La revolución en la reproducción humana


Os presento a continuación un texto divulgativo que acabo de publicar en la revista Política Exterior, en un número especial titulado El gran salto demográfico (que incluye también un estupendo artículo de mi compañera Amparo González sobre la pretensión de controlar la inmigración). Mi texto dibuja los grandes trazos de la Teoría de la Revolución Demográfica. Podéis leerlo en la publicación usando el link, y también lo reproduzco a continuación, en la versión pre-print. Pero os ruego, en cualquier caso, si vais a usarlo o citarlo, que la referencia sea la siguiente:

J. Pérez Díaz (2018) La revolución en la reproducción humana, Política Exterior nº 182, Marzo-Abril.


 

Introducción

La demografía humana al empezar el siglo XXI poco tiene que ver con la existente cuando acabó el siglo XIX. En 1900 se habían superado los mil millones de personas de forma lenta y accidentada, pero sólo en el siglo XX alcanzamos seis mil. La esperanza de vida, inferior a 30 años (sólo algún país se acercó a 35), ha alcanzado ya los 70 años en el planeta, y supera los 80 en países punteros como Suecia, Japón o España. La fecundidad humana ha caído desde unos siete hijos por mujer a menos de dos, con países donde no supera 1,4 (de nuevo España entre ellos). Igual de extremos han sido los cambios en muchos otros comportamientos y características demográficas, como la movilidad espacial y residencial, la pirámide de edades, las relaciones conyugales y de género, las formas de hogar y de convivencia.

En definitiva se trata de un cambio históricamente brusco, de magnitud descomunal y con efectos enormes en la vida humana. Sin embargo, apenas ocupa lugar alguno en los libros de Historia o en las teorías del cambio social, político o económico. No es claro si se trata de un único proceso o de muchos simultáneos. Tampoco sus consecuencias, conjuntas o parciales, y aún menos las políticas que debería suscitar. Su simple valoración se mueve entre extremos, desde las previsiones de decadencia y extinción si no se aumenta la fecundidad y se frena el envejecimiento demográfico, hasta  el temor a la insostenibilidad y agotamiento planetario si no se pone freno a la explosión demográfica.

Los demógrafos, pues, no hemos sido capaces hasta ahora de ofrecer un marco explicativo sobre lo que ocurre en nuestro objeto de estudio, las poblaciones. Nuestro trabajo cotidiano prima la descripción y el análisis estadístico, en campos muy especializados y parciales dentro del conjunto de cambios poblacionales. El experto en mortalidad hospitalaria infantil del siglo XIX apenas tiene relación con quien estudia los matrimonios mixtos en EEUU durante los años treinta, o la composición de los hogares de las personas mayores del Tokio actual. Por otra parte la demografía nació y creció al amparo de los sistemas estadísticos oficiales del Estado moderno y, a diferencia de otras ciencias sociales, nunca tuvo pretensiones contestatarias o de crítica política que la llevasen más allá del marco interpretativo oficial. Este vínculo estrecho con lo contable-administrativo tiene ventajas notables, como la disposición de series históricas amplísimas de fuentes estadísticas estables, comparables, y de gran representatividad estadística (como los censos o el registro civil de acontecimientos vitales), pero implica también problemas conceptuales e incluso cierto alejamiento de los principios metodológicos básicos de la propia disciplina, que han hecho casi imposible que el cambio demográfico haya sido bien descrito y explicado desde la propia disciplina, a pesar de que, como voy a sostener aquí, en cualquier manual básico de análisis demográfico se contaba ya con todos los elementos necesarios para conseguirlo. En este artículo resumo una propuesta propia de marco teórico explicativo sobre la transformación demográfica del mundo, propuesta construida con las herramientas de la propia disciplina demográfica, la Teoría de la Revolución Reproductiva.

 

Los principios vulnerados del análisis poblacional

Cualquier manual distingue dos tipos de objetivos del análisis demográfico: la descripción del tamaño y composición de las poblaciones, y su explicación a través de los acontecimientos que los determinan (nacimientos, defunciones y migraciones). El primero es el más antiguo, pero a medida que los institutos estadísticos estatales han ido implantándose internacionalmente y se han consolidado las fuentes básicas (la mayor parte del mundo no ha tenido censos hasta la segunda mitad del siglo XX), se ha podido profundizar en el componente explicativo, ampliando incluso su alcance (el nivel de estudios condiciona la edad a la que se forma pareja y se empieza a tener hijos; el número de hijos está relacionado con la actividad laboral femenina, la edad de fallecimiento depende de la alimentación o la higiene). Añádase que la informática ha revolucionado la capacidad de producción, acceso y análisis de datos, favoreciendo los puentes temáticos y metodológicos con otras disciplinas.

Sin embargo, la capacidad para una explicación integral del cambio demográfico parece alejarse, y la investigación se ha visto empujada a ámbitos de estudio cada vez más parciales y especializados. Los que proponen explicaciones son otros, economistas, sociólogos, psicólogos, epidemiólogos o antropólogos culturales. De esta manera el aumento de la esperanza de vida se explica por la economía, o el descenso de la fecundidad por el auge del individualismo o el cambio de valores. La población resulta un asunto difuso, polisémico, que cada cual entiende a su manera, desde el simple agregado numérico, el “stock” de habitantes, incluido en las funciones matemáticas de un economista, hasta el amplio y difuso conjunto de comportamientos individuales que estudia un psicólogo.

Como demógrafo voy a sostener que el análisis demográfico es suficiente para comprender ampliamente lo que ha cambiado durante el último siglo, que no es otra cosa que el sistema reproductivo humano.

Para ello las poblaciones deben entenderse como sistemas que se mantienen y evolucionan en el tiempo. Esto choca con el otro concepto de población, el de stock, el número de personas, los “habitantes”, que cualquier ciencia social maneja también, como los seguidores de un equipo de futbol, los trabajadores temporeros, los suicidas o los usuarios de vehículos a motor. Por mucho que su estudio pueda manejar herramientas estadísticas similares, la diferencia está en el objeto. Los sistemas demográficos se autorreproducen. A la irrevocable extinción de cada uno de sus componentes responden con su remplazo por otros componentes que ellos mismos son capaces de crear. Y esto no es ni automático ni gratuito. Implica tiempo, recursos, esfuerzo, tanto para gestar y parir nuevas vidas como para mantenerlas después, siempre bajo el condicionante del carácter carnal, sexuado y mortal de la vida humana.

Aquí entra en juego un segundo fundamento ineludible. La materia que estamos manejando, cuantificando, analizando, para comprender la reproducción poblacional es el tiempo, la duración de las vidas. Con demasiada frecuencia se reduce a una cuestión de fecundidad, o se apela al simple número de nacimientos en relación al de muertes para juzgar si una población consigue reproducirse o no. Pero no existe fecundidad de reemplazo, el famoso 2,1 hijos por mujer es un mito. La reproducción no es únicamente cuestión de partos, como han parecido pensar siempre los políticos natalistas, generalmente hombres. Para reproducir la población, después de parir nuevos humanos hay que conseguir que vivan. Y esta combinación, el número de nacimientos y cuánto tiempo vivirán después, es el meollo real del sistema reproductivo al que llamamos población y el de su mayor o menor eficiencia.

No me extenderé acerca de las distintas maneras de cuantificar esta eficiencia, están en cualquier manual de demografía y son antiguas. Especialmente interesantes son las tasas de reproducción de los años vividos, de Louis Henry, con las que hace ya más de medio siglo cuantificaba la relación entre el número total de años que vive una generación cualquiera de nacimientos y el número total de años que vivirán los hijos de dicha generación. Es fácil entender que el éxito reproductivo aumenta si la generación de hijos vive vidas más largas que la generación de progenitores. Incluso es posible una eficiencia mayor teniendo menos descendientes, si éstos viven muchos más años.

Lo que interesa destacar del obligado referente temporal de la reproducción es que ésta no puede analizarse más que desde una perspectiva intergeneracional. Y este es otro de los fundamentos de la demografía cuyo reiterado olvido viene lastrando hasta hoy todos los intentos por teorizar el gran cambio poblacional; parten de una perspectiva transversal, instantánea, manejando indicadores “de periodo”, mientras que aquello que se pretende comprender obliga ineludiblemente a manejar una perspectiva longitudinal, de ciclos de vida, mediante indicadores “de generación”.

El gráfico anterior (diagrama de Lexis) es una herramienta clásica para ubicar y relacionar los datos de stock y de registro de acontecimientos vitales, pero tiene además la inestimable virtud de recordarnos que en demografía el tiempo tiene una significación doble. Por una parte está el tiempo abstracto, histórico, sin principio ni fin, ubicado en el eje horizontal, que podría utilizar un físico, un historiador, un geólogo o un economista. Por otra está el tiempo de vida, que tiene un inicio bien determinado, una duración limitada, y etapas con significados y potencialidades muy diferentes, eso que llamamos “edades”.

Los intentos de teorizar el cambio demográfico han manejado siempre indicadores y perspectivas transversales. La fracasada Teoría de la Transición Demográfica, sin ir más lejos, tiene como indicadores básicos las tasas brutas de natalidad y de mortalidad del mismo año, comparadas a lo largo de series históricas. El mayor esfuerzo jamás realizado para contrastar dicha teoría (el llamado “proyecto de Princeton”), manejó indicadores más elaborados, incluyendo algunos de factura propia en los que se incluía también la nupcialidad, pero de nuevo se trataba de indicadores transversales simultáneos. Para sorpresa de todos no se encontró ningún vínculo causal entre el descenso de la mortalidad y el de la natalidad.

Incluso intentos teóricos más recientes, impulsados por un segundo grupo de novedades denominado Segunda Transición Demográfica (que ya alcanzan no sólo a la fecundidad, sino a la conyugalidad, las formas de hogar o los roles de género) siguen manejando indicadores transversales entre los que finalmente nunca se encuentran determinaciones fuertes, y todo parece quedar explicado por cambios en los valores, las opiniones o las ideas. La demografía se explica por la posmodernidad o el posmaterialismo según algunos, o por la degradación moral y el individualismo según otros, y las explicaciones siempre vienen de fuera, nunca de los propios demógrafos.

¿Es creíble que un salto tan radical y tan brusco como el que ha experimentado la mortalidad humana no sea la causa de prácticamente ninguna transformación social, política o económica? Algo tan duro, objetivo, incuestionable e ineludible, como la muerte ¿tiene menos capacidad explicativa que los cambios en las creencias religiosas, los ideales o los valores? Y, sobre todo, ¿de verdad son estos los factores principales en el descenso de la fecundidad?

La gran paradoja es que para contestar (y hacerlo con un NO rotundo) hubiese bastado la fidelidad a principios analíticos más elementales y distintivos. Veamos cómo cambia todo si se parte de una perspectiva intergeneracional, y se manejan indicadores separados por un retardo suficiente para que las causaciones tengan tiempo de producir efectos.

La revolución en la producción de humanos

Propongo una analogía entre la producción de bienes y servicios y la producción de personas (la reproducción), que ayudará a entender la revolución reproductiva. El término “revolución” no tiene aquí un sentido político, sino económico, el mismo que al hablar de revolución industrial o revolución informática; un salto cualitativo, no gradual, en la capacidad de producción, provocado por un  cambio en la organización, herramientas o materiales y que eleva radicalmente la cantidad de producto obtenido por la misma cantidad de trabajo invertido.

Siguiendo la analogía, los sistemas demográficos producen volúmenes mayores o menores de población a lo largo del tiempo histórico, y lo hacen con un grado variable de eficiencia, según el rendimiento que saquen de los nacimientos que previamente se han producido.

La reproducción humana ha sido poco productiva, o de escasa eficiencia, a lo largo de prácticamente todo nuestro pasado como especie. Esto choca con falsos tópicos sobre el “elevado dinamismo” demográfico que estamos perdiendo. Las elevadas fecundidades tradicionales no generaban tasas importantes de crecimiento poblacional y, de hecho, coexistieron frecuentemente con poblaciones estancadas o en retroceso.

El motivo era la escasa duración de esas vidas, que nunca, en ninguna población humana anterior al siglo XIX, superó un promedio de 35 años. Lo corriente era que cualquier generación perdiera durante su primer año uno de cada cinco integrantes, y que ya hubiese muerto la mitad antes de cumplir los quince. A esta mortalidad “ordinaria” había que añadir las crisis recurrentes de sobremortalidad, que en forma de epidemias, hambre y masacres asolaban coda pocos años cualquier población.

La productividad demográfica, por tanto, depende del partido que se obtenga de los nacimientos, y es mayor cuanto más tiempo vivan. Si se evita la muerte de un neonato el día de su nacimiento y se consigue que viva hasta los cinco años, tendremos una población mayor durante esos cinco años, el sistema habrá sido más eficiente, y lo habrá sido de forma fácilmente cuantificable.

Pero la eficiencia reproductiva no aumenta linealmente con la mayor duración de los que nacen. Recuérdese que no estamos hablando de un tiempo uniforme y abstracto, y que la vida humana tiene condicionantes biológicos y relacionales muy vinculados a la edad. Un ser humano puede añadir nuevos humanos al conjunto, procreando, si sobrevive hasta edades fecundas.

La mortalidad tradicional suponía para ello una criba descomunal. Añádase que los que finalmente podían procrear eran una parte aún más reducida, porque no existían recursos suficientes para multiplicar indefinidamente las familias que la economía agraria era capaz de sustentar. Se entiende así que la reducida parte de cada generación finalmente en disposición de reproducir al conjunto, estuviese obligada a unas fecundidades realmente muy elevadas para, simplemente, evitar la extinción. Si añadimos el carácter sexuado de nuestra especie, con una relevancia diferente de la edad según sea el sexo, tendremos algunas claves para entender la intensidad con que la reproducción ha sobredeterminado de manera ancestral los trayectos vitales femeninos.

Por no sonar demasiado abstracto, recurramos a los datos españoles de hace apenas un siglo. Una generación con la mortalidad que España tenía en 1900 podía esperar una vida media de 34 años, en buena parte a causa de una mortalidad infantil próxima al 200‰. En comprensible correspondencia, la fecundidad de ese año se situaba próxima a los cuatro hijos y medio (bastante superior si sólo medimos la fecundidad de las mujeres que tuvieron hijos), y la procreación y crianza estaba en el núcleo de los papeles que la familia, la comunidad, la religión, o la política imponían a la mayor parte de las mujeres, dejando en segundo plano su formación o sus posibilidades de trabajo remunerado. Todo ello se traducía en una volumen poblacional que no alcanzaba los diecinueve millones de personas, a pesar de que ya se habían iniciado los cambios que habían de transformar por completo la demografía española.

Esta escasa eficiencia reproductiva venía mejorando ya en el siglo XIX muy lentamente a medida que aumentaba el tiempo de vida de los que nacían. Pero el salto cualitativo que nos permite hablar de revolución reproductiva se produjo cuando empezó a generalizarse vivir no sólo más allá del primer año, sino más allá de las edades fecundas. Las primeras generaciones femeninas que alcanzaron una superviviencia superior al 50% a los 15 años son las que nacieron en 1856-1860, así que todavía no consiguieron sobrevivir mayoritariamente para tener siquiera la opción de casarse y tener hijos. Hubo que esperar a las generaciones nacidas al acabar el siglo, y aún así tuvieron todavía una escasa posibilidad de sobrevivir hasta acabar de criar a sus hijos, porque sólo el 45% de esas generación llegó con vida hasta los 45 años.

Lo que en otro lugar he denominado “madurez de masas”, es decir, que más de la mitad del efectivo inicial de una generación sobreviva hasta la madurez (los 50 años de edad) no ocurre en España hasta las generaciones 1901-1905, es decir, mujeres que cumplieron los 50 años cuando ya había empezado la segunda mitad del siglo XX.

Pero una vez traspasados estos umbrales, la eficiencia de la reproducción experimenta un aumento históricamente muy brusco, que explica una aceleración del ritmo de crecimiento sin precedentes. Los 18,5 millones de 1900 aumentaron hasta 41 millones sólo en un siglo.

Es fácilmente constatable que ha sido la progresiva acumulación de incrementos de supervivencia entre cada generación de progenitores y las generaciones de sus descendentes la que ha permitido finalmente a atravesar los límites de supervivencia masiva hasta las edades críticas. Pero la revolución reproductiva no es un resultado automático de ciertas mejoras médicas o económicas, porque la propia dinámica de mejoras intergeneracionales constituye en sí misma un enorme motor del cambio reproductivo.

En efecto, a medida que una proporción mayor de cada generación llega con vida a las edades fecundas, la presión social, institucional o cultural que tendrán sus descendientes para tener descendencias elevadas se va reduciendo. El trabajo de mantener viva la población a lo largo del tiempo se va repartiendo progresivamente a un número cada vez mayor de supervivientes. Esto tiene un efecto multiplicativo, porque la posibilidad de tener fecundidades menores permite a las siguientes generaciones dedicar una mayor cantidad de tiempo y recursos por hijo, y esto incrementa nuevamente las probabilidades de que sobrevivan hasta edad de procrear. La revolución reproductiva desencadena un círculo virtuoso, autoacumulativo, en el que cada generación se convierte en un motor que impulsa a la siguiente un poco más allá en la eficiencia reproductiva, igual que una lanzadera espacial usa distintas fases de lanzamiento hasta que la cabina alcanza finalmente la estratosfera.

Se entiende así que la modernización demográfica no consista en cambios independientes de la mortalidad y la fecundidad, y que el gran aumento de volumen poblacional se haya producido a pesar de que el número de hijos por mujer era menguante. El propio descenso de la fecundidad ha sido un factor fundamental para mejorar la supervivencia y aumentar la eficiencia con que los sistemas demográficos se mantienen en el tiempo.

Consecuencias de la revolución reproductiva y conclusiones

Si este marco explicativo parece plausible, entonces unifica bajo un mismo campo de investigación cambios sociales tan diversos como los de la familia, las trayectorias laborales, el nivel educativo, la salud, la pirámide poblacional, la sexualidad y la conyugalidad o la significación y duración de las sucesivas etapas de la vida. Clarifica las causas y desarrollo de la transición demográfica, pero también sus anomalías, como el inesperado baby-boom. También da sentido a la llamada Segunda Transición y hace visible su relación con la primera. La gran diferencia es que ahora se dispone de una explicación “dura”, ligada a variables de gran impacto objetivo y cuantificable, en lugar de las difusas explicaciones donde son las ideas o los valores los que hacen cambiar los comportamientos y características poblacionales. Permite, además, unificar teorías muy diversas acerca de las relaciones entre, por ejemplo, la fecundidad y los recursos económicos o las pautas culturales de crianza de los hijos.

Esto se aplica especialmente a las teorías de economistas como Richard Easterlin o Gary Becker, en las que las relaciones y los flujos entre generaciones ya ocupaban un papel relevante. Easterlin propuso que el baby-boom y, en general, las fluctuaciones periódicas de la fecundidad estaban vinculados a los ciclos económicos por el efecto multiplicativo y contracíclico de la escasez o abundancia relativa de jóvenes respecto a las demás edades en el mercado laboral. Becker desarrolló toda una teoría formal acerca de los costes de oportunidad que suponen los hijos para las mujeres, en función de su estatus social y el nivel educativo de éstas. Pero también el trabajo de un antropólogo como John Caldwell queda subsumido en este marco teórico; sus estudios de comunidades preindustriales africanas sugerían que la anticoncepción no conseguía penetrar y desencadenar el descenso transicional de la fecundidad no por resistencias culturales, sino porque los hijos eran una fuente de trabajo y recursos de la que no se podía prescindir. Los flujos de riqueza eran de hijos a padres, y sólo cuando se invierte la dirección de tales flujos es posible la transición demográfica y cabe empezar a plantearse reducir el tamaño de las descendencias.

Pero, sobre todo, la teoría de la revolución reproductiva explica transformaciones sociales de un carácter mucho más general y abstracto, hasta ahora precariamente entendidas a partir de marcos poco definidos, voluntaristas, ideológicos o políticos, poco operativizables o contrastables. Esto es especialmente relevante para las enormes y profundas transformaciones que están experimentando las relaciones de género, visibles en la distribución del trabajo productivo y reproductivo en el ciclo de vida, en el declive del patriarcado, o en la privatización de la sexualidad.

Las revolución productivas dejan sin trabajo a una gran parte de quienes antes tenían su ocupación en ese sector productivo. Ocurrió con el trabajo agrario, y se generaron graves crisis rurales y emigraciones masivas a la ciudad a la vez que aumentaba notablemente la producción de alimentos. Les ocurrió a las manufacturas artesanales con la industrialización o al trabajo administrativo en la banca cuando irrumpió la informática. Si realmente se ha producido una revolución reproductiva, entonces la demografía es el núcleo explicativo nada menos que de la liberación femenina de una sobredeterminación ancestral que la vinculaba al trabajo reproductivo.

De la misma manera, es posible ahora desmentir y poner en su lugar multitud de arcaísmos y tópicos interesados sobre las causas y las consecuencias de la dinámica y estructura poblacional actual. Es demostrablemente falso que la modernización demográfica resulte de la degradación moral, el auge del individualismo, la traición de la mujer a sus deberes conyugales, familiares y patrióticos, las perversas políticas estatales cautivas de malignos progresismos o de la “ideología de género”. La ha producido el esfuerzo acumulado de unas generaciones tras otras por dotar a sus hijos de mejor alimentación, mayor higiene cotidiana, más años de estudios, mejor atención sanitaria, más cuidados cuando estaban enfermos, e incluso, por qué no, más afecto y atención, a la vez que se renunciaba a explotarlos desde edad temprana y a obtener de ellos las rentas y el trabajo que siempre extrajo de los niños el mundo que hemos dejado atrás. Qué gran paradoja que todavía tengamos que recibir mensajes moralizantes que nos dicen que la baja natalidad es resultado de nuestro egoísmo y que, hasta ahora, la demografía no haya podido o no haya sabido desmentir tanto tópico infundado.

Lo que aquí se ha presentado es un programa de investigación, un marco teórico. Adoptarlo implica una gran cantidad de trabajo futuro para testar su capacidad real, además de dificultades específicas. Una es que el análisis longitudinal es una opción en pie de igualdad con el análisis transversal sólo en un mundo ideal. En realidad topa con una dificultad notable en la escasez de fuentes de datos adecuadas. Es necesario que las operaciones estadísticas se repitan sin cambiar durante muchas décadas para que los datos por edad que nos proporcionan puedan reorganizarse para estimar comportamientos generacionales. La otra vía clásica son las encuestas retrospectivas, en las que las personas informan sobre la edad a la que experimentaron determinadas transiciones en su vida. Sin embargo hace décadas que crecen las herramientas estadísticas para superar estas dificultades, y con seguridad el big-data todavía nos acercará más. Sería una paradoja enorme que justo cuando mejoran las posibilidades, la demografía no asumiese su papel en la explicación del cambio poblacional.

Otra dificultad es el excesivo apego de los estudios de población a las unidades administrativas o políticas, que impide la suficiente significación estadística cuando se trata de “subpoblaciones” de escaso tamaño (el envejecimiento rural no puede analizarse como resultado de la propia dinámica reproductiva, porque en él priman las migraciones; es ancestral, y nada tiene que ver con el envejecimiento demográfico de la humanidad entera) y dificulta igualmente la comparabilidad. Es una aberración analítica el tan frecuente comentario de una tabla de indicadores internacionales, donde Andorra y China aparecen en pie de igualdad. Los sistemas poblacionales hace tiempo dejaron de ser locales, incluso regionales o nacionales, y quizá hayamos alcanzado ya una integración planetaria en un único sistema reproductivo, el de la humanidad completa. Si la teoría aquí propuesta es acertada, explica que el salto brusco en el crecimiento de la población mundial tenga sus días contados, porque el incremento de la eficiencia reproductiva tiene umbrales que ya hemos superado y conduce a una estructura por edades novedosa con un peso mucho mayor de las personas que ya dejaron atrás el periodo fértil de su vida. En cualquier caso, el mundo nunca volverá a ser el mismo tras el extraordinario salto que ha experimentado nuestro sistema reproductivo.

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