Rusia pierde población


Cartel de la campaña censal

Siguen las noticias relacionados con la nueva oleada internacional de censos de población (los realiza cada país, pero con métodos, categorías  y periodicidad decenal, más o menos estandarizados por parte de Naciones Unidas). Entre muchos otros países, en 2010 le tocó el turno también a Rusia, y tras el ingente trabajo para traspasar, depurar y tabular los datos, sabemos ya que la población es de 142,9 millones de personas, 2,2 millones menos que hace 8 años. Pero esto no es noticia. En realidad la población viene disminuyendo desde mediados de los años noventa, cosa que generalmente se ha asociado a la caída de la URSS y a los problemas sociales y económicos posteriores.

Sin embargo la economía rusa empezó a expandirse a finales de esa década y las nuevas fórmulas de enriquecimiento han funcionado estupendamente para algunos, pero el descenso de la población no se ha interrumpido. Así que las autoridades rusas han mirado hacia la demografía de forma sorprendentemente arcaica, con la misma estrechez de miras con que lo hicieron los países europeos hace más de un siglo, considerando que el problema es en sí mismo el descenso poblacional (“crisis demográfica” lo llaman) y especialmente el descenso de la natalidad, y que sólo se resuelve haciéndola subir de nuevo.

En efecto, el número de nacimientos disminuye desde la segunda mitad de los años ochenta, y la fecundidad de las mujeres rusas en el quinquenio 2005-2009 ha sido de 1,4 hijos por mujer.

Así que se vuelve una vez más la mirada a la falacia de la necesaria fecundidad de reemplazo (supuestamente 2,1 hijos por mujer), y para perseguirla no se hace más que repetir las fórmulas de siempre: exaltación de la familia, de la maternidad y la infancia, guiños al moralismo eclesiástico-patriótico, ayudas en metálico para los segundos hijos, mayores asignaciones por baja de maternidad, restricciones al aborto legal… (véase el artículo Rusia lanza una campaña para superar la crisis demográfica en ElPaís). En definitiva, toda la obsoleta parafernalia de un natalismo exacerbado digno del natalismo franquista o el natalismo mussoliniano.

No voy a entrar en el ideologizado debate sobre si los problemas de Rusia resultan del neoliberalismo “salvaje” de su transición política, o son una herencia irremediable de su anterior y decadente régimen comunista. Hace ya un cuarto de siglo de aquel cambio, y no se puede estar siempre dándole vueltas a ese debate (recomiendo la tesis doctoral de Roura 2006, para disponer de sus claves principales). Tampoco voy a repetir aquí mi convicción de que las políticas natalistas son y han sido siempre total mente inoperativas. No es necesario, porque lo cierto es que esta disminución de la población se explica por un aumento de la mortalidad, no por el descenso de la natalidad.

He insistido ya en muchos otros sitios, a través de la Teoría de la Revolución Reproductiva: la clave para el enorme crecimiento demográfico experimentado por la humanidad durante el siglo XX (la población mundial pasó de poco más de mil a seis mil millones de personas) es una mayor eficiencia de los sistemas reproductivos. Antes de eso la población simplemente se mantenía, pese a ser normales fecundidades de 4 o 5 hijos por mujer en los países más avanzados, y de muchos más en el resto. todos esos hijos servían sólo para evitar la extinción. La clave de la Revolución Reproductiva no es hacer que nazcan más personas, sino los cuidados y los recursos que se dedican a las que nacen. La eficiencia reproductiva se consigue democratizando la superviviencia, hasta que prácticamente todos los que nacen llegan vivos ellos también a edad de contribuir, teniendo y criando sus propios hijos y ayudando a criar los hijos de sus hijos. Lo normal en el pasado era que la mitad de los nacidos ya hubiese muerto antes de cumplir 15 años, de manera que la esperanza de vida nunca rebasó los 35 años (en 1900 la esperanza de vida en España estaba en torno a los 34). Cuidar a las personas: algo así de simple es lo que desencadena la gran revolución que la demografía mundial está experimentando desde entonces.

Gráfico de Wikimedia.org

En Rusia hay un problema demográfico, es cierto. Pero no es el menor volumen poblacional, sino la menor duración poblacional. Especialmente sangrante resulta el deterioro de la esperanza de vida masculina, que ha llevado a incrementar la tradicional y extendida ventaja de las mujeres de forma desorbitada: la mortalidad del periodo 2005-2009 supone para los hombres una esperanza de vida de 59 años ¡13 menos que las mujeres! Las causas son complejas incluso en sus determinantes más inmediatos (las causas de muerte que más explican este retroceso son las cardiovasculares, en las que el alcoholismo es fundamental, y las llamadas “causas externas”, que incluyen las muertes violentas en general). Pero un detalle importante es que el retroceso no se produce por la vía tradicional, la mortalidad infantil o la de los más mayores, sino por el empeoramiento en las edades adultas jóvenes.

Al margen de si las explicaciones son económicas, políticas, de hábitos de vida o psicosociales, lo que quiero aquí destacar es la demagogia y la falacia demográfica constante con que las autoridades rusas abordan este tema. Lo aprovechan para hondear banderas nacionalistas, predican tradición y familismo junto los popes religiosos en los púlpitos, emiten mensajes moralistas cuando ellos mismos están bañados en mafias y corrupción y responsabilizan a sus propios habitantes, especialmente a las que tienen los hijos, las mujeres, de que la población esté decreciendo. La injusticia se duplica de esa manera, porque lo cierto es que las mujeres rusas tienen hijos suficientes, los cuidan bien, esos hijos sobreviven a la infancia y la adolescencia. Si Rusia tuviese la diferencia de mortalidad y efectivos de cada sexo que resulta normal en cualquier población humana (puede verse aquí un ejemplo de la relación de masculinidad resultante), el número de habitantes no habría disminuido nunca. No son las mujeres rusas, es su propio país el que no está tratando bien a sus hijos. Y a sus políticos lo único que se les ocurre es, como siempre, pedirles que tengan más.

REFERENCIAS

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