que sea la natalidad de ese sitio (cuántos ejemplos históricos podríamos mostrar de la confluencia de ambas cosas, natalidad elevada y poblaciones que emigran masivamente).

Apostar por la cantidad frente a la calidad es uno de los peores errores que un Estado avanzado puede cometer a estas alturas. De nada sirve una natalidad elevada o una inmigración intensa si el proyecto colectivo es de bajo perfil, genera poco empleo, es desigualitario, no permite vivir mejor a las personas corrientes. Las recetas para salir de la crisis llevan camino de caer en todos esos errores. En vez de luchar contra el paro, tienen como mayor prioridad apuntalar los intereses de los inversores internacionales. Y alguien está convenciendo a estos inversores de que el riesgo es mayor allí donde la población vive más años, la igualdad de género progresa, la redistribución de riqueza es más intensa. Por lo visto lo adecuado es reducir el Estado, bajar impuestos y gasto público, recortar y privatizar pensiones, educación o servicios sanitarios, y pedir una mayor natalidad y un gran crecimiento demográfico. La pregunta obligada es ¿para quién?

 .

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2 pensamientos en “España pierde población”

  1. Hola Julio: nuevamente gracias por el envío de esta publicación. He leído tu artículo sobre la caída en la población inmigrante y además, he seguido el enlace que recomiendas.
    Personalmente tuve la oportunidad de interactuar durante 2006, 2007 y comienzos de 2008 con la burocracia a cargo de aprobar mi radicación en España.
    Probablemente no tenga el perfil que se buscaba en ese momento aunque por el motivo que sea, la lucha fue tremendamente desigual y “sucumbí en el intento”.
    Creo que si la política inmigratoria no es clara privilegiando a quienes social y profesionalmente pueden aportar algo, muchos como yo nos habremos dado por vencidos y volvimos a nuestros países. Mientras tanto, los ilegales y la mano de obra primaria, “campea” libremente por la Gran Vía.
    Muy modestamente opino por mi experiencia personal, que quienes nos hemos ido y los que se siguen yendo son/somos los que pueden hacer aportes positivos. Como en tantas oportunidades (en España y en el resto del mundo), la política habrá hecho “su negocio”.
    Un fuerte abrazo y muchas gracias
    Juan Carlos Gazia

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